Cultura

Joaquín Albaicín: “El muletazo que pega el torero es el que pega, sin Photoshop, y eso descuadra mucho”

premio 'literatura y artes escénicas' de la cultura gitana '8 DE ABRIL'

Viernes 13 de abril de 2012
El escritor y crítico flamenco Joaquín Albaicín recibió el pasado domingo el premio ‘Cultura Gitana 8 de Abril’ a la ‘Literatura y Artes Escénicas’, que entrega el Instituto de Cultura Gitana en reconocimiento de los méritos de hombres y mujeres -gitanos y payos- que con su labor social, artística o académica enriquecen la cultura gitana y la cultura española. Albaicín, que ha desarrollado una intensa carrera literaria abordando, entre otros, temas taurinos y del baile flamenco, reconoce en una entrevista con El Imparcial que es de los que piensa que artista se nace. De madre bailaora y padre torero, el escritor asegura estar viviendo un momento difícil para el flamenco, sobre todo por la falta de iniciativa privada. “El panorama escénico que se ‘vende’ es una ocultación de la verdadera realidad del flamenco”, opina. En cuanto al mundo taurino, y con la Feria de Madrid a la vuelta de la esquina, Albaicín resalta la autenticidad del toreo, que carece de guión, “algo muy incómodo para los propagadores de felicidad audiovisual a tutiplén”. Por L. Crespo

¿Qué ha significado para usted recibir este premio?
Pues una gran alegría por lo que conlleva de aprecio por mi persona y mi obra. Además, es uno de esos premios que te conceden porque te lo conceden, no tienes que presentarte. Ese es el principal requisito en que yo suelo fallar, el de la presentación. Sólo muy recientemente he probado suerte en algún certamen literario, porque siempre he tenido inclinación a rehuir cuanto tenga que ver con la competición. Así que a ver si ahora, que he cambiado de parecer, me dan algún premio más y refresco un poco el cartel.

Es la quinta edición de estos Premios Cultura Gitana 8 de abril. ¿Por qué es importante reconocer la labor de personas que, como en su caso, enriquecen la cultura gitana y la cultura española?
Evidentemente, los gitanos existimos: cantamos, escribimos, toreamos, pintamos, bailamos… Es lógico que haya jurados que presten especial atención al estado de salud de nuestra cultura, como otros se la dedican al de otras comunidades.

¿Sigue estigmatizada la comunidad gitana?
Yo diría que sí. Pero vamos, la vida está llena de dobles raseros. Tenemos un rasero para medir a la familia y los amigos, y otro para medir a los extraños. Tenemos un rasero para tolerar y aguantar a quien nos da de comer, y otro para despachar a quien nos importa un comino. Y en Occidente impera, además, ese rasero llamado “pensamiento único”, del que somos víctimas propiciatorias, sobre todo, cuantos respiramos en función de referencias culturales de raíz oriental.

¿Cómo se puede contribuir a mejorar la situación a través de la Literatura y las Artes Escénicas?
Pues no lo sé. El arte es un reflejo de ciertos estados psíquicos o anímicos. ¿Pueden sus efectos ir más allá? Lo dudo. Los gitanos llevamos siglos en el mundo del arte, recibiendo aplausos y parabienes, y eso no ha impedido que, periódicamente, seamos pasto de escabechinas gratuitas.

El Guernica recoge la actitud de su autor ante la crueldad de la guerra aérea, pero las alabanzas universales al Guernica no han detenido los bombardeos. A los mismos que admiran a Picasso, no les supone ningún problema moral arrojar diez toneladas de bombas sobre cualquier sitio razonablemente alejado de su casa. El mismo individuo a quien le gusta mucho cómo escribes puede, perfectamente, pegarte cuatro tiros sin pestañear, y a lo mejor precisamente por eso, porque le gusta demasiado cómo escribes.

Con mi obra literaria no persigo otro fin que emocionar a quien me lea. Es decir, los propósitos de mi obra son de índole artística, no social. A lo mejor es cortedad de miras o falta de ambición, ¿quién sabe?

¿Es diferente la percepción o vivencia del arte en la cultura gitana?
No puedo colocarme en la perspectiva psíquica de otros. Tampoco soy quién para hablar en nombre de todos los gitanos del mundo. Sí me parece percibir que, en las sociedades occidentales, tiende a imponerse la creencia de que cualquiera puede ser artista, de que el talento artístico es algo que se adquiere, una cuestión de tiempo y ganas. No sé si todos los gitanos, pero en mi familia, la familia de mi mujer y otras familias gitanas con las que sostengo estrecha relación, siempre hemos considerado que se nace con él.


