Javier Cámara | Jueves 12 de abril de 2012
No creo ser muy original si a estas alturas de la película digo que los españoles hemos vivido mucho tiempo muy por encima de nuestras posibilidades. Aquí en España hemos estado encantados con nuestro nunca suficientemente ensalzado Estado de Bienestar. Estábamos tan sobrados de todo que nos hemos permitido el lujo, aunque muchos lo llamen derecho, de dar y regalar todo tipo de subvenciones y aguinaldos. Por repartir, hemos sido magnánimos hasta con proyectos tan peregrinos –recordarán– como la "la mejora de la producción agrícola de las regiones de Cacheu, Bissorã y Carantaba, mediante resolución de conflictos con los hipopótamos, en Guinea-Bissau".
Cierto que esta dádiva queda en anécdota cuando hablamos de lo que realmente esquilma las arcas del Estado: nuestro sistema sanitario, sin duda, uno de los mejores del mundo. No puedo estar más de acuerdo con el artículo que este jueves firmaba Isabel San Sebastián en ABC cuando afirmaba que "la sanidad pública no puede ser universal y gratuita para quienes nunca han cotizado al sistema o lo han hecho únicamente por espacio de algunos meses. Es insostenible que todos los extranjeros que ponen pie en nuestro suelo tengan inmediatamente acceso a toda clase de tratamientos por caros y complejos que resulten".
Lo que no tengo muy claro es si sólo con este aspecto se solucionaría el grave problema de financiación que tiene la sanidad. Entiendo que es difícil abandonar un sistema sanitario que te lo regala todo, que no cobra por nada, pero es, precisamente por eso, que hacemos un mal uso abusando de los servicios y menospreciando su calidad. La actitud egoísta también de una mayoría de españoles, sumada a la desmedida generosidad de unos administradores políticos que no tienen escrúpulos en romper la hucha porque "el dinero público no es de nadie", nos ha llevado a una situación insostenible con un modelo en estado de shock.
Del "todo gratis" España ha pasado casi sin tiempo para pensarlo al "todocuesta". Por poner dos ejemplo: cortan las descargas ilimitadas en Internet de archivos con derechos de autor y el personal deja de consumir cine y música. No hay problema, la industria buscará la forma de hacer viable su negocio. "Quitan" el fútbol en abierto en televisión y dejamos de verlo. No se preocupen, ya se encargarán las grandes cadenas de rentabilizar su inversión. Sin embargo, ¿quién está velando por que algo tan valioso y tan caro como es nuestro Sistema Nacional de Salud sea viable y rentable?
Hay que entender –que no significa tener que aprobar– todas las medidas que se están proponiendo, y algunas ya aplicando, para frenar un gasto farmacéutico "disparado" y para que el agujero de más de 16.000 millones de deuda no termine de colapsar nuestro "querido" sistema sanitario. No parece mal trabajar para regularizar la cosa económica en la administración sanitaria, para solucionar la falta de equidad y que todos tengamos acceso a los mismos servicios, para evitar el "turismo sanitario" y para que los criterios de calidad, eficacia y eficiencia sean una máxima.
A pesar de este loable objetivo, la ministra Mato debería poner un poco de orden en todas las propuestas que día tras día no hacen sino confundir al ciudadano. La falta de claridad sobre el copago sanitario, el copago según renta, los medicamentos en función de los ingresos, la privatización de la gestión hospitalaria o el euro por receta desconcierta a los usuarios de una sanidad que no saben cómo será dentro de no mucho tiempo.
Y digo yo: ¿Se pensarán seriamente la posibilidad de volver a centralizar la sanidad en España? ¿Tan difícil resultaría quitar las competencias en este campo a las comunidades? ¿Hablamos de objeciones técnicas o solamente políticas?
La ministra ha señalado que "con este Gobierno, el Estado del Bienestar no sólo no va a retroceder, sino que se va a consolidar". Lo que todavía no ha dicho es si habrá que pagar para mantenerlo. ¿Qué se apuestan a que nos rascaremos el bolsillo?
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