Opinión

Una justa conmemoración

José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 30 de marzo de 2012
A no dudar, entre las mayores inconsecuencias del tiempo presente se incluye la proliferación cancerosa de aniversarios, centenarios y milenarios –con sus correspondientes parcelaciones…-. En una época de abierta hostilidad a la vejez y a todo lo colindante con ella, que se entusiasma con el arrojo al “basurero de la historia” de mores y personas y semeja obnubilada más todavía que imantada por el futuro, la recurrente celebración de efemérides y acontecimientos suscita más de un punto de interrogación. Más allá de la enorme y, a las veces, gigantesca industria cultural en torno al extraño fenómeno –movilizadora de recursos no siempre ajustados- existirán razones que a primera vista resultan difíciles de desentrañar y, por ende, de imposible análisis en un artículo periodístico. Tal declaración de impotencia no comporta, desde luego, ningún desprecio a la hipertrofia o inflación de dichas rememoraciones ya que en no pocas ocasiones son adecuadas y provechosas para el espíritu colectivo y la moral ciudadana.

Una de ellas, innegablemente, tendrá lugar en la próxima primavera cuado se cumpla un siglo de la muerte en su ciudad natal, la capital de la Montaña –“Puso Dios en mis cántabras montañas, ansias de libertad…”-, del mayor crítico que hasta el momento haya producido la literatura nacional: M. Menéndez Pelayo. Dotado pródigamente con la mayor parte de los dones del talento y sensibilidad en el terreno de las Humanidades, el ahincado estudio y la prodigiosa capacidad de trabajo le hicieron culminar una obra ciclópea, más importante aún en varias ramas de la erudición histórica y la crítica literaria por los caminos que abriese y los horizontes que atisbase que por los amplios terrenos que roturara. Con su ingente producción hubo, en verdad, un antes y un después en numerosos campos de la cultura humanística española. En posesión precoz desde su provechosa estancia catalana al lado de ejemplares personalidades universitarias de la Renaixença de los elementos metodológicos indispensables para su gigantesca labor y con conocimiento directo de algunos de los principales archivos europeos y permanente contacto con varios de los sabios más respetados del Viejo y del Nuevo Continente, el autor de Historia de los Heterodoxos Españoles logró, apenas traspasados los veinte años, celebridad internacional. En edad tan temprana tenía ya bien asentadas las líneas maestras del titánico proyecto de levantar el edificio completo de la reconstrucción de las corrientes fundamentales del arte, la literatura y la filosofía españolas, en línea con los vastos planes llevados a cabo en la misma esfera por los pensadores y eruditos alemanes, los más admirados y seguidos en el mundo entero en la mocedad de Menéndez Pelayo.

Sino que, justa y fatalmente, la aparición de tan controvertido libro como el acabado de citar hizo de torcedor de buena parte de tan sugestivo propósito, al derivar una porción de sus metas y, sobre todo, de las energías del joven santanderino hacia otros empeños, por lo común fructuosos, pero que vinieron a quebrar el esqueleto esencial de aquél “designio” un tanto mesiánico, como suele acontecer con el talante inspirador de los trabajos intelectuales de alta tensión. Parcelada –cuando no, diseminada…- un tanto una tarea necesitada para su entero logro de unidad, un línea fuerza se afanaría a toda costa por vertebrarla. Así, la reivindicación de la identidad católica de la nación puesta en peligro, según su pluma, por la intelligentzia surgida del triunfo de la revolución liberal se erigió en leit-motiv casi exclusivo de su quehacer.