Luis María ANSON | Domingo 25 de marzo de 2012
El pasado 6 de marzo, Luis María Anson publicó en el diario El Mundo el artículo que, sin modificar una coma, publicamos a continuación. En él, el ilustre académico anticipaba lo que acaba de ocurrir en Andalucía, frente al optimismo absurdo por aquellas fechas del Partido Popular.
Las arenas todavía están movedizas en Andalucía. Si el PP no gana por mayoría absoluta o si no la consigue aún sumando el pincho de Rosa Díez, socialistas y comunistas se aliarán para formar gobierno. Sería otra vez el Frente Popular. Que nadie se encrespe ni se asuste. La democracia pluralista española, vertebrada en la Monarquía de todos, permanece muy sólida y el sistema no resultaría alterado. No estamos en 1936. Lo que sí parece cierto es que la política del PSOE se radicalizaría, que el partido comunista, enmascarado tras Izquierda Unida, ocuparía las consejerías de Educación y Fomento, y que los medios de comunicación públicos se lanzarían a la abierta propaganda marxista. Las encuestas más serias siguen otorgando mayoría absoluta a Javier Arenas pero los márgenes se han reducido y el Partido Popular debe mantener alta la guardia.
Griñán jugó hábilmente sus cartas al negar la coincidencia entre las elecciones autonómicas y las generales. Habría sido arrasado del poder. Quería contar con la impopularidad de las inevitables primeras medidas de Rajoy. Y en efecto, ha recuperado en parte el terreno perdido. En todo caso, lo que está claro es que el PSOE perderá las elecciones. Las ganará el Partido Popular. Javier Arenas sabe que si no alcanza la mayoría absoluta, aliado tal vez con UPyD, los socialistas permanecerán en la Junta con la participación del partido comunista. Se produciría el cambio pero, para el centro derecha, a peor.
En Andalucía se juega algo más que la redondez de la victoria del PP en España. Si Rajoy consigue imponerse en Andalucía y en Asturias dominaría el Gobierno de la nación, el de la inmensa mayoría de las ciudades de relieve y el de todas las autonomías, salvo Cataluña, donde Mas gobierna con el apoyo del PP, del País Vasco, donde ocurre lo mismo, y solo quedaría la excepción de Canarias, donde, en cualquier caso, la mayoría electoral es de centro derecha. Ni el PSOE de Felipe González, tras la arrolladora victoria de 1982, llegó a acumular tanto poder.
El problema no es si el PP gana o pierde Andalucía. El problema reside en que, si pierde, la comunidad autónoma andaluza pasará de estar gobernada por un socialismo moderado a un Frente Popular que, con un comunismo prepotente, zarandeará las estructuras de aquella región clave en la entera política española.
No existe conciencia clara de lo que se juega en Andalucía, ni siquiera entre dirigentes destacados del Partido Popular, que viven entre los aromas y la molicie de la victoria del 20-N sin advertir que la oposición podría radicalizarse en el futuro, no solo en el Parlamento o en la calle, sino en el gobierno de una poderosa comunidad autónoma. La izquierda agresiva se refugiaría en Andalucía, cobraría allí sus sueldos y prebendas, colocaría en la región a los principales cesados en toda España y radicalizaría la política española.
Hay que desear suerte a Javier Arenas. La moderación española se juega mucho en su envite. Cruzar el rubicón andaluz en los idus de marzo compromete la estabilidad nacional, zarandeada por la galopante crisis económica y por la herencia política zapateresca, con Bildu gobernando Guipúzcoa, Amaiur circulando por el Congreso de los Diputados y Artur Mas diciendo, a quien quiera oírle, que el Estatuto concedido por el expresidente dadivoso es solo el penúltimo peldaño de la escalera del secesionismo.
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