Mariano Torralba | Lunes 16 de abril de 2012
Los dos se me fueron la misma semana; en pocos días se nos fueron a todos Marisa y Pedro. Quiero evocar las primeras imágenes de cada uno de los dos que, llegaron a mí con algunos años de diferencia, antes de que su popularidad venciera la natural distancia que separa a uno de muchos; a uno de millones.
Ella, Marisa Medina, estaba sentada luciendo esas hermosas piernas jóvenes de los dieciséis años y jugábamos a ensayar la primera obra de Juan José Alonso Millán en la casa del novel quien, con sus padres, vivía en la calle Augusto Figueroa; justo en el mismo lugar que ocupó un olvidado teatro: el Teatro Alhambra. Yo me probaba como actor y mi Juanjo amigo me lo permitía por amistad –años después mi prueba seguiría con el aun no consagrado autor en “La zorra y las uvas”, “Los cuernos de Don Friolera”…- pronto me jarreó la Medina con el frío de que mi vocación no coincidía con mis tristesdoteshistriónicas. Porque aquella jovencita con vocación de actriz no se mordía la lengua; descarada ella, llamaba al pan, pan y al vino, vino. El primer corte resultó muy clarito: ¿Por qué me miras tanto las piernas?; el segundo –y ya no hubo más- fue cuando me blandeó mi afición.
Perdida de vista durante años restablecí su presente de entonces en ocasión de incorporarme a la joven TVE. Su encantadorapresencia en familia desde la indiscreta pantalla, su prodigiosa memoria, su entonada voz y una ejemplar vocalización la instalaron entre las primeras figuras de la tele. En aquella entrañable televisión de la prehistoria, en la que hacía sus primeros pinitos un agraciado joven procedente de Radio Juventud; verdadera escuela de maestros, de nombre Pedro. Ávido de ampliar su formación, se probó en Radio Nacional de España; fue regidor en TVE y, un día, el inolvidable Matías Prats lo lanzó al estrellato que, durante años, ya como periodista, ocupo indiscutido.
Si la Medina era descarada y sincera, Macía era veraz, revoltoso y rebelde: su veracidad se hizo pronto patente entre cuantos siguieron sus apariciones en la pantalla pequeña; revoltoso era porque jugaba siempre, incluso durante los planos en los que no estaba en imagen y rebelde porque dimitió como director de un informativo para evadirse de las manipulaciones políticas.
Pedro Macía es mi amigo; su recuerdo seguirá siempre conmigo. Me apreció tanto como yo a él y, lo último que tratamos fue su proyecto –él conocía mi presencia en la empresa teatral- de dedicar un teatro de Madrid (el Arenal le gustaba) a programar sainetes madrileños y obras de género chico. Lo tenía muy bien estudiado; hasta habló del proyecto con la Presidenta de la Comunidad…
Cuando Marisa Medina se casó con Alfonso Santisteban gané un nuevo y encantador amigo y, junto a otros conocí noches de tertulia inolvidables e irrepetibles.
Dicen; creen todos que ya no están. Que con pocos días de diferencia nos los ha hurtado para siempre la enfermedad asesina pero… No es cierto, la guapa Marisa y el encantador Pedro solo están descansando de sus dolores; lo sé porque aun los siento cercanos.