José Antonio Ruiz | Viernes 20 de abril de 2012
Hay más carroñeros en la Corte de los Borbones que en un safari de Memorias de África. Las conspiraciones contra un Régimen no necesariamente tienen que ser contubernios judeo-masónicos, a la vista del pollo que ha montado la horda de hienas en su intento de sacar provecho de la postración económica, institucional y política en la que se encuentra sumido el solar ibérico, a punto de ser desollado como un animal moribundo.
El problema no es que le hayan perdido el respeto al Rey de la selva hispana los “giliprogres esvásticos” o los “monarcajos” de llavero, castas miserables ambas en igual medida: gentuza de lo malo lo peor, indocumentados de trompa elefantiásica, entre los que abundan sujetos que debieran probar de su propia medicina en la Cuba de Castro, o inclusive estar cumpliendo pena de cárcel, en unos casos por su filiación fascista y en otros por la gestión irresponsable del dinero de los contribuyentes. (…) El problema no son los Mobutus, Toledos, Cayos y Tomasitos; el problema es que nos han perdido el respeto a los españoles.
El quid de la cuestión no es que Juan Carlos haya tenido la grandeza gestual de hacer, por un resbalón mucho más nimio, lo que no hizo Carlos Gustavo de Suecia, que fue forzado a pedir disculpas hace unos meses tras ser cazado en un local de striptease el muy granuja.
La esencia del problema no reside en la sospecha doméstica de que Brufau esté deprimido -que se tome un ansiolítico- porque sabe muy bien que la muñeca hinchable, pertrechada al mando de su barco pirata a la deriva por su troupe de marxistas irredentos, no tiene ninguna intención de indemnizarle con 8.000 millones de talegos por el robo de YPF. (…) La cuestión es que a cuenta del atraco a mano armada (que no es la categoría sino una mera anécdota) la humillación de la que está siendo objeto España tiene una reparación mucho más difícil que la maltrecha cadera del nieto de Alfonso XIII.
El problema de España no es imputable a terceros allende los mares, sino a los propios españoles, que tenemos lo que merecemos, en Zarzuela, Moncloa, la carrera de San Jerónimo, las cloacas sindicales, la Audiencia Nacional, el Tribunal Constitucional, el Consejo General Judicial, los consejos de los bancos y las redacciones de los periódicos.
Pido disculpas de antemano a sabiendas de la deliberada injusticia que cometo ante la imposibilidad de evitar meter a moros y cristianos en el mismo saco, pasando por alto la necesaria discriminación entre ovejas negras, blancas y pardas. Pero en situaciones tan excepcionales como las que estamos viviendo en tiempo presente, este país se está retratando a sí mismo y la foto está siendo una reproducción fidedigna de una España que está dando la medida de sus irreprensibles miserias.
España ha desertado de sí misma como Nación, y sólo tenemos ojos para la chanza y para compadecernos de Sarkozy por la cantidad de desertores que han aparecido en las filas de su partido en vísperas de la primera vuelta de unas elecciones que se le presentan peliagudas.
Este cronista tiene un amigo que regenta una correduría de seguros, y que cada vez que recuerda lo que le sucedió la otra noche, cualquier precaución es poca para evitar mearse de la risa en los pantalones.
Las tantas serían cuando estando en casa a punto de irse a la cama, recibió la llamada de un cliente que, con la respiración entrecortada, exclamó al otro lado del teléfono: ¡Manuel! ¡Manuel! Que le he dado por culo a uno. (…) Manuel, atónito, no lo pudo remediar. Y contestó en plan socarrón: ¿Y para eso me llamas a estas horas? Lo que tú hagas con tu vida privada es asunto tuyo.
Ni que decir tiene que el sobresaltado interlocutor, camionero de profesión, se refería al choque que había tenido con un coche, sin más consecuencias que el abollamiento de culo del turismo que se puso delante.
A España le están dando estos días por el trasero y no hay seguro capaz de cubrir los daños. Y que nadie se me escandalice y me denuncie por homofobia como al obispo de Alcalá de Henares, porque la connotación semántica de la frase va por otros derroteros extra sexuales. No sé si me explico.
Si fuera cuestión de huevos, sería tan sencillo como telefonear a la Embajada de Londres y pedirle ayuda a Trillo. Pero dudo mucho que «el ruido de los tanques» sea ahora «el ruido del estado democrático», como dijo Federico en plan machote, con un par, en sus tiempos de ministro de la Guerra.
Dudo mucho que el belén que ha montado ese adefesio dañino a la vista, con morros a los Mick Jagger, nostálgica de Eva Perón y del golpe de estado del 43, se arregle como lo de Perejil, enviando media docena de helicópteros a la terraza de la Casa Rosada aprovechando el viento de cola de Levante que sopla al alba en Moncloa.
Dudo mucho que Mariano, una vez tomada al asalto la fortaleza donde todavía hoy ronda el espectro de Perón, tuviera el arrojo de salir al balcón, como Madonna en tiempos de Menem, para cantarle a la concurrencia el Don’t Cry For Me Rubalcaba.
Pero digo yo que descartado el bombardeo de la Plaza de Mayo (pues bastante amargo recuerdo tiene el pueblo argentino de aquel sangriento 16 de junio del 55), algo habrá que hacer para que a España no le tomen el peluquín, pues nos han perdido el respeto hasta el extremo de ser el hazmerreír de la concurrencia.
