TRIBUNA
Lunes 26 de marzo de 2012
Hay países que no se comprende por qué no son todo lo importantes que pudieran ser. La República Argentina es ejemplar en eso: culturalmente, fue la patria de Borges, Cortázar, Sábato, Bioy Casares, etcétera; tres argentinos han conseguido el Premio Nobel en especialidades científicas; y además de notables contribuciones en los campos de las Humanidades y del Derecho (recuérdese las escuelas creadas por exiliados españoles como Claudio Sánchez Albornoz o Luis Jiménez de Asúa), los argentinos han brillado también en el deporte: Maradona y Messi son figuras que expresan la dimensión global que tienen muchos nacidos en ese país.
Materialmente, Argentina es deslumbrante. Buenos Aires, con 13 millones de habitantes, siempre se ha considerado como “el París de América del Sur”: en el arte, las ciencias y la política, ejercía como capital espiritual de ese hemisferio. Pero Argentina es más que Buenos Aires (de hecho ha intentado crear otra capital siguiendo el patrón brasileño de Brasilia): sus 40 millones de habitantes se distribuyen en un inmenso espacio geográfico, tan variado en sus paisajes como unificado en sus sentimientos nacionales: el nacionalismo argentino es muy potente, y ese sentimiento, durante más de medio siglo, se ha expresado con el peronismo.
Cuando Perón alcanzó el poder, Argentina era uno de los países más ricos del mundo. Su renta per cápita, la proporción teléfonos, la cantidad de universitarios en relación con su población, la situaban por delante de la mayoría de países europeos, sobrepasando incluso a Suecia (país que no había sufrido destrucciones durante los años de la Guerra Mundial).
Perón decidió industrializar Argentina, y para ese intento, desde el Estado, puso en acción un programa para crear una “industria nacional”. Como corolario de ese programa, el gobierno peronista encuadró a los trabajadores argentinos en unos sindicatos, en la práctica verticales, controlados desde el poder “justicialista”. Perón había sido agregado militar en la embajada argentina ante Mussolini, y sus simpatías con la Alemania hitleriana se mantuvieron durante toda su vida. En el capítulo que Enrique Krauze dedica a Evita Perón, en su reciente libro “Redentores”, descubrimos las tenebrosas relaciones que “la heroína de los pobres” tenía con los hitlerianos refugiados en Argentina.
El nacionalismo peronista ha impedido a Argentina ser una potencia económica en proporción a su riqueza material y a su potencia creativa como sociedad.
Krauze define al peronismo con el concepto de populismo. Y lo hace así: “movilización vertical de las masas, tendencia a privilegiar la demanda social por encima de las energías productivas de la nación (con desastrosas consecuencias económicas) y, sobre todo, el culto al líder, al caudillo, en este caso a Juan y Eva (Perón)”.
En lugar de esos dos nombres, escribimos los del matrimonio Kirchner, y podemos entender el actual conflicto entre el peronismo de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y la compañía española Repsol-YPF.
Tanto ella, como su esposo, el presidente Néstor Kirchner, representan la izquierda del peronismo. Eso significa que en economía son intervencionistas y partidarios de la estatalización; mejor aún: la “provincialización” de sectores productivos. Cristina Fernández se opuso, en tiempos del también peronista Menem, a la privatización de la compañía petrolífera YPF. Entonces, ella propuso que esa empresa pasara a poder de los gobiernos regionales argentinos.
Los mismos motivos están hoy presentes en la ofensiva de los gobiernos de las regiones Chubut y Santa Cruz (a los que se están añadiendo los de Neuquén y Mendoza, también peronistas). Existen dos motivos más: 1) la lucha sorda por el futuro poder en el movimiento peronista; 2) la emergencia de una coalición de fuerzas políticas que desbanque al peronismo del poder.
Los rasgos que Krauze distingue en el populismo peronista se dan en este caso. Las masas fueron convocadas por los gobiernos de Chubut y Santa Cruz en Ramón Santos, un lugar límite de las dos provincias; escucharon entonces los ataques de los dos gobernadores, Martín Bucci y Daniel Peralta, a Repsol-YPF; no demostraron que esa compañía no había invertido en Argentina (para Bucci fue un primer paso para mayores aspiraciones); justificaron la retirada de las licencias a Repsol-YPF con la llamada “soberanía energética” (sic) ; pero lo que más movilizó a las multitudes fueron las referencias al poder de las multinacionales, que en este caso eran “propiedad de los gallegos” (sic), los antiguos dominadores de hace 200 años.
¿El objetivo? Bajar la cotización de las acciones, para hacer factible la nacionalización –la provincialización- de la antigua empresa argentina YPF. Es una demagogia; pero con el invierno austral en puertas, las quejas por la mala y cara energía se taparán con esa heroicidad nacional.
TEMAS RELACIONADOS: