Opinión

Sobre memoria histórica, tras mi experiencia europea

Juan López Rodríguez | Miércoles 04 de abril de 2012
Hace unos días pude leer en la prensa belga el siguiente titular, "Amnistía: olvidar, jamás, responde De Clerck". El Parlamento estaba debatiendo una ley para amnistiar a los ciudadanos belgas condenados tras la Segunda Guerra Mundial por colaborar con los nazis. En su turno de palabra, el ministro de Justicia había generado una sonada polémica cuando, al responder a una pregunta oral, había utilizado el verbo olvidar en relación con la colaboración con las fuerzas opresoras. Obligado por la virulenta reacción, manifestó con posterioridad que "hay que guardar el espíritu del pasado, en respeto a los combatientes. No podemos borrar las enseñanzas de la historia. Así como ciertos colegas lo dijeron, es posiblemente una buena cosa poder llevar un debate sereno. Debemos estar dispuestos a hacerlo, sin atentar contra la memoria, eso tiene debatir. Estoy dispuesto a discutir con todo el mundo a cada momento. Pero es claro que jamás hay que olvidar". En respuesta, la demócrata-cristiana Catherine afirmó que "olvidar es negar a las víctimas y, eso, jamás.

Cuando llegué a Bélgica una de mis primeras excursiones fue a las Ardenas. Paramos en La Roche en Ardennes, un pequeño pueblo de, a penas, 3.00 habitantes. En su calle principal hay un museo de armamento y material militar y sanitario que se encontró allí tras la cruenta batalla del invierno de 1945. El silencio te embargaba al contemplar objetos que simbolizaban la muerte que hacía 60 años habían traído. Más tarde, visité el campo de concentración de Malinas en el que se encuentra el Museo Judío de la Deportación y la Resistencia. De nuevo el mismo silencio al imaginar a los presos devenir en espera de la tortura o la muerte. La misma impresión cuando viajé por el valle del río Somme y pude contemplar los numerosos cementerios con cruces blancas, tumbas de soldados. A pesar de que no puedan sentirse orgullosos de su historia, los europeos han decidido no olvidarla.

Nuestro devenir ha sido distinto y se han dado circunstancias fundamentales para que no pudiera seguirse el mismo proceso. La autoridad política de la post-guerra lideraba uno de los bandos y, en ningún caso y de ninguna forma, pretendió la reconciliación. Adoptó una postura diametralmente opuesta a la que en un momento dado quiso recuperar nuestra monarquía: gobernar para todos los españoles. La consecuencia es que hubo víctimas olvidadas y crímenes no juzgados. Al mismo tiempo, la sociedad civil tuvo que rearticularse y basar su convivencia en la recuperación de unos principios que la permitieran en unos términos civilizados. Principios y valores que debían ser asumidos por los herederos de la conflagración y que debieran permitir una evolución que ya no podía volver a basarse en un continua denigración con pretensiones de destrucción del contrario.

Así pues, nos enfrentamos a nuestro pasado de forma diferente y parece difícil que pueda decirse que haya consenso sobre cómo hacerlo, vistas las tensiones que están generando los debates parlamentarios, las actividades de las asociaciones que la invocan, las reacciones estridentes de quienes parecen haber heredado una mala conciencia. Y creo que sería bueno que se llegara a algunas conclusiones sobre determinados elementos que nos permitieran avanzar con armonía por un camino que deberíamos recorrer. Déjenme que les apunte algunas propuestas para la reflexión.

El debate político que pudiera estar detrás del conflicto está superado. La obra Soldados de Salamina de Javier Cercas rinde un homenaje a quienes, aunque perdieran la batalla inicial, acabaran por ganar la discusión ideológica en la medida en que la aspiración por un Estado fundamentado sobre el respecto de los derechos y la dignidad del hombre es una realidad indiscutible en Europa. No parece plausible plantear si el Estado debe o no ser democrático y si debe o no amparar los derechos humanos. Existe también un compromiso público con un cierto grado de protección social aunque no todos tengamos la misma opinión sobre su medida.

En segundo lugar, los crímenes que pudieron tener lugar se los llevó el viento de la historia y difícilmente su castigo pueda reparar ya nada. El conflicto terminó hace más de setenta años y las persecuciones posteriores hace ya demasiado tiempo, lo suficiente como para que sus responsables hayan perecido o que su castigo no fuera, más que nada, un ensañamiento. El alivio del sufrimiento causado debe venir por otras vías, a través de medidas políticas dirigidas a rendir un debido recuerdo, recuperar méritos y honores, y compensar o aliviar las consecuencias económicas que aquello pudiera suponer

Coralario de lo anterior es lo artificial y maniqueo de pretender instrumentar políticamente un debate cerrado, unos delitos prescritos y unos sentimientos que debieran invitarnos al más profundo respeto.

En todo caso, la democracia sólo es tal cuando respeta la dignidad de la persona. Debe hacer al hombre libre para vivir dignamente. Y es aquí donde debiéramos todos darnos cuenta de lo importante que es para muchos poder recuperar los cuerpos de los suyos. Hasta que no lo hagan, no descasarán en paz y no se sentirán reconocidos, no ya por un Estado que pretenda ampararlos como ciudadanos, sino por una sociedad que, de otra forma, mostraría un ensañamiento injustificado, el mismo que permitiría recuperar el ajuste de cuentas. Porque mientras no se permita a alguien recuperar su dignidad personal y familiar, se la sigue denostando. Para todo este proceso, sería interesante la pasividad de los políticos, que no debieran buscar ventaja en el dolor privado, y la actividad de los poderes públicos, que deberían facilitar y apoyar el proceso de búsqueda.

Las dos familias de las que procedo estuvieron vinculadas a cada uno de los bandos que se enfrentaron en la Guerra Civil española. Ninguno de sus miembros me habló del conflicto, de las persecuciones, de las huidas, de los dramas que tuvieron que vivir. No me trasladaron rencores ni rencillas, ni me dieron información que pudiera generar en mí rencores o rencillas. De este modo, crecí predispuesto para la tolerancia. Me ha resultado fácil tratarme con todos, con independencia de sus ideas, más allá de la discrepancia.

Pero el pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla - Jorge Santayana -. De la misma forma, quien simplemente la ignora o quien no ha adquirido el conocimiento que se deriva de la experiencia histórica compartida, fácilmente puede caer en los problemas del pasado. Porque es importante saber valorar cuando la controversia puede devenir en conflicto, cuando el conflicto en animadversión y cuando, todo junto, puede transformar al hombre hasta conducirle a hacer aquello que en otras circunstancias abominaría. Porque hay ocasiones en las que, cuando veo a compañeros alemanes en la oficina, cuando como con ellos, cuando tomamos café o compartimos bromas, pienso que algunos son descendientes de nazis, de soldados de las SS. Y me resulta muy difícil que personas tan amistosas, buenos compañeros, divertidos y amenos pudieran transformarse; y me pregunto si yo mismo también pudiera mutar según las circunstancias.