Joaquín Albaicín, junto al torero Curro Romero, galardonado en los premios de Instituto de Cultura Gitana por su trayectoria. Foto: David Cordero.

Procede de una familia de gitanos artistas. De madre bailaora y padre torero, usted se enamoró del mundo de las letras… ¿Cómo fue este proceso?
Fui un lector precocísimo y voracísimo, y ese es el claro arranque de mi dedicación a la literatura. Obviamente, las circunstancias influyen. Si mi abuelo, que también fue matador de toros, no hubiese muerto siendo yo niño o mis padres no se hubieran separado teniendo yo siete años, deteniéndose así mi relación con mi padre, pues a lo mejor hubiera canalizado por otra vía mi inquietud artística, a lo mejor habría sido torero. Pero yo me crié con mi madre y mi abuela, y está claro que tu madre y tu abuela no van a llevarte a que te pongas delante de una vaca en un tentadero, te llevan al zoo o a merendar tortitas... De cualquier modo, yo creo que esas son cosas del destino. No me cuento entre quienes creen que uno escoge ser escritor o cantaor o médico, como podría haber tirado por otro camino. Creo que es la literatura o el toreo o el cante o la medicina… quien te elige a ti.

¿Cuáles han sido sus influencias literarias?
Muchas, y creo que casi todas inconscientes, como en el caso de cualquiera que haya leído mucho. Algunos han señalado el ascendiente, en mi estilo como narrador, de los escritores modernistas: Valle-Inclán, Ramón Gómez de la Serna… O de epígonos suyos como Foxá. Y no deben de andar errados, porque es cierto que los leí mucho en mi adolescencia.Si hablamos del campo del ensayo, creo innegable mi afinidad de pensamiento con los llamados perennialistas: A. K. Coomaraswamy, René Guénon, Elémire Zolla, Martin Lings…

El protagonismo del mundo del toreo y el flamenco en su literatura parece más o menos explicable pero, ¿y su atracción por la historia de los grandes imperios y sus tradiciones espirituales, sobre lo que ha escrito con frecuencia? ¿De dónde procede?
Del hecho de que en toda la tradición y la cultura gitana subyace, por un lado, el concepto de peregrinación, el entendimiento de la vida como un viaje y, por otro, un fuerte sentimiento de lealtad a los antepasados. Y esa es la enseñanza de todas las grandes tradiciones espirituales: la de que en este mundo estamos de paso, con el único objeto de no dejarnos engañar por las trampas del camino y salir vencedores en la batalla por la salvación del alma. Me parece que ningún hombre en su sano juicio desoiría esa enseñanza ni las fuentes donde se puede ahondar en ella.

Por otra parte, mi admiración por las figuras de Alejandro Magno y Gengis Khan y mi aversión hacia la expansión colonialista iniciada en el siglo XV despertaron mi interés por la geopolítica, que se amalgama con otra pasión mía: las profecías bíblicas, hindúes, budistas y demás sobre la decadencia y caída de los imperios. Como ves, tengo para entretenerme.

Creo que tiene más de un proyecto literario entre manos: una novela, un par de ensayos…
Más que proyectos, realidades: una novela y tres ensayos inéditos. Uno de ellos versa sobre el Reino del Preste Juan. Otro es un ensayo sobre la campaña en Mongolia del Barón Ungern-Sternberg, último oficial del Zar que se mantuvo en armas contra los bolcheviques. Y, finalmente, está la obra a la que he dedicado tantos años, mi ensayo sobre el misterio de la Gran Duquesa Anastasia. Modestia aparte, creo que es la investigación más a fondo que se ha llevado a cabo sobre este enigma que apasionó al mundo durante décadas, y aporto en ella muchas informaciones inéditas. Estoy francamente contento del resultado. Por desgracia, no escribo en inglés con la misma calidad que en español. De ser así, el libro habría sido ya publicado y, seguramente, habría solucionado mis problemas económicos para unos pocos años. Pero no desespero. Confío en publicarlo antes de cumplir los noventa.

