RESEÑA
Domingo 01 de abril de 2012
Sankar: Chowringhee. Traducción de José Aníbal Campos. Seix Barral. Barcelona, 2012. 539 páginas. 21 €
Chowringhee es una de las principales arterias de la ciudad de Calcuta, un área prestigiosa y llena de vigor idónea para imprimir ese febril dinamismo de vidas cruzadas que Sankar nos desvela en su Hotel Shahjahan Como nos recuerda uno de los más grandes narradores contemporáneos de origen indio, Vikram Seth, en su obra Un buen partido, comparada con otras ciudades indias “Calcuta apenas tenía historia”. De modo que cuando uno de sus personajes, Amit Chatterji, quiere deslumbrar a la protagonista Lata con el pasado de su ciudad no tiene otro remedio que conducirla al Cementerio de Park Street para revelarle: “Aquí está enterrado el padre de Thackeray y uno de los hijos de Dickens,y el personaje en que se inspiró el Don Juan de Byron- dijo Amit, con un típico orgullo calcutiano.”
Es decir, en términos de temporalidad hindú, Calcuta no tenía en realidad pasado. De hecho había sido fundada hacia 1686 por mercaderes británicos y en aquellas fechas el distrito de Chowringhee solo era lugar de arrozales, bosques, con pantanos, chozas, leñadores y cazadores diseminados por un territorio infestado de tigres, hasta que a mediados del siglo XVIII, los británicos comenzaron a construir allí suntuosas mansiones transformando el distrito, y la ciudad, en la capital de la India colonial. El hecho de que Chowringhee careciese de pasado enigmático y esplendoroso, fue así compensado por algo que constituye el eje y el alma del relato de Sankar: la brusca superposición de culturas, la amalgama de civilizaciones condenadas a trenzarse del modo más azaroso. El autor sitúa la acción de la novela en 1950 –aunque publicada originariamente, en bengalí, en 1962-, inmediatamente después de la independencia frente al Reino Unido, cuando las clases altas de Calcuta compatibilizaban su educación británica con rasgos propios de su cultura milenaria y sus sirvientes reinventaban ese mestizaje guiados por un puro instinto de supervivencia. Unos y otros se entrecruzan en el suntuoso Hotel Shahjahan , en el centro del distrito de Chowringhee, dando lugar a vidas exóticas, peripecias donde se entrelazan puntos de vista culturales sorprendentemente dispares, hechos conmovedores e historias memorables. Realmente asombra que haya tardado tanto tiempo en traducirse y darse a conocer en nuestro idioma una novela tan cautivadora y absorbente como Chowringhee.
Para Mani Sankar Mukherji el recinto de una habitación ajena, lejos de las miradas indiscretas, es el espacio idóneo para que aflore la vertiente oscura de una vida. Y un gran hotel está repleto de esos recintos perfectos donde dar rienda suelta al veneno de los embates interculturales. Uno de los protagonistas nos avisa: “He descubierto que cada persona lleva dentro una cobra. Por alguna razón, a veces la serpiente permanece dormida toda la vida. Pero, otras veces, se alza y saca su lengua tan pronto salen de sus casas.” Otro empleado del Shahjahan es más concreto: “El corderito que vemos en casa, se vuelve un tigre en la habitación de un hotel.” Cierto que Sankar Mukherji elude recrearse en los aspectos más despiados de los conflictos interraciales. Pocos años antes del momento histórico en que se sitúa la acción de Chowringhee, en pleno proceso de independencia, Calcuta había experimentado horribles actos de violencia entre musulmanes e hindúes que desembocarían en la separación entre Pakistán y la India, sin que el autor refleje el más mínimo eco de esa espantosa brutalidad de origen político. Más bien Sankar se aleja de todo lo político para centrarse en la vida íntima de sus protagonistas, donde se enfrentan valores radicalmente contrapuestos de civilizaciones antagónicas, desde multimillonarias de apariencia pública extremadamente tradicional, que en su existencia personal practican una desenfrenada liberación sexual, hasta trágicos amores interraciales, entre los que quizá deba incluirse la pasión de un indo-portugués por la música de Beethoven o Mozart que le conduce hacia la ruina.
La historia de una bellísima stripper escocesa tan perdida como dependiente del enano que la acompaña –imposible no ver aquí la huella deLa balada del café triste, de Carson McCullers, con su Miss Amelia y el tiránico jorobado Henry Macy, trasladados ahora a una civilización inauditamente distinta-, o la convulsa vida de Rose, cuyos antepasados fueron capturados en el siglo XIX en las costas de África y vendidos como esclavos en Calcuta por unas pocas rupias, aún con los grilletes en los tobillos, sin que su lucha sirva para superar un ápice el desprecio y las vejaciones de siglos, marcan puntos extremos de una narración caleidoscópica donde el choque cultural produce, por igual, sacudidas de vigor como desenlaces grotescos. Quizá el carácter conmovedor y entrañable de Chowringhee no se deba a cada una de esas historias tomadas por separado, sino al hecho de ser narradas por un empleado nuevo, Sankar, que establece lazos de admiración, colaboración, compasión o amistad con cada uno de los protagonistas, lo que nos trasmite una mirada repleta de complicidad humana incluso ante los sucesos más extremados. Nada que ver, por lo tanto, con los antecedentes europeos del género, pongamos por caso Hotel Savoy, de Joseph Roth, o bien Gran Hotel, de Vicki Baum, donde las historias paralelas se describen con la cruel frialdad de la mirada del entomólogo.
Sankar, el narrador, es finalmente expulsado de ese paraíso de secretos que ha sido el Hotel Shahjahan y en las calles de Chowringhe recurrirá a palabras de Rudyard Kipling para condenar su hotel, Calcuta, es decir, el mundo: “No hay nada limpio, la decencia es un fraude y una vergüenza”, que toma prestado del viejo defensor del Imperio. Y sin embargo su voz nos comunica una inesperada pureza en un universo tan caótico y convulso, precisamente porque el narrador las pronuncia cuando ha logrado someter su enojo, elevarse sobre las ofensas y su propio resentimiento. Es su modo de sanar de las heridas producidas por un cruce tan violento de culturas. Por eso, nos dice: “Las incontables estrellas del cielo me daban esperanza, me daban fuerza.”
Por Rafael Fuentes