Víctor Morales Lezcano | Viernes 30 de marzo de 2012
Muchos de los que vivimos con intensidad las polémicas que inspiró el naciente “Tercer Mundo” del profesor Sauvy en la Sorbona y los planteamientos de Jean-Paul Sartre desde todas las tribunas contestatarias del mundo durante unos veinte años (1946-1968), quizá podamos discernir con amplitud reflexiva sobre la extraña historia de la polémica franco-marroquí que viene coleando durante medio siglo.
Una ex-metrópoli con parámetros coloniales definidos y un ex-protectorado norteafricano -Francia y Marruecos, por tanto-, han mantenido una relación que, si no modélica, sí puede comentarse de ella que ha sido “regular”, y hasta beneficiosa, tanto para el Hexágono, madre de todas las repúblicas europeas, como para el reino cherifiano, monarquía sui generis dentro de las familias reales del mundo árabe.
Sin embargo, con un periodicidad algo más que decenal, brota en la esfera del ensayismo político francés alguna que otra obra escrita con vocación de provocar “escándalo” en torno al trono en Marruecos: en torno a la dinastía alauí, para ser más concreto.
Se impone usar, pues, una doble vara de medir, de hacer cálculos que no yerren en la interpretación que reviste la relación pugnaz entre París y Rabat con la cadencia periódica a la que antes me refería.
Recuerdo también con claridad haberme informado detalladamente sobre los artículos de Jean Lacouture, redactor diplomático de Le Monde, y del Nouvel Observateur, sobre la crisis del Trono en Marruecos entre 1953 y 1955. En una de sus entregas al conocido diario parisino, Lacouture llegó a practicar el arte de la profecía que se cumple a sí misma. “Si el rey (Mohamed V, a la sazón) no cambia de criterio (pro-nacionalista), habrá (desde París) que cambiar de rey” (lo que se llegó a producir con el destronamiento del Sultán (Su Majestad), sustituido por lo que el pueblo marroquí dio en llamar el rey-títere. Todo esto lo comentó con precisión el maestro de generaciones de norteafricanistas franceses (Charles-André Julien) y legiones de incondicionales marroquíes de la dinastía alauí; que, a lo que parece, son más de unos cuantos.
De esta manera, Lacouture, como ocurrió también con otros nombres que surgirán más adelante en esta columna de turno para EL IMPARCIAL fue, en su oficio, una figura de relieve en el terreno del periodismo candente que generó el proceso de descolonización y acceso a la independencia de varias decenas de nuevos estados-nación que abarrotaron la Asamblea General de Naciones Unidas en menos que canta un gallo.
Por otra parte, la personalidad de Hassan II no dejó indiferentes a destacados escritores -detractores del rey algunos, apologetas variados los otros-. Es conocido el hecho de que esta dicotomía encontró en España una suerte de réplica que habrá que analizar con frialdad en su momento.
En Francia otro periodista, llamado Gilles Perrault, sorprendió a un amplio volumen de lectores cuando la editorial Gallimard publicó en otoño de 1990 Notre Ami le Roi. Nuestro amigo el rey fue desde un primer momento otra de las obras polémicas que encendió en llamas, no sólo el escenario donde se dan cita las opiniones francesas de alcance internacional, euro-árabes y mediterraneístas en este caso. Hasta tal punto se difundió el incendio provocado por este libro, que el monarca alauí se inclinó, incluso, hacia una ruptura diplomática con la Francia que presidía entonces François Mitterrand. Afortunadamente, el impacto de Notre Ami le Roi no fue tan irreparable como para que no se reanudara la normalidad bilateral en breve plazo.
El alcance de la denuncia de las prácticas de gobierno hassaníes que recuperó Perrault trascendió de la prensa y la publicística hasta alcanzar el Elíseo y el Palacio (en Rabat). El estilo desenvuelto de Perrault en su narración entre moralista y panfletaria causó fervor, y encontró resonancia inmediata en España (Nuestro Amigo el Rey. Editorial Círculo de Lectores, 1991). No corrían entonces tiempos favorables para el entendimiento hispano-marroquí, a pesar de los buenos oficios de Alfonso de la Serna desde la tercera de ABC y de algún que otro embajador de España en Rabat (Bassols, y Ortega).
Una golondrina no hace verano, tal como nos advierte nuestro inefable refranero. Ahora bien, cuando se multiplican las golondrinas en vuelo, por algo será. En la segunda parte pasaremos a comprobarlo.