Opinión

1992-2012: Mis nexos con España

Marcos Marín Amezcua | Lunes 16 de abril de 2012
Del Quinto Centenario del Encuentro de Dos Mundos al Bicentenario de “La Pepa”, suman ya dos décadas. Cuando el 17 de abril de 1992, en Barajas descendí del avión que me condujo por primera vez a Europa y a Madrid desde Ciudad de México, para coger allí horas después el que me llevaría camino de la Exposición Universal de Sevilla’92, no vislumbraba que sería el inicio de una larga, fructífera y entrañable relación con un país estupendo como lo es España. ¡Claro! el mundo no se mira igual a los 20 que a los 40. No quiero caer en espacios comunes, mas permítame ser agradecido y decirle porqué lo soy.

Lejos estaba de imaginar a mis veinte años, que aquel cruce del Atlántico representaría el comienzo de profundos vínculos que me han conducido en cuatro lustros, de viajero a pasear por las calles de la vieja España (¿han notado qué es un país antiguo?), a vivir en Huelva y su entorno, a estudiar en dos de sus instituciones educativas, a participar constantemente en el foro del Instituto Cervantes o a colaborar para la Fundación Ortega y Maranón –de las principales de Europa– sin omitir que tendría la inconmensurable oportunidad de escribir para un diario español, este, El Imparcial, que se lee en ambos hemisferios y que es una poderosa oportunidad –que mucho aquilato y valoro– para contar desde ultramar y en un viaje de tornavuelta, lo que bien ha de saberse en ambas orillas del proceloso océano, con un pertinaz enfoque hispanoamericano, contribuyendo a ampliar nuestra visión de las cosas.

Y ya suman veinte espléndidos años de convivir con su gente, con los españoles de distintos estatus y condiciones, actividades y regiones. Son a una voz, España misma, que me ha abierto sus puertas generosamente y debo admitirlo, sin pedirme nada a cambio. Mi estrecha relación con la Madre Patria es un redescubrir algo que también me pertenece como hispanoamericano, por azares de la Historia si se quiere, por razones del andar por el mundo, por el afán de saber, por lo cual no me resulta ajena ni puede serlo, sino que por el contrario, y lo digo desde lo más profundo del alma, que me es reconocible y muy apreciada. Los afectos por ellos no pueden ser menores. Sus múltiples atenciones, algunas incluso, de personas que me han visto una sola vez en la vida, han sido valiosísimas y me han mostrado el mejor rostro de un gran país de innegable alcurnia y abolengo, con historia y con solera –como lo vi al acercarme a él en un inicio, no por parentescos, sino a través de la lectura–; y debe ser acaso algo en parte, meritorio. España invita a ver el mundo posible de muchas otras maneras posibles. Esa es la mayor riqueza que me ha dejado.

Sus festividades, su vasta historia, su música, su gastronomía, sus tradiciones, su día a día, sus giros y modismos, sus modales y expresiones diversas han contribuido a aprender a conocer a un país que sin ser el mío, siempre me ha hecho sentir como en mi propia casa, habiéndolo recorrido tanto o más que al propio; su pan, sus dulces y sus bebidas oriundas son parada obligada en cada sitio y del mejor recuerdo, siendo así lo que todo viajero debería de procurarse.

Y dos décadas con ella me permiten expresarlo, es ocasión propicia para decirlo: hago votos para que España nunca se aparte de su vocación americana. Aznar lo expresaba el pasado día 10 de abril. Y yo abundo en que España supere ese discursillo perverso y acomplejado circulante que afirma que solo Europa es su futuro y América su pasado. No sea que la economía le demuestre que América es su presente y su futuro, otra vez. Que quepa la sensatez y se reconozca lo elemental. Que lo uno no tiene porqué excluir a lo otro. Pero hay sin embargo, una suerte de inexplicable traba. Es menester superarlo. Es inexplicable que verbigracia, en el mundo académico entusiasme más ir a dictar una conferencia a Lituania que a Nicaragua. Sépase: al concluir el ponente en Vilnius, acaso recibirá un simple y elemental aplauso de cortesía. En Managua deberá afrontar un enjambre de preguntas, enhorabuenas y posibilidades. Más claro, imposible. Así de sencilla la vocación de una España que tiene más qué decir en América que en Europa. Porque como bien se dice: “al final, ‘Juan’ te llamas”. Y conviene que lo sopese y lo pondere. Que no es ni bueno ni malo, sencillamente es así. España es hacedora de naciones y dadora de cultura. Más valdría no tirar nada de ello por la borda.

Permítame decirlo otra vez y que no se nos olvide: la verdadera grandeza de España está en América. Allí está, pues es allí en donde están volcados su espíritu, su savia y su fortaleza. No en Europa. Y no me refiero a la grandeza que a cada país corresponde. No. Sino que no concibo una España donde América solo sea un accidente o migrantes llegados a la Península en condiciones precarias, sino que veo a América como la extensión de ella, como la España de ultramar, con sus matices y sus rasgos particulares, como los hay en la misma España, incluso, y a despecho de unos u otros en ambos mundos, el nuevo y el viejo. Sería formidable que no olvidara su cariz americano. España, pese a su audaz apuesta por la modernidad y a su válida y legítima europeidad, es y no deja de ser antigua y americana en mucho y por derecho que nadie puede regatearle, recordándolo de múltiples maneras. Y eso también es su quintaesencia y debe enorgullecerse de ella; todo lo cual no la hace sino como lo que es posible ser. Vista desde ultramar, España me parece una sola, cual debe y la avizoro capaz de superar sus diferencias. Y sé que los malos momentos actuales son pasajeros. Porque España es mucha España ¿o no?

Se dice que a un país se le conoce solo cuándo se vive en él. Añadiría que si tu tiempo es escaso, no queda sino aprovechar cada segundo (tasado en divisas) y vivirlo se puede de mil y un maneras diferentes, y nos incita a la originalidad y a romper paradigmas. Siendo así, para degustar a un país como España no me bastaron sus expos del 92 y del 2008, sus Fallas o la romería del El Rocío, recorrer Doñana u oír la Misa del Peregrino en Santiago. No me bastó con el atardecer de Mérida o recorrer los lugares colombinos, Barcelona, la Semana Santa en Sevilla o ver las ampliaciones de El Prado y del Reina Sofía, los Reales sitios o las aulas de la afamada Salamanca. No me bastan el amanecer en Levante y el penetrante aroma de café de sus concurridos bares por las mañanas. No sé si quedarme con sus libros, sus diarios o el Corpus de Sevilla o con los legajos consultados en el Archivo General de Indias; con sus acentos, el cambio de guardia en el Palacio de Oriente, los seises de la capital hispalense o el ver nevar, pues igual me entusiasman su alta velocidad, el arte de Romero de Torres resguardado en Córdoba y contemplar Málaga desde Gibralfaro. Y si me pregunta con qué me quedo, pues no lo sé. Me gusta todo.

Por estos veinte años transcurridos no puedo sino expresar mi reconocimiento y mi agradecimiento a España, vista no como una entelequia, sino vista dirigiéndome de frente a su gente y apremiándola a mirar al futuro. Pues eso, que España por veinte años ha sido y es una magnífica y gran experiencia de vida bebida a sorbitos, unas veces de rebujitos o de moscatel, otras de anís o de chufa y si me apura, otras de fino, pacharán o de sidra al natural, que también es deliciosa, como grata resulta siempre su visita a esta columna a la que con un tinto español de cepa, le doy la más cordial bienvenida en esta feliz ocasión para mí, de aniversario redondo. Por ustedes, por vosotros ¡salud! ¡Muchas gracias, España!

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