Alicia Huerta | Miércoles 11 de abril de 2012
Siempre se ha dicho que para recorrer el camino que separa el amor del odio sólo hay que dar un paso muy pequeño. Consciente de que mi perímetro afectivo se circunscribe al utópico País de las Maravillas, sigo pensando, sin embargo, que no hay mayor prueba de amor que dejar marchar al otro. Así, sin más. Con todas las consecuencias y en cualquier circunstancia. El otro ha decidido marcharse – por aburrimiento, desamor o puede que a causa de un nuevo enamoramiento – y no concibo una demostración más auténtica de amor que asistir con respeto a la despedida. Respeto al otro y, por supuesto, a uno mismo.
Hace muchos años, alguien me dijo que mi principal problema - como mujer, añadió – consistía en una evidente carencia de malicia. Puede ser. También hace bastante tiempo que decidí no gastar energías en quitarle a nadie la razón, porque si hay algo que te enseña bien el ejercicio de la abogacía es que cualquiera de las partes cuenta siempre con argumentos para defender su posición y que pocas cosas en la vida se revisten de un carácter absoluto. En todo caso, la malicia, equiparada a una hermana menor y más naif que la maldad, poco o nada debería de tener que ver con el amor. Al menos, con el amor entendido sin las devaluaciones a las que cualquier capital se ve sometido hoy en día. De hecho, cuántas veces se escucha hablar de relaciones sentimentales en las que el amor no aparece por ningún sitio. ¿De qué sentimiento están hablando entonces? ¿Posesión, orgullo, obsesión? A veces, da la impresión de que se trata sólo de ese otro sentimiento tan humano de no saber perder y no me refiero, claro, a pérdida en el sentido de ausencia del ser amado, sino de la pérdida de quien vive la existencia como una constante competición.
Matthieu Ricard, considerado el hombre más feliz del mundo según un estudio del laboratorio de Neurociencia Afectiva de la universidad de Wisconsin, aseguraba estos días en el II Congreso Internacional sobre la Felicidad celebrado en Madrid que la receta para la felicidad pasa por entrenar la mente hacia el amor altruista. Teniendo en cuenta que este doctor en genética celular del Instituto Pasteur lo dejó todo hace casi 30 años para hacerse monje budista en el remoto Himalaya, la duda que me asalta es la de si no es posible aspirar a la felicidad cuando uno se encuentra inmerso en plena sociedad, expuesto sin remedio a los factores afectoambientales. Porque Sor Lucía Caram, otra invitada especial al citado congreso, coincide en el diagnóstico de que para ser feliz hay que amar la vida y compartirla cada día, definiéndose a sí misma como “expropiada para la vida pública”, y resulta que ella también vive en clausura.
Por eso, ¿será que primero hay que vivir en aislamiento para encontrar el camino? Me gustaría creer que no, que uno puede llegar a ser feliz aunque tenga que enfrentarse a desafíos tan devaluados hoy en día como el de pasar por una ruptura amorosa sin caer en la tentación del castigo indiscriminado al otro, una represalia que, a veces, afecta incluso a los que rodean a la pareja. Y a los que menos culpa tienen y se encuentran más indefensos, es decir, a los hijos. Casos extremos hay, como el de José Bretón, quien asegura amar profundamente a su esposa mientras ella llora desesperada la peor, esta sí, de las pérdidas posibles. Pero no es amor lo que él clama, es psicopatía. Porque es desde la malicia a la maldad y desde la maldad a la patología, donde puede que haga falta sólo un pequeño paso para llegar al final, al peor de los finales, que, desde luego, nunca trae felicidad ni siquiera a quien lo da. Mejor, me quedo sin malicia que me retuerza los colmillos y, de paso, pido disculpas a los lectores por dedicar tan frívolamente estas 678 palabras al amor, cuando hay tantos frentes abiertos en todas las demás facetas de la vida.
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