Domingo 08 de abril de 2012
Las pagamos con nuestros impuestos. De hecho, no existe tal cosa como algo gratuito. Podemos debatir cómo se pagan determinados servicios y cuánto cuestan pero la gratuidad no es una opción. Siempre hay que pagar. El gratis total no existe. De hecho, es una patraña que contribuye a socavar los fundamentos económicos de nuestro sistema público de sanidad y educación: porque, para que estos se mantengan y perpetúen, nuestras cuentas públicas deben de ser equilibradas. Si gastamos más de lo que ingresamos, pondremos en riesgo nuestro sistema de servicios públicos. Y eso es precisamente lo que nos ha ocurrido en estos últimos ocho años. Ahora toca ver la forma de mantener estos servicios y en qué medida podemos hacerlo. A los efectos, habrá que afrontar la realidad porque rebelarse contra los números no evita el desastre. Lo acelera.
En este sentido, y como era de esperar, las declaraciones en las que el ministro Luis de Guindos anunciaba que las próximas reformas serían en materia de sanidad y educación han enervado a la izquierda. Ayer mismo, Elena Valenciano señalaba que ambas materias suponen dos “líneas rojas” que no permitirían traspasar al Ejecutivo. Lo cierto y verdad es que aún no se sabe con exactitud si habrá recortes drásticos en los ámbitos educativo y sanitario o, como decía Luis de Guindos, lo que se producirá será una racionalización en los criterios de gasto de las comunidades autónomas; algo, por lo demás, tan deseable como necesario.
El ruinoso estado en que los gobiernos del seño Zapatero dejaron a la economía española hace que ahora tengamos que hacer una serie de esfuerzos que implican forzosamente una reducción de determinadas partidas. El Gobierno hará lo que pueda, con más o menos acierto –y tiempo habrá para criticar sus errores- pero con la prima de riesgo situada en los 400 puntos -fruto entre otras cosas de un déficit heredado mucho mayor del declarado- y toda Europa a la expectativa, urge tomar medidas; esas que antes no se tomaron. Tendremos la educación y la sanidad que podamos permitirnos; ni más ni menos. Y si no ajustamos nuestras expectativas a la realidad, será la realidad quien nos ajusticie y de manera despiadada. Es labor del Ejecutivo articular nuestros limitados recursos de la forma menos mala posible, pero también -y casi igual de importante- no hacerlo por encima de nuestras posibilidades. Los límites no los pone este u otro gobierno, sino la realidad del lastre del tremendo déficit -8,5 frente al 6 anunciado por el anterior ejecutivo socialista- que impide gastar lo que no se tiene, que es lo que se había venido haciendo en estos años pasados con las consecuencias que están a la vista.
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