Lunes 02 de abril de 2012
Más de catorce personas han muerto y cerca de quinientas han resultado heridas en una cadena de atentados en el sur de Tailandia. Las bombas hicieron explosión en las localidades de Yala y Pattani, que junto a Narathiwat, formaban parte de un sultanato musulmán, anexionado por Tailandia hace cien años, y que vienen siendo escenario de continuos enfrentamientos y atentados que han costado la vida a más de cinco mil personas. Y en Yemen las milicias islamistas han intensificado sus ataques a los soldados yemeníes, causándoles, solo entre los pasados sábado y domingo, más de treinta muertos. Cuando aún está muy reciente el atentado perpetrado en Francia por Mohamed Merah –que asesinó a tres militares y después provocó una masacre en una escuela judía-, que causó una honda conmoción no solo en país galo, son estos solo dos ejemplos más del recrudecimiento de la ofensiva del islamismo radical por imponer sus presupuestos a través de la violencia. No es extraño, pues, que, en estos momentos, Gran Bretaña haya manifestando una creciente preocupación ante la posibilidad de un ataque que podría producirse en la próxima cita olímpica en Londres y pida a sus vecinos y aliados, incluido nuestro país, que le alerten de cualquier sospecha.
Las violentas actuaciones del fundamentalismo islamista en su “guerra santa”, especialmente contra Occidente, son una continua amenaza que pende como una espada de Damocles. Hasta tal punto que se están desarrollando en Europa movimientos antimusulmanes, como el que la semana pasada congregó en una manifestación en Aarthus (Dinamarca) a numerosos participantes llegados de todo el continente. Manifestación que tuvo su réplica en otra, convocada bajo el lema de “Aarthus por la diversidad”, y cuyo cruce desembocó en algunos incidentes, si bien de carácter menor.
La realidad de un multiculturalismo que a todos enriquece, no debe llevarnos a engañosas distorsiones que pretenden eliminar las raíces de libertad y tolerancia de la cultura europea, sobre todo cuando nos movemos en el ámbito del islamismo radical. Como bien ha señalado el pensador francés Pascal Bruckner las civilizaciones, las culturas siempre han dialogo entre sí: Oriente-Occidente, Islam-Cristianismo, pero eso, reflexiona también Bruckner, no es sinónimo de alianza de civilizaciones -que le parece mera palabrería-, cuando a lo que nos enfrentamos es algo muy grave: el fundamentalismo quiere imponer por la fuerza y el terror su concepción teocrática y autoritaria a los regímenes democráticos. No desea en ningún momento “dialogar” con Occidente sino, por exagerado que pueda resultarnos, dominarlo. Su “diálogo” se escribe con sangre. Ahí están los brutales atentados de Nueva York, Londres o Madrid, o la reciente actuación de Mohamed Merah en Toulouse.
El atentado en Francia ha llevado al Gobierno de Sarkozy a tomar medidas en previsión de futuros actos similares. Sin duda, el camino es alejar cualquier tentación de laxitud. La primavera árabe, que no deja de tener mucho de espejismo, a tenor de lo que está sucediendo en los países que la protagonizaron, no debe hacer bajar la guardia a Occidente frente al fundamentalismo. No significa esto que se abomine de políticas de integración y del valor de la tolerancia. Pero siempre sin olvidar que ésta no sirve de nada si se ejercita con quienes practican una total y absoluta intolerancia. El multiculturalismo, el respeto por la diferencia, jamás puede convertirse en una coartada para la debilidad frente a la violencia y el terror.
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