Opinión

¿De quién son los votos?

Lourdes López Nieto | Viernes 06 de abril de 2012
Después de los comicios para elegir el Parlamento de Andalucía, ha resurgido de nuevo la afirmación-pregunta, en este caso en el seno del Partido Popular, sobre la pérdida de 400.000 votantes. Tras las elecciones del 20N el PSOE planteó una reflexión similar sobre los 4.000.000 de votos perdidos. En ambos casos, dichos partidos parece que se lamentan por la “infidelidad” de determinado número de votantes.

Desconozco el objeto de trasladar este tipo de mensaje que contiene un cierto reproche a los electores infieles, cuando imagino conocen alguna de las conclusiones básicas de los análisis electorales en España desde la transición, basadas exclusivamente en los resultados reales: el voto ha ido cambiando poco a poco. En la mayoría de los casos el comportamiento electoral no se ha modificado de forma brusca ni ha habido rupturas significativas. Otra característica del comportamiento de los electores, no contradictoria con las anteriores, es que cada proceso electoral tiene especificidades y una parte de los electores modifica su voto en cada convocatoria.

Las razones de estos comportamientos son diversas y entre ellas cabe recordar que “lo que está en juego” cambia en cada proceso electoral, como también difieren desde el censo electoral hasta el contexto y circunstancias que rodean cada elección. Por ejemplo, la celebración aislada de un comicio en la mayoría de los casos va asociada a un aumento de la abstención. Además, los apoyos electorales de los dos partidos mayoritarios desde 1993, han oscilado en cada elección, otro ejemplo que avala la afirmación anterior y que hemos recordado en anteriores colaboraciones. El PSOE consiguió unos siete millones de votos en todas las elecciones municipales y europeas celebradas desde entonces como también en las legislativas de 2000 y en las de 2011. Por su parte en Andalucía el PP ha ido acortando la diferencia de votos respecto al PSOE a lo largo de las sucesivas elecciones incluso en las autonómicas cuando estas se han celebrado conjuntamente con las generales. En 2008 el porcentaje de voto del PP en las elecciones autonómicas quedó un 10% por debajo del logrado PSOE, mientras que en las autonómicas celebradas recientemente no solo ha recortado el citado porcentaje, sino que incluso lo ha superado. Estos resultados no difieren de los producidos en las demás elecciones en España. Basta comparar el número de electores que se abstiene en cada elección, que oscila en tres o cuatro millones, cifra similar a las diferencias que obtiene cada partido en cada elección, especialmente cuando son de diverso tipo. Por ello, se yerra cuando se comparan los resultados de elecciones de diverso tipo: por ejemplo, autonómicas con generales, ya que el comportamiento siempre es diferente.

Finalmente conviene recordar otro efecto habitual de las elecciones ya que parece que los partidos olvidan cuando parece que reprueban ciertos comportamientos. En todas las democracias occidentales desde finales de los años sesenta, la mayoría del electorado mantiene un comportamiento estable y “fiel” a un partido en todas las convocatorias. Pero al tiempo, el proceder de una parte de los electores, todavía minoritario, consiste en modificar su voto en el legítimo ejercicio de su libertad. Nos referimos al voto volátil, cuya existencia es habitual en todas elecciones y que en ocasiones decide quién es el partido ganador, aunque desde el punto de vista cuantitativo no sea muy numeroso.

Sorprende pues la citada apelación de los partidos a la hipotética infidelidad, que por otra parte se muestra en la capacidad de adaptación de los partidos a los cambios y demandas de la sociedad y que tiene su correlato en la plural oferta programática de los partidos, denominados por ello “atrapalotodo”, así como en la diversa composición social de sus respectivos dirigentes, militantes y votantes. Sin embargo, cuando predominan los rasgos del modelo “cártel” de partido, sobre los elementos del modelo anterior citado, con el que conviven, se produce una debacle electoral. Esto es lo que le ha ocurrido al PSOE, tal como manifiestan las numerosas reflexiones de algunos analistas socialistas y que contrastan con las infundadas y erróneas manifestaciones de los actuales dirigentes socialistas. Estos débiles líderes, ni asumen sus responsabilidades políticas de los ocho años de gobierno, ni cejan de criticar al adversario e incluso se permiten lanzar consignas imaginarias y “voluntaristas” cuando hablan de nuevo ciclo electoral (Rubalcaba dixit). Tras unos años de alta competitividad (2004-2008) entre PSOE y PP cuando la distancia entre ambas formaciones era pequeña, las elecciones de mayo de 2011 marcaron el inicio de un nuevo ciclo electoral, que se consolidó en las elecciones del 20 de noviembre y que se ha mantenido en las últimas elecciones en las que el PP ganó por fin al PSOE en Andalucía en una elecciones autonómicas y donde en Asturias la suma del PP y de la formación escindida superan en voto al PSOE.

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