Opinión

Meditaciones electorales: las encuestas han fallado

Javier Rupérez | Domingo 25 de marzo de 2012
Posiblemente el primer y mayor error estratégico del PP fue la mansa aceptación de la fecha de marzo para las comicios andaluces, en vez de exigir, como la lógica política y económica demandaba, que hubieran tenido lugar junto con las elecciones generales del pasado noviembre. Véase la diferencia: entonces nueve puntos porcentuales de distancia, que hubieran traído consigo la mayoría absoluta; ahora apenas dos puntos y tres escaños por arriba. Resultado apreciable para quien durante treinta años había permanecido sistemáticamente en la minoría opositora pero insuficiente para conseguir lo que de verdad estaba en juego en la ocasión: la presidencia de la Junta de Andalucía. Parece de toda evidencia concluir, y la cara de los socialistas al conocer los resultados lo delataba con claridad, que el PSOE ha conseguido salvar los muebles –y posiblemente otras cosas que la decencia impide enumerar: cabe al menos esperar que si le siguen dando a la coca lo hagan con cargo a sus peculios particulares y no detrayéndolo de las subvenciones a los parados- y que la renacida Izquierda Unida, beneficiaria de la erosión socialista, se preste gustosamente a formar eso que por alguna ignota razón y en contra de toda lógica el rojerío conoce como “gobierno de progreso”.

Las consecuencias inmediatas son las que los libros dicen: Griñán se crece frente a Rubalcaba y este gana minutos de alivio, mientras que Arenas deberá replantearse su futuro y Rajoy se verá obligado a comprobar con cierta silente amargura que en Andalucía todavía, y no se sabe bien hasta cuándo, el monte no es todavía ni todo orégano. Vendrán otros análisis que nos dirán, por ejemplo, porqué con menos participación la izquierda resiste, cuando parecía ser dogma de seguimiento obligatorio todo lo contrario, o porqué las encuestas han fallado esta vez tanto y de manera tan estrepitosa.

Con todo lo triste no es lo que ocurra con este o aquel líder politico sino lo que en el futuro inmediato acontezca con ese tercio del territorio español poblado por ocho millones de habitantes que es Andalucía. Porque las tres décadas de ininterrumpido régimen socialista habían convertido al lugar y a sus habitantes en estereotipos de lo que una democracia moderna debe desterrar: el clientelismo, la corrupción, la dependencia, el retraso, la vagancia, los brindis al sol, la recreación del machadiano -versión Manuel- “mi voluntad se ha muerto una noche de luna”. Ahora, confirmados por las urnas en sus políticas, no hay ninguna razón para que los griñanes de turno no sigan frecuentando las habilidades que tan rentables en tantos sentidos de la palabra se han demostrado para ellos y para la abultada cantidad de los suyos. No conviene caer en la tentación guerrista –Alfonso- de presumir que los electores se han equivocado. Pero sería un falso espejismo fingir que aquí no ha pasado nada: la Andalucía que acaba de confirmar en las urnas una mayoría gubernamental de izquierdas se convertirá seguramente en bastión ardoroso de las políticas que durante los últimos años han llevado a España al borde del precipicio y en definitiva al filo de la catástrofe. Nihil novum sub sole: ¿acaso no fue derribada la “Pepa”, cuyo bicentenario ahora celebramos, con el obsceno grito de “vivan las cadenas”?

Claro, en Asturias han ganado las derechas y la suma de sus escaños pueden garantizar gobierno. Pobre consuelo que, en caso de materializarse, poco servirá para borrar las tristes e innecesarias hazañas a las que Paco Cascos, en la peor de sus encarnaciones, ha sometido a sus conciudadanos en el curso de estos últimos meses. Jovellanos no se hubiera comportado así.

Y en suma lo que queda es una ocasión perdida: la de utilizar el cambio andaluz para instrumentar lo que España y sus habitantes urgentemente necesitan: la racionalización política y económica de un sistema autonómico convertido en permanente sacamantecas de recursos y voluntades. Queda para otra ocasión. ¿La tendremos?

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