Lo cierto es que, en forma de literatura, pero su carrera profesional se desarrolla de forma indisociable del cante, el baile, de la tauromaquia… En múltiples ocasiones se ha dicho que la repercusión de sus críticas de flamenco ha revitalizado el género. ¿Usted qué opina?
En efecto, durante unos años fui, quizá, el cronista de flamenco más leído del país, pues escribía para un medio de gran repercusión. Fue Luis María Anson quien en aquella época apostó por mí. Si he podido contribuir en algo a la revalorización del flamenco y a dinamizar la carrera de artistas de calidad, me doy por satisfecho.

¿Cómo valora el panorama actual del cante y el baile flamenco?
Mira, la mayoría de los verdaderos flamencos, salvo cuatro que están teniendo suerte, están en su casa. No actúan. Siendo el flamenco un arte fundamentalmente gitano, aunque pueda ser cultivado por otros, ¿no te llama la atención que leas el programa de un festival flamenco y haya sólo dos gitanos anunciados por cada catorce payos, sin hablar de que, entre esos catorce payos, doce son absolutos desconocidos para el aficionado? A mí me gustaría que me explicaran la razón, porque, cuando voy a un festival de “blues”, no me encuentro con quince blancos y un negro. Un poco raro, ¿no?

Así que hay grandes artistas en la guitarra, el cante y el baile, pero diría que el panorama escénico que se “vende” es, en gran medida, una falsa representación, una ocultación de la verdadera realidad del flamenco. Y no tiene que ver sólo con el racismo. Me explico. En las décadas de los 60 y 70, cuando yo era niño y las figuras del baile eran María Albaicín, El Güito, Manuela Vargas, Mario Maya, La Chunga, La Chana… Cuando en el cante reinaba Caracol… Existía la figura del manager. El manager era un señor que creía en el artista, apostaba por él, luchaba por él y se jugaba por él su propio dinero. Hoy, la iniciativa privada ha desaparecido en el mundo del espectáculo flamenco. Todo se monta con dinero público. Quien decide si fulanito canta o no canta es un funcionario, un concejal, un consejero, un asesor… que ocupan ese puesto porque militan a un partido o han trabajado en no sé que ONG. Y claro, entre cuidar a perritos maltratados y montar una programación flamenca, media un abismo. Los hoy llamados representantes artísticos, funcionan a todos los efectos como apéndices de esos funcionarios, preocupados por ganar ellos tanto o más dinero que el artista, cuando debería ser al revés…

Mientras la situación no cambie, mientras no vuelva a cobrar protagonismo la iniciativa privada, mientras no retorne la figura del manager clásico o los propios artistas se arriesguen a hacerse empresa, no creo que el panorama pueda variar. En el ochenta por ciento de los casos, se seguirá presentando como “flamencos” a personas que, en puridad, son más bien obreros del cante, el baile o el toque, gente sin pedigrí, trayectoria ni calidad flamencas, pero dóciles y útiles a cierto discurso pueblerino.

Ojo, no se me entienda mal ni se pretenda decir ahora que es que yo quiero que quienes no sean gitanos no canten. A mí me gustan artistas de todos los colores y cantares y a lo mejor voy antes a un concierto de jazz que a uno de flamenco. Pero que no me cuenten milongas. La raíz del flamenco es la que es, guste o no. En la carta de un restaurante vegetariano no puede haber un noventa por ciento de platos de carne y, si lo hay, pocos vegetarianos se harán clientes habituales.

En los últimos años se han dado diversas versiones del género flamenco que se han puesto muy de moda, mediante su fusión con otros palos como el pop o el, cada vez más frecuente, jazz. Siendo un veterano en el campo, ¿qué le parecen estas combinaciones? ¿Cree que ayudan a ampliar el gusto por el flamenco a más cantidad de público?
Como en todos los géneros, en el flamenco han convido siempre la tendencia tradicional y la de vanguardia. En los gustos mayoritarios del público, a veces ha predominado la primera y, a veces, la segunda. No es fácil determinar la cuantía de aficionados de nuevo cuño que, en cada ciclo, habría que agradecer a cada una de ellas.

Sí parece existir una propensión a calificar gratuitamente como “flamenco” casi cualquier cosa. Que me perdonen, pero el hecho de que en el disco de un grupo de pop suene en determinado momento un acorde de una guitarra flamenca no creo que justifique colocar a El Último de la Fila al lado de Las Grecas.

