Los Lunes de El Imparcial

Tomás González: La luz difícil

RESEÑA

Domingo 01 de abril de 2012
Tomás González: La luz difícil. Alfaguara. Madrid, 2012. 132 páginas. 17 €

Entre la reciente narrativa en lengua española, sin duda, es Tomás González (Medellín, 1950) uno de los escritores que más fidelidad a la mirada ostenta en sus exploraciones estéticas. A ello se debe la proyección internacional que está alcanzado su obra, traducida hoy a distintas lenguas. Ha publicado Primero estaba el mar (1983), Para antes del olvido (1987), El rey del Honka-Monka (Cuentos, 1994), La historia de Horacio (1997), Manglares (Poesía, 1997) y Los caballitos del diablo (2003). Saltó a la fama, con este último relato en el que la brevedad y economía de su escritura nos enseña cuánto puede decir el silencio. La extraordinaria capacidad de penetración del narrador capta lo que se urde más allá de las personas, de sus hábitos, de los rituales absurdos que ocultan su miedo. En La historia de Horacio, en cambio, el autor rinde tributo al filósofo y escritor Fernando González, su pariente. En torno a la figura del patriarca se desgrana la numerosa saga familiar de la que nos cuenta sus avatares, con un lenguaje sencillo y de gran eficacia por su cercanía con el lector. Aquí aborda temas de la humana condición, en los que se pone en evidencia la moral de la clase media antioqueña de los sesenta, a la que pertenece, y el sentido de la vida en las cosas simples, como señalaba el crítico Álvaro Pineda Botero. Su más reciente novela es Abraham entre bandidos (2010), relato de la violencia vivida en Colombia en los años cincuenta.

Lo que el lector intuye en las novelas de González es una realidad paralela que domina la atmósfera y a la que el narrador hace frente, a veces, de manera oblicua, implicando al lector con detalles, al parecer banales. Dueño de su tiempo, el narrador refiere anécdotas y emociones desde la distancia, como si evitara adoctrinar al lector. La luz difícil trata del sufrimiento ante la pérdida de los seres queridos, del dolor y la enfermedad de los que amamos y de cómo su muerte nos acerca al inevitable destino que nos aguarda. En la primera página ya nos deja ver que el hijo ha muerto de manera nada natural y lo que sigue son las circunstancias que conducen a ese final, por lo que la anécdota importa poco.

Entre Nueva York y Colombia, el protagonista es un pintor obsesionado por el tema de la luz y la vida. Lo que busca en realidad es la poesía en su exploración del mundo y no deja de transmitirnos su admiración por las cosas sencillas, la piel de su esposa, las habilidades de la novia del hijo, capaz de remover los nervios y apaciguar el dolor de los huesos, la suavidad del pelo del gato, la forma de nadar de la mujer que lo cuida en la finca de Cachipay, donde espera paciente el fin de sus días. Para González, el hecho de escribir es una forma de entender el mundo y no dejarse vencer por la adversidad, pues como declarara en una entrevista, “la vida es muy dolorosa y te puede aniquilar muy fácil y la manera como tenemos los seres humanos de evitar eso es comprendiéndola y una manera de hacerlo es recreándola, es lo que hace la gente que pinta, la gente que escribe”, como el narrador de La luz difícil.


Por Consuelo Triviño Anzola