José Manuel Cuenca Toribio | Domingo 15 de abril de 2012
Dos circunstancias episódicas concurrieron en afianzar la versión de la naturaleza del pasado hispano de Menéndez Pelayo. El primer ministro de Educación del franquismo y hacedor del célebre –y excelente- Plan General de 1938 de Educación del madrileño Pedro Sainz Rodríguez (1897-1988) era, como es sabido, un devoto especialista en el autor de los Orígenes de la Novela; al tiempo de poseer sólidos vínculos familiares santanderinos, al igual que ocurriría con el también madrileño D. Gregorio Marañón y Posadillo (1887-1960), rendido admirador de D. Marcelino –quien guiara en muchas ocasiones sus pasos a la escuela infantil- y de su modelo de construcción nacional, al que prestara durante la dictadura la caución de un liberal impoluto, una vez retornado de su exilio en 1942.
Por entonces estaba ya encetado, en un Consejo Superior de Investigaciones Científicas cuyo Patronato recibía su denominación del autor de Horacio en España, la publicación de sus Obras Completas –XX volúmenes-, finalizada en 1947 y amplia y burocráticamente difundida por la inmensa mayoría de los establecimientos públicos docentes e investigadores del país. Casi sin solución de continuidad, la celebración con honores de Estado del centenario del sabio montañés, instrumentalizada a tambor batiente por el régimen, evidenció, a despecho de sus organizadores, la progresiva e irrefrenable osificación de su gigantesca producción, con escaso o muy apagado eco en las nuevas hornadas universitarias.
No sin sorpresa, la Transición y su afianzamiento trajeron consigo un revival de la figura y obra de D. Marcelino. Pese a la intencionada supresión de su segundo apellido por los dirigentes psoístas a la hora de denominar a la Universidad –“La Menéndez”…-puesta desde su fundación en tiempos de la República bajo el nombre de “Universidad Internacional Menéndez y Pelayo”- se diría por dichas calendas que, junto con el de la Guardia Civil, el segundo gran “descubrimiento” de los primates gobernantes había sido el del sabio cántabro… Otro dato anecdótico al igual que en el despegue de la dictadura franquista comportó, sin embargo, gran trascendencia para el consolidamiento de tal situación. Un gurú mayor del régimen felipista, el notable estadístico, lector bulímico e impenitente escritor a la husma de sus raíces ancestrales, el santanderino Joaquín Leguina, visitó y revisitó, con emoción incontenible y admiración incondicional, la figura y estudios de su coterráneo, pregonando a los cuatro vientos la calidad y provecho de su conocimiento. Remaba así en la misma dirección que lo había hecho poco antes un personaje singular como factótum de una de las más importantes editoriales madrileñas, el cura santanderino Jesús Aguirre, que continuaría en el tajo una vez convertido, por vía matrimonial, en el décimo octavo duque de Alba. Al propio tiempo, el diario más importante e influyente del país, propiedad de un montañés a prueba, aportaba todo el peso de su prestigio y ascendiente en “poner valor” parte del mensaje y herencia menéndezpelayianos. Deturpación al revés de la franquista, cuyos efectos reales sólo podrán aquilatarse con alguna precisión en fecha próxima del calendario cuando se conmemore el primer centenario de la muerte de D. Marcelino.
Ya, sin embargo, puede tener lugar una aproximación a un fenómeno curioso en relación con el tema que enhebra los renglones del presente trabajo. En las horas ilusionadamente genesíacas de la recuperación de las libertades, cuando con no menor alborozo se desmantelaba el modelo de sociedad precedente, uno de los maîtres à penser más respetados y seguidos por la opinión conservadora y confesional, D. Julián Marías, estrechó su contacto con la herencia menéndezpelayiana, no excesivamente estimada hasta entonces por su abastada y siempre acuciosa pluma. El vasto caudal de su análisis y saber confluyó en la misma corriente en la que desembocaba coetáneamente el interés por el mismo legado del lado de los círculos progresistas y gubernamentales, con el consiguiente levantamiento del lazareto en que permaneciera por decenios en los medios intelectualmente avanzados y de la hibernación en que estuviese en los tradicionales. Como se ve, al acontecimiento no pudo ser más paradójico y significativo a un tiempo. Por vez primera en 150 años, un autor de ardida militancia confesional y biografía intelectual descollante entraba con cierta facilidad y desahogo en el torrente circulatorio de la cultura más poderosa y decisiva del país. ¿Signo precursor de tiempos menos excluyentes y sectarios? ¿Paso de gigante hacia la almoneda de un prolongado y desapacible ayer? ¿Señal de una reconciliación ya irrenunciable?...
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