Opinión

El Rey pide perdón. ¿Quién más se apunta?

José Antonio Sentís | Miércoles 18 de abril de 2012
Al ver la insólita y entrañable petición de disculpas por parte del Rey, a más de un español se le habrá ocurrido que ese gesto debería ser rápidamente imitado por otros muchos notables del solar patrio. Pues si el Rey solicita perdón por la inoportunidad de su cacería de lujo en medio de la crisis que está arrasando los recursos y las esperanzas de numerosísimos conciudadanos, cuánto más no deberían hacerlo quienes propiciaron la tal crisis al no verla con tiempo, a despreciarla y al no combatirla con la mínima eficacia exigible a quien vive de lo público y a lo público se debe.

Algunos dirán que la muy católica expresión de perdón por los pecados y propósito de la enmienda no es suficiente, pero sí parece necesaria. Un primer paso, digamos, para empezar de nuevo. Porque, en lo que llevamos de descenso a los infiernos, la responsabilidad de los tiros que nos hemos dado en el pie, en metáfora que ahora desconcierta por razones obvias, pero que es suficientemente gráfica, tiene bastantes nombres y bastantes apellidos: políticos, empresariales, sindicales, periodísticos e incluso personales.

Empezando por los últimos, está muy bien que cada ciudadano proteste porque le van a hacer pagar medicamentos, porque van a subvencionar menos la Universidad, porque le van a subir los impuestos o porque le van a reducir el sueldo. Pero ninguno de nosotros quiso pensar ni por un momento que esto de hacer carreteras, trenes de alta velocidad, aeropuertos al lado de casa, túneles y viaductos no sólo salía gratis, sino se debía a nuestro derecho inalienable a ser ricos.

Todos nosotros ingresamos en el Estado de Bienestar con mayor pujanza que cualquier otra sociedad (a ver quién tiene nuestra Sanidad, a ver a quién le sale más barata la educación básica o superior) porque, simplemente, así correspondía al designio divino, que no incluía que todo eso había que pagarlo. Y como exigíamos continuas mejoras a nuestros dirigentes, y ellos quería salir elegidos, pues nos lo daban bajo la genial idea de que se pagaría solo, o que no había que pagarlo, que para eso está el déficit, que es eso tan de izquierdas que indica que uno puede gastarse más de lo que gana porque sí, porque se lo merece.

Y seguimos igual. Cualquier medida de ahorro es discutida bajo la misma idea: sería mejor que se recortara de otra parte. Sí, si, de otra parte, y de todas las partes, porque estamos hasta el cuello y ningún rico del mundo parece tener el más mínimo interés en seguir financiándonos la fiesta. Por eso es falaz que se diga que la crisis la pagan quienes no son responsable de ella. ¿No? ¿Alguien decidió no comprar una casa para no hinchar la burbuja inmobiliaria? ¿Nadie reclamó la construcción de una carretera o un ambulatorio? ¿Nadie votó a quienes lo proponían? ¿Ninguno se endeudó, pidió menor jornada laboral, reclamó aumento de sueldo o se jubiló anticipadamente con privilegios económicos o fiscales o se escaqueó del pago del IVA?

Claro que no sólo la amargada ciudadanía tiene que pedir perdón, y, además, su contrición sólo puede ser individual. Los sindicatos, por ejemplo, que han vivido en su urna de cristal, o más bien de platino, tironenando en lo posible de la situación en busca de subvenciones, regalías, privilegios para sí o para los suyos. Y los empresarios, que en parte sucumbieron a la tentación especulativa del negocio más redondo del mundo: hacer operaciones con dinero prestado sin necesidad de poner más garantía que el beneficio que se generaría hipotéticamente. Y otros, que lo prestaban, también lo imaginaban hasta que unos y otros toparon de bruces con la realidad.

Y llegamos finalmente al sector más visible de entre quienes deberían hacer el paseíllo por el confesionario: los dirigentes políticos. El Gobierno central, los autonómicos y los municipales, además de no pocas instituciones como el Banco de España. El primero, el de la época de Zapatero, gran responsable de la supervisión de las cuentas del Estado, que pasaron a una deuda duplicada y un déficit estratosférico (sobre el que además mintieron con desparpajo).

Pero, a continuación, los Gobiernos autonómicos, cada uno en su medida, aunque todos entre lo malo y lo peor. Pero ¿qué se pensaban? ¿Que podían guardar eternamente las facturas en el cajón? ¿Que nunca tendrían que devolver lo prestado? ¿Que podían hipotecarse siempre para una sucesión interminable de gastos suntuarios, caprichosos o clientelares? ¿Qué creían, que la corrupción a la sombra del dinero fácil, la especulación y la opacidad política nunca se descubriría?

Que empiecen, y por su orden, a pedir perdón. Y digan después, como el Rey, que "no volverá a ocurrir". Porque ahí viene el problema. El nuevo frente político de oposición autonómico, Cataluña, País Vasco y Andalucía, se niegan en redondo a cada recorte que se les plantea. Porque todos son muy antisociales. Tal vez sueñen estos responsables políticos que al esgrimir esos argumentos, luego les votarán. Y lo peor es que es posible que lo consigan. Mientras tanto, nos vamos todos al garete, a la espera de que los ricos nos salven, si es que encontramos simultáneamente algún rico y algún generoso.

Y, por cierto, tampoco está de más que el Gobierno de Rajoy cante también la palinodia. Porque, aunque creo que no tiene otro remedio que hacer lo que está haciendo, y es elogiable su determinación para afrontar la crisis a costa de su impopularidad, al menos tendría que disculparse por hacer todo lo contrario de lo que prometió.

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