Aquí es que sale un supuesto bailaor en tanga y con un flan de huevo en equilibrio sobre la cabeza y, al día siguiente, lees que es un genio y que ha revolucionado el flamenco. El problema es que el funcionario cultural lee eso y, como de lo que sabe es de ONGs, pues se lo cree y firma treinta galas al del flan y pasean al flan y a él por medio mundo, vendiéndolo como genio del flamenco, en vez de cómo genio de la repostería o del equilibrismo. Así está la cosa.


Albaicín, en la Feria de Mérida. Foto: Jesús Salinas.

Cambiando de tercio hacia otro de sus campos temáticos preferidos, ¿cómo ve el panorama taurino actual? ¿Cree que tenemos cada vez menos ‘figuras’, de las que quedan en las páginas de la Historia, en general, no sólo de la tauromaquia?
De toreros, no me parece que andemos escasos… El Juli es una figura de época. Y ahí están Manzanares, El Cid, Curro Díaz, Castella, Morante, Talavante, Cayetano… Y hacia la mitad del escalafón batallan toreros tan interesantes como Oliva Soto, David Mora, Fandiño, Rubén Sanz, Leandro, Uceda, Rafaelillo… Y el aire fresco que traen los mexicanos. Lo que pasa es que el acontecimiento que antaño suponía una salida a hombros en Madrid, ahora queda un poco más diluido, porque los toros están prácticamente vetados en muchas cadenas de televisión.

¿Crees que la sociedad ha perdido interés por los toros con los años, con las nuevas generaciones?
Seguramente, aparte de por ese acoso mediático que sufre la Fiesta, porque los toros son verdad, ahí no hay trampa. Date cuenta de que ahora la gente no va a la guerra, gana la guerra viéndola por la tele. La gente se enamora de una foto en el Facebook y hasta se confiesa por Internet, sin ver al cura. Lo que prima ahora es la videoconsola, en la que el urbanita puede ser el Capitán Trueno sin moverse del sofá. El muletazo que pega el torero es el que pega, sin Photoshop. Y eso descuadra mucho. Además, en los toros no hay guión posible, algo muy incómodo para los propagadores de felicidad audiovisual a tutiplén. Se puede programar de antemano el resultado de un partido de fútbol o de una velada de boxeo, pero nunca una faena, porque ahí está el toro, que no habla español. El torero ha sido siempre un triunfador incómodo para el público y para el poder, porque el triunfo no se lo otorgan ni uno ni otro, sino el toro. Y la diosa Fortuna, claro.

La Feria de San Isidro está a la vuelta de la esquina y, tras la presentación del cartel, hay quien ha echado en falta algunos nombres. ¿Cree que este año se nota más la crisis en este aspecto? ¿Diría que es un cartel ‘flojo’?

No hay año en que no nos pongamos todos a echar tierra sobre los carteles de Madrid. Y no hay año, tampoco, en que en San Isidro no se destape y salga lanzado algún torero por el que nadie apostábamos… En este San Isidro, creo que hay muy pocas ausencias. No viene José Tomás, pero no vino el año pasado, ni el anterior, ni el otro… Van pasando los años y lo de la ausencia de José Tomás pues ya parece casi que hablamos de que no viene Chicuelo o no viene Arruza, ya empieza uno a dudar de si hablamos de un torero de la actualidad. Y que me perdone el torero la ironía, por supuesto que tiene toda mi admiración y cada cual es libre de llevar su carrera como crea mejor.

Yo me muevo por el tendido, no en los despachos, así que desconozco la razón de que El Juli, por ejemplo, no esté en los carteles, y creo que no es asunto mío. Tampoco soy de los que reniegan de una feria porque un solo torero que a mí me gusta mucho no esté anunciado. Puedo sentirlo, pero voy a la plaza siempre con los ojos bien abiertos y confiando en que se produzca el milagro. Hombre, a veces sabes que es imposible. Pero como en todo. Se diga lo que se diga, no es factible confeccionar treinta carteles redondos y a gusto de todo el mundo.

Hagamos una porra: ¿Quién cree que será el gran vencedor de San Isidro y en Sevilla?
Tengo siempre fe en Curro Díaz, pero ha caído herido antes de la feria y ya no sé si podrá actuar. Ojalá que si. Y ojalá esta pueda ser la feria del resurgir de Julio Aparicio, que siempre ha sido uno de mis toreros clave y es uno de los pocos toreros con duende. En cuanto a Sevilla, siempre voy a ver con emoción a Oliva Soto, y El Cid viene muy bien colocado. Pero, como te decía, el toro es el que tiene la última palabra.

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