Opinión

Seguimos en el aeropuerto

Enrique Arnaldo | Jueves 12 de abril de 2012
El panel parpadeante del aeropuerto nos ha indicado la puerta. A ella nos dirigimos prestos con nuestra maleta de ruedas, de medidas reglamentarias pero que hace un ruido inaguantable cuando pasa por cualquier suelo con la mínima rugosidad. De repente oímos por megafonía “Atención, atención! rogamos a nuestro pasajeros comprueben que no se haya producido el cambio de puerta. Disculpen las molestias” (y luego lo mismo, pero en inglés). Pues efectivamente, nos topamos con otro monitor a colores y nos escupe que nuestro vuelo ha mutado su puerta de embarque. Y no precisamente a la de al lado sino a la que se encuentra en la otra punta.

Menos mal que estoy entrenado, pues sólo tardo dieciocho minutos en plantarme en la E-247. A medida que me voy acercando se me transfigura la cara en “angustiado congénito” ante el temor de un nuevo cambio. Parece que no; al menos figura mi destino en la pantalla.

Se ha formado una cola de unas trescientas veinte personas, unas de ellas (de ambos sexos) con chancletas de colores, otras con pantalones cortos (y unos cinco o seis tatuajes de media en cada pierna) y algunas con camisetas de tirantes. Creo haberme equivocado. Estamos en diciembre y nos dirigimos a Berlín. Me acerco a un tipo, que va vestido más o menos como yo, y me garantiza que es la fila correcta, y me sumo a ella aunque con algún resto de incredulidad (pero miro, de reojillo, a una teutona que saca de un bolsón, en el que puede caber una fotocopiadora, su tarjeta de embarque y leo “Berlín. Respiro).

El embarque está previsto para dentro de treinta minutos, pero no me atrevo a moverme pues si entro muy al final me tendré que tragar la maleta con ruedas pues el portaequipajes estará hasta la bandera. Pasan diez minutos y grupos de niños alienígenas empiezan a corretear y a hacer esquí alpino sobre el mármol; otros a jugar con una pelota de cuero repujado que, sin querer, llega a la nariz de una señora también repujada que se toca el apéndice a dos manos como para comprobar que sigue en su sitio. Las madres de los susodichos, a grito pelado, van acudiendo en su socorro y todas las miradas se vuelcan en el cuchicheo, sobre la educación y estos padres que dejan hacer a sus hijos lo que les viene en gana y que ni siquiera les regañan.

La fila se deshace como un azucarillo pero no me parece bien aprovecharme para avanzar (aunque he de reconocer que lo intento), pero desisto pues me parece que me descubre una suerte de luchador de dos metros 30 habilitado con un bigote de cosaco).

Entonces pasa lo que suele pasar. Quizás como castigo a mi desafortunado pensamiento de colarme. Una azafata situada detrás del mostrador de facturación toma el micrófono a dos manos y se lo pone sobre su boca misma (como si estuviera en el Karaoke). Su discurso empieza fatal pues sus primeras palabras consisten en la petición repetida de disculpas. ¡Mal color toma la cosa! En efecto mis vibraciones se cumplen y enseguida dice la elegante azafata que el tornillo que está en el ala derecha justo encima del rector está suelto y que tienen que sustituirlo, pero que se les ha acabado el stock y deben fabricar uno en acero. La operación es prioritaria y no durará más de hora y media con colocación incluida. Por supuesto, que debemos entender que lo primero es la seguridad de los viajeros y bla, bla, bla, más disculpas. Caras de desconsuelo y algunas de desesperación. Algunos abucheos y dos gritos. A cambio la compañía tiene el gusto de invitar a un refresco tamaño mediano. Enseguida se vuelve a reconstruir la cola para recoger el bono. No incluye ni patatas ni palomitas responde una y otra vez la azafata vestida con la armadura repeleinsultos.

Empiezo a hacer cábalas. Son las 21,45 horas. Si le suma la hora y media de retraso (que ya serán dos), nos plantamos en las 23,45 y a medianoche empieza la huelga de pilotos. Nadie se da cuenta de mi nerviosismo. Están concentrados en su refresco de barril al que han decidido sumar a su costa bocadillos, con loncha de jamón incluida, a dieciocho euros en plan oferta de lanzamiento aeroportuario.

Continuará la tortuosa experiencia.