Los Lunes de El Imparcial

Geoffrey Parker y Colin Martin: La Gran Armada

CRÍTICA

Domingo 15 de abril de 2012
Geoffrey Parker y Colin Martin: La Gran Armada. La mayor flota jamás vista desde la creación del mundo. Traducción de Julio A. Pardos y Carmen Martínez Gimeno. Planeta. Barcelona, 2011. 591 páginas. 25,50 €

La Gran Armada es, a estas alturas, un libro clásico. Un libro que no ha dejado de crecer y pulirse gracias a las aportaciones que la combinación de la Historia de la época moderna y la arqueología submarina nos procuran. Hace más de un cuarto de siglo que la cooperación entre estas dos ramas del saber, personificadas respectivamente en Geoffrey Parker y Colin Martin, dio lugar a una obra que abordaba el mito, el de esa empresa marítima que, animada por Felipe II y tras combatir en el Canal de la Mancha, iba a acabar naufragando, tras tomar el camino del Mar del Norte, frente a las costas de Irlanda. Algunas naves regresaron, derrotadas. Martin y Parker se acercaron al mito no para cultivarlo sino, tarea que es la que corresponde siempre hacer en este oficio, para convertirlo en Historia. El empeño no era menor dado que el de la Gran Armada forma parte de la larga nómina de acontecimientos a los que los propios contemporáneos se encargaron de darle aires de leyenda. Cuando las leyendas se instalan como relatos canónicos adquieren una capacidad increíble de sobrevivir al dato riguroso, al análisis preciso. Parece que han quedado tocadas en su línea de flotación, que dejarán de formar parte del sentido común, del hábito colectivo. En cualquier caso, no será por el esfuerzo de esos magníficos historiadores que esta leyenda siga viva. Los nuevos saberes que se han acumulado en esos años, desde la primera de las ediciones, se han incorporado a la más nueva y muy cuidada de Planeta.

En línea con lo que son las maneras de hacer de una cierta historiografía anglosajona, el volumen se caracteriza por una gran claridad, por una estructura analítica ejemplar y por una destacada vitalidad narrativa. El lector no puede tener quejas. El libro no solo procede a un estudio pormenorizado del contexto, los actores, las pasiones del momento, los hechos, los resultados... sino que, además, se lee bien, muy bien. Apasiona. Por momentos llega uno a sentirse navegando junto a ese gran marinero que fue el bilbaíno Juan Martínez de Recalde, el que fue a morir, tras el fracaso, en La Coruña, o escondiéndose, como el capitán Cuéllar, de los “salvajes y otros enemigos” que pululaban en la playa de Streedagh para dejar en cueros, robar y herir a los náufragos. Escasa épica hay en la enfermedad y el hacinamiento, en el naufragio y en la huida hacia tierras de Escocia, pero la escasa que pueda haber se halla en las páginas del libro.

Quien, por las razones que fuesen, como en el caso de quien firma esta nota, no sea un enamorado de la historia militar, la más científica, la más social de ellas, puede sentirse en algún momento desbordado por la cantidad de matices que le son dados a conocer. Aunque, bien pensado, resultan imprescindibles. Resulta imprescindible, para pasar del mito a la Historia, tener en cuenta que la poderosa flota que Felipe II fue capaz de concentrar en Lisboa contaba con embarcaciones preparadas para otras modalidades de navegación y que tuvieron que adaptarse, en la medida que les fue posible, a las exigencias de un transporte voluminoso de provisiones, tropas y armamento y a la perspectiva de un combate para el que, en la mayoría de los casos, no habían sido concebidas. Resulta básico tener presentes las innovaciones en la táctica naval que tenían lugar en esos tiempos. Resulta del todo punto vital atender a la capacidad de fuego de los dos bandos enfrentados y a las posibilidades que las distintas cubiertas y las diversas cureñas ofrecían para el manejo de la artillería. Resulta fundamental comprender que las estructuras de mando, los hábitos de relación entre mandos, marinería y tropa, eran determinantes, y lo eran del lado inglés por el nivel de claridad, implicación, incluso camaradería que podía llegar a registrarse y que contrastaban con lo que ocurría en la otra nave capitana. Y ello a pesar del talento militar, la creencia febril en un gran designio divino y la disposición de ánimo de don Alonso Pérez de Guzmán, duque de Medina Sidonia, el hombre encargado de tomar el relevo al frente de la empresa cuando ésta ya había sido proyectada por un Álvaro de Bazán que muere, varado como su flota, en la capital atlántica. El hombre que, ya camino de Calais, tendrá que desbrozar unas instrucciones regias en las que se mezclaba el consejo práctico y la teología, el mando que tendrá que enfrentar el desastre. Así como de la energía de Alejandro Farnesio, duque de Parma, el hombre capaz de redactar la carta “quizá la más irrespetuosa y crítica que el rey recibiera de uno de sus subordinados”.

Es imprescindible atender, como lo hacen Martin y Parker a todos estos factores así como a las relaciones diplomáticas de la época; al papel del Imperio, la Corona y el Papado; a las intrigas y maneras de ejercer el poder en Londres o en Madrid; a la centralidad de las cosmogonías religiosas en la definición de las respectivas políticas imperiales; al papel de los servicios de inteligencia respectivos y los sistemas de comunicación de la época. No hay detalles menores. Al fin y al cabo, el revés o el éxito de la empresa puede acabar atribuyéndose a un puñetero retraso en las comunicaciones entre Medina Sidonia y Parma, un retraso que impidió se llevase a cabo el previsto contacto entre la flota y las tropas desplegadas en los Países Bajos españoles que se suponía habían de desembarcar en Inglaterra y llegar a Londres. Así es la Historia.

Estamos, gracias a la pericia de los autores, ante una obra que analiza una empresa fascinante que se mueve a caballo de la prudencia y de la temeridad y que deja un balance demoledor: “solo la mitad de los hombres que lucharon por Inglaterra en 1588 vivieron para celebrar las Navidades siguientes”. Las muertes en combate se vieron sobrepasadas por las producidas por la enfermedad. En los primeros momentos, los heridos o mutilados que llegaban a puerto quedaban a merced de la caridad de sus capitanes o de la población de las localidades en las que desembarcaban. Para los que se enrolaron en la Armada las cosas no fueron mejores. Únicamente la mitad de los que se embarcaron sobrevivieron a aquel prodigioso año. Más allá del balance, no solo el humano, también el político, el diplomático, el económico, en La Gran Armada se exploran algunos contrafactuales. Lo que pudo haber sido y no fue.

Un problema, en absoluto menor, se le plantea, no obstante, al firmante de esta nota. Dado que estamos ante una edición que pone al día un trabajo de décadas; dada, así mismo, la relevancia de la personalidad de Felipe II en toda esta historia, ¿por qué no hacer el esfuerzo de integrar, en la medida de lo posible, las aportaciones biográficas recientes debidas a Henry Kamen y, en particular, a Manuel Fernández Álvarez? Para este interrogante, se lo hago notar, no tengo respuestas.


Por Ángel Duarte