Opinión

Eins, zwei, drei…

Pepa Echanove | Sábado 07 de abril de 2012
Acaban de llegar y se les nota. Primera compra en el supermercado del barrio, calculadora en mano. Todavía no dominan el cambio franco suizo-euro y todo les parece demasiado caro. Se llevan un susto al comprobar que el precio de la carne y del pescado es por cien gramos, no por kilo. Los higos o los aguacates, por unidad. Barra de pan (2,50 chf), seis huevos (3,30 chf), litro de leche fresca (1,70 chf), cuatro yogures (2,80 chf), un kilo de manzanas (2,90 chf), una lechuga (1,80 chf). Enseguida el carrito se llena de productos de ‘marca blanca’. No se admiten caprichos. Aceite, jamón y mazapanes de El Soto ya les traerá algún pariente. Este primer choque con el coste de la vida les ha dado dolor de cabeza. A la salida hay una farmacia. Último apunte de hoy: caja de diez aspirinas (9,30 chf). Casi un euro por migraña. Las bolsas pesan bastante, pero cualquiera se sube al tranvía. Colarse tampoco es una opción: los inspectores van de paisano y en cuadrilla y uno queda fichado de por vida. Ir andando nunca fue tan saludable. Lo mismo da Zúrich que Berna, Ginebra o Basilea. Apenas hay variación en los precios, porque la uniformidad es el principal vicio (y virtud también) de la sociedad helvética.

No todos los ‘españoles por el mundo’ viven en lofts de 200 metros cuadrados, ni tienen barcos, ni chalet de montaña. Tampoco van a restaurantes ni a ver espectáculos. Muchos no tienen coche, porque tampoco podrían pagar el seguro o el parking. La gran mayoría de los 90.000 miembros de la colonia española en Suiza no trabaja como altos ejecutivos en las multinacionales ni en los bancos. Durante el 2011 el número de titulados que salieron al extranjero aumentó en un 22%. Los programas de televisión que muestran cómo viven algunos andaluces, madrileños, canarios o gallegos en el extranjero algo de influencia han tenido en la ‘fuga de cerebros’, crisis y números rojos del paro aparte. Durante los años 50 y 60, ordas de italianos, portugueses y españoles trabajaron en la industria Suiza contribuyendo al desarrollo de este país tal y como lo conocemos hoy.

El contexto actual, sin embargo, no es el mismo. El reponsable de la agencia de recursos humanos ‘Manpower’ en el cantón de Neuchâtel y extremeño de origen Antonio Vega, declaraba hace poco a la cadena Swissinfo que dos son los principales obstáculos para los nuevos emigrantes: el idioma y la sobrecualificación. Aunque también llegan muchos trabajadores del sector de la construcción, los diplomados no parece que lo vayan a tener en absoluto fácil. “Muchos se lanzan a la aventura, y si hay un país no apto para aventuras este es Suiza. Algunos vienen con mil euros, duermen en el coche o en la calle y cuando se les acaba el dinero… no tienen más remedio que regresar”, explicaba.

El último informe de competitividad del Fórum de Davos situaba a la cabeza del ranking mundial Suiza, Singapur y Suecia (las tres con S, como ‘seriedad’). Para que los jóvenes españoles puedan ocupar con éxito el mercado laboral internacional convendría prepararles de antemano al proceso de búsqueda de empleo en el extranjero. En esto las oficinas comerciales, los consulados, ministerios y embajadas pueden tener un papel relevante, si hay voluntad. Cada economía, cada país, tiene sus necesidades, sus sectores punteros, sus reglas de funcionamiento, su coste de la vida, su(s)idioma(s), sus valores sociales, sus usos. Todavía hay lugares que representan El Dorado, seguramente, pero el aforo es limitado. En ellos no se admiten improvisaciones ni chapuzas, como tampoco amiguetes ni enchufes. Ni siquiera dominar el inglés en el corazón de la vieja Europa más proteccionista es suficiente para conseguir un empleo. Lección número uno: “eins, zwei, drei…”

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