DESDE OTRA ORILLA
Sábado 07 de abril de 2012
Siempre mantuve que la señal definitiva de que el terrorismo de ETA había desaparecido en el País Vasco, y en el resto de España, seria la supresión de los escoltas que durante décadas han acompañado cual sombres protectoras a los miles de ciudadanos públicos y privados que tenían razones objetivas para sentirse amenazados por la vesania de los asesinos. Nunca sabremos en qué medida la presencia de los escoltas haya podido contribuir a disminuir el cómputo macabro de los muertos a manos de los etarras. No son pocos los asesinados a pesar de llevar escolta, no son raros los escoltas que han muerto en el trance y ciertamente son multitud las personas que han perdido la vida o la integridad física sin contar con protección. Al fin y al cabo, siendo cierto que la escolta introduce un elementos de disuasión –los valientes gudaris del hacha y la serpiente no suelen caracterizarse por una inclinación heroica al suicidio o a la autoinmolación- si algo ha caracterizado a los de ETA, como a los practicantes del terrorismo allí donde se encuentren, ha sido precisamente el asesinar a mansalva sin distinción de clases, edades, sexo o condición. Eso que los tales llamaban con impúdico eufemismo la “socialización del sufrimiento” equivalía sin más circunloquios a la matanza indiscriminada de pacíficos ciudadanos, con o sin uniforme. Y todos sabíamos, y seguimos sabiendo, que pertenece al reino de la imposibilidad ontológica el proporcionar al cien por cien una cobertura completa de seguridad a toda la ciudadanía. Algunos tenemos la rara oportunidad de poder contar en primera persona lo que significa el haber sido blanco del terror -y nunca sabré si la presencia de la escolta me hubiera ahorrado el trago- y dando todavía gracias a Dios el poder contarlo: tantos y tantos son los que sin aviso, escolta o protección de ningún tipo, y por supuesto sin ningún tipo de razón, han dejado su vida o su integridad o su familia en los ensangrentados caminos de España que el horror acumulado en la memoria sigue levantando olas de indignada rabia.
Por eso tenía su lógica que tras el anuncio de ETA de renunciar definitivamente a la práctica del terror-a la que probablemente en sus enloquecida logomaquia llaman “acciones militares”- incluso antes de hacer estado de su desaparición definitiva, los responsables de la seguridad publica en sus diversos ámbitos anunciaran una progresiva reducción de los escoltas. En efecto, se trata de un dispositivo numeroso y por ende caro. Doblemente tal cuanto que la mayor parte de los que realizan tales funciones provienen de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado –y en algunas casos de las policías autonómicas- que veían reducidos sus efectivos para hacer frente a otras necesidades y urgencias no menos perentorias. En esa primera etapa de reevaluación del riego fue ya curioso comprobar cómo algún grupo de escoltas de origen privado negaba la premisa mayor -que la violencia terrorista estaba en trance de desaparecer- con el especioso argumento, que la obviedad de la situación no llegaba a convertir en deseo, de que ello no era así y de que sus servicios eran tan necesarios o más que antes. Quién más, quién menos comprendió que en tiempos de tribulación laboral cualquier excusa es buena y el proceso de reducción de los escoltas, públicos o privados siguió adelante. Estábamos mas cerca de esa situación idílica en donde la normalización de la vida vasca y la libertad de sus habitantes se veía plásticamente reforzada por la ausencia de los aparatos de protección.
Pero con ETA no disuelta y una política antiterrorista que no ha abdicado de ninguno de los presupuestos del Estado de Derecho los integrantes de la banda de asesinos, sus cómplices, aliados y demás ralea comprueban que la contraprestación a la que creían tener derecho -ya sabemos: los “procesos”, los “espacios”, las “nuevas dinámicas de paz”, el “acercamiento de presos”, la supresión de la “doctrina Parot” y otras entelequias- no tienen cabida en la realidad y vuelven a donde solían: la intimidación. A meter miedo. La desafiante convocatoria de los abogados de ETA hace pocos días y los pequeños pero nada sutiles gesto que los integrantes del entorno terrorista están prodigando hacia los partidos constitucionalistas -cartitas pidiendo reuniones confidenciales, por ejemplo- no tiene otra finalidad, relacionada como está con un imponderable que nadie en sus cabales ha querido ni podido descartar: que los de la banda de la porra y la pistola vuelvan a las andadas.
Y miedo han metido. Innominados jueces y fiscales de la Audiencia Nacional han dejado saber que la reducción de sus servicios de protección les crea inquietud, por las consecuencias que ello podría tener por lo que respecta a su integridad física. No se dice pero se intuye que en esas circunstancias, y a cuerpo descubierto –aunque probablemente no llegaría a tanto la reducción- sería difícil continuar desarrollando la tarea persecutoria y jurisdiccional, benemérita ella, dicho sea de paso, que ha llevado y mantiene en la cárcel a centenares de asesinos etarras. Los mismos innominados funcionarios judiciales recuerdan que el Tribunal Constitucional acaba de confirmar la validez de la doctrina Parot, que prolonga las penas de la cárcel para los terroristas, y que ello podría tener también consecuencias desagradables para sus personas. La “lunga manu” de la mafia terrorista sigue sabiendo cómo, cuándo y dónde golpear. Sabiendo como saben que el miedo que el terror genera es libre.
Posiblemente sea este el momento en que, sin reclamar la visualización de heroicidades a las que nadie está llamado, la Audiencia Nacional gestionara discretamente con el Ministerio del Interior las aprensiones de sus integrantes y todos, en este país todavía llamado España, mantuvieran externamente algo a lo que el largo sufrimiento de la vesania terrorista nos tiene merecidos: gallardía. Al fin y al cabo, ¿no están continuamente alardeando los terroristas y sus cómplices, siempre con algún destacado corifeo mediático, del abandono de la violencia? ¿Qué riesgo pues habría en prescindir de un adminiculo que los mismos asesinos están declarando inútil? ¿O es que acaso no han sido ellos mismos los que de manera tan solemne como ridícula, en presencia de Koffi Annan y otros incautos compañeros de viaje, proclamaron su inquebrantable voluntad pacifica? Y si no fuera así, y aunque los asesinos, ellos siempre hábiles en la obscenidad de sus justificaciones, acusaran a los españoles de ser los responsables de la vuelta a las prácticas terroristas, como si los españoles desearan su propia muerte, ¿alguien o algo dentro o fuera de este país podría mostrarse sorprendido de que una nube de fuego, al estilo bíblico, cayera sobre los desalmados que todavía pretenden presentarse como salvadores de la tierra vasca?
Por una vez y sin que sirva de precedente, debiéramos tomar en su literalidad la palabra de los terroristas y aquellos que todavía gozan de la protección anunciar públicamente que renuncian a ella. No es esta una propuesta descabellada ni pretende que se observe sin matizaciones en toda la longitud del espectro de los que todavía la mantienen. Por eso debería dejarse al albedrio de los afectados. Y también a su declarada voluntad de vivir sin las cortapisas que la protección impone. Podríamos comprobar así el carácter redundante de muchos de los escoltas que todavía existen. Y de paso decirnos a nosotros mismos que hemos puesto punto final al acobardamiento de los años de plomo y reafirmado nuestro carácter de ciudadanos libres e iguales. A ver si los de ETA se atreven ahora a ponerlo en duda.
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