Opinión

Cyborgs

José María Herrera | Sábado 31 de marzo de 2012
Comprendo que hace muchos años de esto, pero: ¿recuerdan el experimento taurino del doctor Rodríguez Delgado? Hasta el New York Times lo sacó en primera plana. Había que demostrar que es posible condicionar el comportamiento de un animal por control remoto y él lo hizo deteniendo en seco la embestida de un toro. La faena asombró a la afición y, aunque no salió a hombros de la plaza, como su paisano Antonio Ordoñez, dio la vuelta al mundo. Lástima que el respetable creyera que aquello era sólo un espectáculo de circo. De haber estado mejor informados, ahora sabríamos que el científico rondeño, fallecido recientemente con casi cien años, fue un precursor, un visionario.

Cuando Rodríguez Delgado publicó su libro Control físico de la mente, en 1969, había que ser un loco de la ciencia ficción para imaginar que cuarenta y tres años después se estaría hablando de ordenadores capaces de leer la mente. Solo con el poder de la mente, o para ser más precisos, de las interfaces instaladas en el cerebro a fin de interpretar sus reacciones, los ordenadores sabrán dentro de poco qué hacer sin necesidad de intermediarios. El teclado y el ratón tienen los días contados. Ya existen de hecho interfaces que conectan mente y máquina permitiendo, por ejemplo, que sordos y ciegos capten ciertos estímulos que escapan a sus sentidos o que un discapacitado mueva objetos. Comparada con esto, la tauroelectrónica es un juego de niños.

Que existan programas informáticos capaces de leer en el cerebro es para muchos sólo el principio. Sobre la base de la hipotética correspondencia entre las estructuras neuronales y nuestros estados mentales, algunos suponen que pronto podremos descifrar los pensamientos más complejos, incluida la conciencia. Esta esperanza descansa, sin embargo, en dos supuestos problemáticos: la confusión de actividad cerebral con pensamiento (que es como confundir el lápiz con el dibujo), y la creencia en que el lenguaje es un puente entre mente y realidad que la máquina puede soslayar (como si hubiera pensamiento o conciencia sin palabras y éstas no arrastraran multitud de implícitos ajenos a la actividad del cerebro). Ahora bien, incluso dando por buenos esos supuestos, la posibilidad de que un programa lea nuestro cerebro genera no pocas paradojas. Al convertirse el cerebro en texto y su lector en intérprete: ¿habrá una única forma de glosar lo que ocurre en él –una de las cuales sería mi conciencia- o muchas?, ¿podría ocurrir que el ordenador, como lector objetivo, científico, desautorice un día mi propia lectura, mi conciencia personal, y que la juzgue anómala o enferma? Por otra parte, si la interpretación de la máquina y la mía propia no concordasen, habría que admitir o que mi conciencia es algo menos que mi cerebro, un inquilino (esto explicaría la enfermedad de Alzeimer), o algo más, cosa que daría la razón a quienes suponen que somos o tenemos un alma. Claro que: ¿quién verifica la concordancia de las lecturas que varios potenciales lectores hacen de mi cerebro? Etc.

Antonio Regalado, en su reciente libro Leyendo a Baroja –libro que les recomiendo con entusiasmo porque se da en él una conjunción de sabiduría y amenidad verdaderamente rara- relata la visita que hizo en compañía de Delibes a Rodríguez Delgado en el año 1964. Este era ya profesor en Yale y había adquirido notoriedad gracias a sus trabajos de control remoto con monos. El fisiólogo les explicó sus teorías. Estaba convencido de que la felicidad depende de la interpretación que hacemos de la realidad y que siendo dicha interpretación un acto mental, comprender los mecanismos del cerebro es el paso previo para conseguirla. Ni Regalado ni Delibes dudaron de los grandes beneficios que a la postre podía reportar el conocimiento del cerebro, pero se fueron del laboratorio decepcionados por la incapacidad del investigador para ver los perjuicios que también podría ocasionar el control de la mente. Delibes comentó al salir que la posibilidad de manipular los centros nerviosos a fin de producir felicidad le asustaba. En su libro USA y yo, ironizó luego a costa del rondeño. No lo veía claro. Tampoco Regalado. Ni yo. Quizá haya que ser un científico para no juzgar relevantes las diferencias entre “acto mental” y “mecanismo mental”.

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