Víctor Morales Lezcano | Lunes 16 de abril de 2012
La primavera árabe ha entrado en una fase apasionante. Tanto es así que merece un seguimiento detallado y tan poco estereotipado como sea posible. Al volver a subrayarse el asunto en esta columna de EL IMPARCIAL, se pretende contrarrestar una dicotomía abusiva que Timothy Garton Ash difundió -aunque críticamente- no hace mucho en EL PAÍS: “en Occidente hay dos clichés, dos imágenes opuestas sobre la revolución egipcia, y, más en general, la Primavera árabe. Una es la de las bellas y jóvenes revolucionarias, usuarias de Facebook y Twitter, que explican en perfecto inglés sus inmaculados objetivos laicos y liberales. La otra -puntualiza el conocido historiador británico- es la de los hombres islamistas, morenos y barbudos, que aprovechan un breve instante de semidemocracia para imponer su represión violenta, teocrática y misógina”.
Después de la celebración de las citas electorales que se avecinan en Argelia, Egipto (ambas en mayo) y Libia (junio), podremos ir distinguiendo el perfil político que han adquirido las sociedades norteafricanas a un año y medio vista de los levantamientos populares de 2011.
Egipto se sitúa en el epicentro de esta fase a medida que se avecinan las elecciones presidenciales en un país de herencia “faraónica” donde lo haya. O sea, un país heredero de una tradición autocrática que se arrastra desde Mehemet Alí en la primera mitad del siglo XIX hasta la etapa de Gamal Abdel Nasser (1952-1970).
Ante el efecto social de arrastre islámico en Egipto, que no hace sino aumentar, la “plancha” de candidatos musulmanes no ha hecho sino multiplicarse proporcionalmente. Así ha sido como se planteaba el panorama a la altura de este fin de semana pasado. En el bloque islámico sobresalen Kairat al-Shater, de personalidad islámica moderada, y Hazem Salah Abu Ismail, de inclinación marcadamente salafí. Este pulso interior, dentro de las filas de los dos partidos políticos de filiación abiertamente religiosa, era previsible que se estableciera desde un principio.
Menos sorprendente, si cabe, ha sido la candidatura de Amr Musa, cuya figura no es malquista por los augures liberales de Occidente. Amr Musa fue ministro de Asuntos Exteriores en algún que otro gabinete de Hosni Mubarak, aunque todo apunta a que Musa fue desplazado del entorno presidencial a la Liga Árabe, en calidad de secretario general de esa institución, por motivaciones personalistas. Vuelve, pues, por sus fueros, con la presunta bendición de la Academia Militar de El Cairo y de algunos liberales “tibios”.
Menos previsible era la candidatura de Abdel Moneim Abul Fotuh; aunque se trata también de un vástago de raigambre islamista, Fotuh, sim embargo, ha ido generando una oferta electoral impregnada de “civilismo” comunitario que no suena nada exótico en los oídos de sectores del Islam político aperturista. La “excomunión” practicada con Abul Fotuh desde el seno de los Hermanos Musulmanes, constituye garantía fehaciente de su desobediencia para con el sectarismo musulmán.
La sorpresa cegadora ha sido la presentación de la candidatura de Omar Suleiman, eminencia gris -desde el enclave del servicio de espionaje- de Hosni Mubarak. Es decir, la cuarta candidatura a la presidencia de Egipto -entre las sobresalientes- ha encarnado una opción contrarrevolucionaria que no admite interpretaciones. La condición sine qua non para la admisión, en un principio, de Suleiman en la “plancha” de las presidenciales ha estado pendiente de la obtención de 30.000 firmas de apoyo, ampliamente superada a la postre.
Si hasta el 13 de abril la pentaformación de candidatos a las elecciones presidenciales que tendrán lugar entre los días 23-24 de mayo, estaba perfilada como se acaba de describir líneas arriba, la comisión electoral ha anulado súbitamente tres candidaturas: las de los islamistas Kairat al-Shater y Salah Abu Ismail, de una parte; y de otra, la de Omar Suleiman. Razonamientos y “pruebas” de naturaleza dispar han servido de fundamento legal para descartar la idoneidad de estos tres candidatos. A lo que parece, la decisión se hará firme -o no- el 26 de abril próximo. Previsible es que esta sorpresiva alteración repercuta en la volátil sociedad egipcia, en general, y en ese espacio simbólico de todas las libertades en que se ha convertido la Plaza Tahrir en El Cairo.
Si Túnez prosigue menos aceradamente que Egipto el recorrido de su transición hacia una forma de gobierno más representativa, no puede afirmarse lo mismo de Libia. En Libia, la derrota militar de Gadafi ha supuesto el regreso del país a la etapa histórica, inmediatamente anterior, de un tribalismo acendrado, que los colonos italianos no lograron erradicar durante las campañas militares contra la cofradía senusi establecida en Cirenaica.
La desalentadora situación de la Libia de posguerra, es más detectable en los territorios centro-meridionales del país que en la franja costera. Allí, las fronteras de arena y tierras sedientas del Sahel que atraviesa el noroeste de África, son de hecho un filtro poroso que sirve de coladero a tropas mercenarias y cargamentos de armas. Un probable efecto de la porosidad de esa frontera ha sido la efímera sacudida, tipo golpe de Estado, que ha sufrido Malí recientemente. Se trata, en fin, de poblaciones en las que la infiltración de Al-Qaeda es un hecho consolidado.
Otro país norteafricano que no tardará en enfrentarse al veredicto de las urnas lleva por nombre Argelia. Hay quien opina que tras la fachada imperturbable que lucen diplomáticos y representantes de Argelia, se ocultan las expectativas de un cálculo minucioso en torno al cambio de signo que podrán significar las jornadas electorales del próximo 10 de mayo.
A lo que parece, el fenómeno de acogida popular de los movimientos políticos de signo islamo-moderado en Argelia no hace sino potenciarse con creces día tras día. De ahí que por encima de la plétora de partidos políticos legalizados por el ministerio del Interior en Argel, sobresalga con mucho la sedicente Alianza Verde. Es, ésta, una coalición electoral que integran el Movimiento de la Sociedad para la Paz, el Islah o Partido de las Reformas y Ennahda, que -como su homónimo tunecino- esgrime la buena nueva del resurgimiento del Islam político moderado.
Los síntomas que se advierten en Argelia son alentadores, luego de un decenio catastrófico como fue el de los años 90 del siglo pasado. ¿Habrá sido la era Bouteflika una etapa de convalecencia imperativa para que Argelia inicie, gradualmente, una reconciliación interior?