Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 13 de abril de 2012
El asaeteado torso de San Sebastián, lleno de una entrega cognoscente y un amor clarividente, ha representado para muchos artistas la suprema belleza masculina y marcial como la nostalgia del bien perdido y asesinado, aunque jamás claudicante. Corot, Ticiano, Numa Bocoiran, Mantegna, Daumier, Moreau, El Greco, Overbeck, Pisani, Smargiasi y tantos otros artistas han explorado el significado estético y plástico del San Sebastián asaeteado con un poco de vida. Ante esta belleza no sólo debe inclinarse el mal del mundo, sino incluso el bien. En el culto a San Sebastián es seguro que debe latir el culto a la belleza. Nos conmueve la joven belleza del santo narbonense en su impotencia siempre resistente contra la barbarie de sus conmilitones. San Sebastián es la figura santa del héroe cristiano que herido, agotado y asendereado esconde hasta el último momento al mundo su agotamiento interior, pero con el alma indesmayable. Es el héroe de todos los que sin aliento y sin medios de defensa, a fuerza de exigirse a sí mismos la tenacidad en el bien logran producir, al menos por un momento, la impresión de lo grandioso y de la belleza física y moral sublime.
Yukio Mishima educó su sensibilidad estética y sentimental contemplando cientos de veces de niño la perturbadora belleza del santo soldado asaeteado. Su hiperestesia y su enfermizo morbo por identificar belleza y muerte sólo podían saciarse en la contemplación extática y ultra-erótica de San Sebastián. La propia muerte de Mishima pudo ser un esforzado intento fracasado de remedar la casi muerte del bello cuerpo desnudo de San Sebastián.
Ahora bien, si bien se mira, como San Sebastián todo hombre moral tiene en sí todo el dolor del mundo, entendido como la insoportable responsabilidad de todos los crímenes del mundo. El de los dioclecianos actuales y todos los demás anteriores. Este Apolo cristiano se resistirá siempre a morir ante las saetas, sostenido por su indomable fe, que en él, como soldado, responde a un invencible sentido del deber moral.
Me gusta particularmente el “San Sebastián” de El Greco, el menos vampiresco de sus personajes: sus manos atadas al poste del sacrificio impiden ver esas manos que hace El Greco, en las que el dedo anular se junta al dedo cordial como una siniestra mano de murciélago. Lo demás es puro Greco: cabeza pequeña sobre el alargadísimo cuello elegante de vampiro. Facciones prolongadas. Ojos gozosos divisando el horizonte de la Gloria eterna, tan bien representada en el “San Mauricio”. Mirada y boca incluso placenteras. Sereno e indiferente al doloroso martirio, pertenece por su dulce expresión más a una nueva época que abre “nuestro” Greco que a la clásica, no obstante la plenitud de formas juveniles que conserva de su hermoso desnudo, transformadas en delicuescente espiritualidad.
Hoy, gracias a las pavorosamente lúcidas declaraciones del eximio Secretario de Estado de Administraciones Públicas, Antonio Beteta, sin duda nuevo mecenas o patrocinador de la pintura religiosa española, los funcionarios de este país somos los nuevos sansebastianes del esplendente arte postmoderno. El Sr. Beteta, en vez de animar a sus nutridas huestes a trabajar más y ser más eficientes, les deja al pairo ante la furia procelosa de la turba en crisis, ante las patas de los caballos más bárbaros, cutres y aplebeyados, invitándolos a lanzar la viejísimas y resabidas flechas que siempre los españoles más ignaros han forjado contra las Administraciones Públicas ( ¡el cafelito y el periódico! ). Quizás el Sr. Beteta pueda con ello inspirar el magín de los nuevos tizianos de la pintura. Al menos el San Sebastián de Tiziano tiene un angelito a sus pies que lo consuela. Si el Sr. Beteta deviniese de la tradición liberal española, hoy debería hacer el papel de ese angelito. Pero prefiere el papel fácil de diablillo. España sigue siendo simple y chata, como La Chata – al menos la Infanta era un bellezón -.