José María Herrera | Sábado 07 de abril de 2012
Todos los jueves santos, desde hace muchos años, escucho La Pasión según San Mateo de Juan Sebastián Bach. Lo hago en una interpretación de Otto Klemperer pasada de moda. Sé que no es la mejor, aunque si todavía no la he sustituido por otra es porque mi experiencia de la obra es lo bastante satisfactoria como para prescindir de consideraciones estéticas que, en otros casos, juzgo relevantes. Hasta bajo la estricta y dura batuta de Klemperer, Bach consigue transportarme lejos de los límites de la cotidianidad, a un más allá que no es, desde luego, “el más allá”, pero que provoca en mí, digámoslo así, una suerte de trascendencia. Me consta que todo lo que huele a trascendencia produce hoy muy mala espina y que hablar de ello es para la mente ilustrada síntoma de ignorancia, de falta de lucidez, de superstición, más cada época del año tiene sus cosas y estamos en Semana Santa.
Creo que fue Calasso quien escribió que la experiencia metafísica ha sobrevivido tras el declive de la religión en la música. No es una idea extravagante. Beethoven, por ejemplo, decía que la música es una revelación más alta que la filosofía o la ciencia. Sospecho, sin embargo, que el término “metafísica” puede contrariar a algunos lectores y confundirles respecto de lo que quiero decir. Quizá fuera preferible una palabra menos comprometida, que no obviara las críticas filosóficas a la pretensión de rebasar los límites de la experiencia, y que no aludiría al “más allá”, sino al “otro lado”. El otro lado, lo “ultrafísico”, como lo llamaba Jünger, no es una ficción. Todos conocemos cosas que han pasado del otro lado a este lado, y no me refiero a los ángeles o los demonios, sino a los quarks o los neutrinos.
El hombre contemporáneo ha perdido su conexión con ese otro lado. Se opone incluso a hablar en tales términos. “El otro lado” es, para él, “ninguna parte”. Lo único que le llevaría a aceptar ese otro lado sería traérselo aquí, a la realidad objetiva que la ciencia administra, y esa es una exigencia imposible de satisfacer, pues si se trata de algo irreductible a la experiencia objetiva, entonces no existe, y si es traducible a ella, entonces no coincide con lo que estamos buscando. ¿Significa eso que conocemos plenamente la realidad? Desde luego que no. Hoy se rechaza, de todas formas, cualquier exploración de lo desconocido que no se haga conforme al método científico. Los intentos de nuestros antepasados por adentrarse como sea en lo ignoto producen en la actualidad un rechazo rotundo. Una cosa es buscar metódicamente el bosón de Dios y otra hablar de la otra cara del tiempo, del otro lado del espejo o de los umbrales de la percepción. Religión y arte explotaron durante siglos la óptica trascendente, pero, salvo como documento o adorno, sus resultados nos parecen hoy un desvarío. Un rápido recuento de todo lo que se situaba allí, fuera del alcance de la lógica, confirmaría esa impresión de que nuestros antepasados padecieron un incurable ofuscamiento. Para mucha gente es una suerte haberse librado de todo aquello. Dios, por ejemplo, no es ya visto siquiera como una posibilidad, sino como algo superfluo. “Olvídate de Dios y vivirás mejor”, dicen los miembros de las cofradías ateas.
Más que ningún otro arte, la música tiene el extraño poder de trasladarnos a ese otro lado donde impera el misterio. No toda música, por supuesto, ni tampoco a todo aquel que la oye, pues para volar hay que levantar los pies del suelo y es esto lo que la actitud ilustrada (en esto similar a la barbarie) no nos deja hacer. Hoy se pretende que el libro, el cuadro, la obra musical produzcan un efecto estimulante o narcótico, pero no una comprensión más profunda, una mayor lucidez, fenómenos que implican un distanciamiento de la realidad y, por tanto, el salto al otro lado. La música de Bach, impregnada de religiosidad, posee esta virtud. Cuando la escuchamos sentimos la necesidad de cerrar los ojos. Es como si el mundo se quedara corto y su caleidoscópica riqueza no fuera suficiente para acoger lo que trata de decir. A diferencia del futbol, que obliga a mirar al suelo, ella impone levantar la vista. Su esfuerzo por transmitirnos el arcano que llega del otro lado nos eleva por encima del muro de las convenciones y aunque al final no veamos nada, nada reconocible por nuestros ojos, esa nada se vuelve, si estamos a la altura, más significativa que cualquier realidad mensurable.
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