Visto lo visto (que no pintamos nada en el concierto internacional y que la Unión Europea es una banda)… ¿Qué hace el Gobierno español con el asunto de las represalias? ¿Echa gasolina al fuego de la provocación que necesita la señora para entrar a saco también en Telefónica, Santander y BBVA, o se pone blandito a la espera de que se le ablande el corazón a la chorla?
Al contrario de lo que apuntan las mentes unidireccionales, el entuerto no tiene tan fácil solución, pues si así fuera, bastaría enardecer a las masas releyendo el titular con el que El País encabezó la hilarante crónica de Enric González desde Washington del día después del 11 de septiembre: “El mundo en vilo a la espera de las represalias de Bush”.
Pero mucho más que la suerte que pueda correr Repsol, al abajo firmante le preocupa la suerte que puede correr el Régimen.
Es más que probable que Juan Carlos I de Borbón acumule más méritos para ser presidente del Gobierno de esta cosa llamada España, que todos los “premieres” juntos que han desfilado por la bancada azul. Pero se pongan como se pongan los incondicionales del monarquismo constitucional, no puede hacer valer como aval para justificar la existencia de la institución el único mérito democrático aceptable (las urnas) que le legitimaría para ser nombrado el jefe de la tribu, salvo la consagración del principio infumable que condena a los hombres a su desigualdad ya desde la cuna. Ni faraones, ni reyes, ni emperadores.
El día más difícil del Rey no fue el 23-F, ni siquiera el de la víspera conmemorativa del advenimiento republicano en el que casualmente se jodió la cadera. El día más difícil fue hace unas semanas en Cádiz, y meses atrás el de la solemne apertura de la Legislatura. Si el plausómetro fuera la medida de la Monarquía, el empalagoso minuto largo de aplausos que cosechó Su Majestad con motivo de los fastos del bicentenario de La Pepa debiera ser interpretado en clave inversamente proporcional a la longevidad de un reinado que está entrando en los minutos de descuento.
Tras la cacería, las exageradas muestras de adhesión se ha demostrado que no fueron tales, sino una muestra del compadecimiento patrio. Tan desmedidas muestras de afecto sólo auguraban lo peor, y lo peor todavía está por llegar, salvo que alguien ponga sabio remedio. Si Jorge Manrique todavía estuviera en el reino de los vivos, doy por hecho que ya le habría escrito una elegía.
Tanta ovación tratando de aliviar a don Juan Carlos de la pena por tener un yerno que presume del título de duque de Palma (Arena), no puede más que presagiar el principio del The End de la transacción franquista.
Juan Carlos I no merece tener el final de su abuelo, que se borboneó a sí mismo acaba de hacer de esto ochenta y un años; ni tampoco que los cuatro Borbones que le precedieron (Carlos IV, Fernando VII, Isabel II y Alfonso XII), que igualmente conocieron el exilio. Por eso no sería descabellado plantear como aconsejable la apertura del proceso de sucesión ante el incierto porvenir que aguarda a Felipe y Letizia cuando el Juancarlismo llegue a su ocaso y no quede otra vía que la Restauración de un linaje coronado que a estas alturas de la película, para las generaciones que ni siquiera saben quién el Tío Paco, suena a una película remasterizada del Rey Arturo.
Como ahora pero entonces, en la España de 1931 fueron muchos los benaventianos intereses creados, y demasiados los orteguianos encontronazos entre la vieja y la nueva política como consecuencia de las inevitables transfiguraciones ideológicas. En tan comprometedoras circunstancias, es entendible aunque no justificable, que fueran los menos los antimonárquicos elegantes, que se limitaron a esperar educadamente su turno, renunciando por principios a la posibilidad de arremeter estridentemente, a modo de revancha, venganza de sangre o represalia, contra nadie; como igualmente escasos fueron quienes se mantuvieron fieles a sus convicciones políticas primigenias, prefiriendo apuntarse (una vez renegados) a la revolución naciente, pasando del fervor, la adulación y la falsa condolencia, a la más cruel de las hostilidades.
A punto de poner punto y final a una novela sobre los desheredados que dejó la llegada de la II República, por más que he buscado no he encontrado ningún abnegado dispuesto a hacer un generoso acto de desprendimiento. Antes bien abundaron los que se aferraron a los derechos adquiridos y privilegios disfrutados durante años. Los hubo que en las últimas horas, en cuestión de horas, cambiaron sin sonrojo –pues la relación entre el color de la cara de un caradura y la vergüenza siempre ha sido también inversamente proporcional- varias veces de bando, subiendo y bajando de una carroza a otra, en función del lado hacia el que se iban inclinando las apuestas. Como también los hubo reverenciadores advenedizos, hombres de lealtad inequívoca a la Corona y a su majestad, que traicionaron al monarca y lo que es peor, a sí mismos, pasando de ser leales pro-alfonsinos a pérfidos anti-alfonsinos, incurriendo de este modo en el imperdonable pecado de felonía.
A punto de rendirse la Monarquía, los enemigos irreconciliables de su rey surgieron como herrumbres esquineras de chuchos callejeros, pasando de rendirle acatamiento a maldecirlo, de gritarle hurras a exigir a voz en grito la salida desairada del soberano decapitado. Y así proliferaron quienes, abandonando el campo de la realeza, se convirtieron en portaestandartes de la rebeldía contra ella, alzando bandera antidinástica contra el trece de los alfonsos. ¡La de alfonsistas abandonistas que saltaron del barco negrero en el último momento para salvarse del naufragio!
Políticos de impecable ejecutoria monárquica se declararon así como así incompatibles con la Monarquía al mismo tiempo que panegiristas del marxismo y del separatismo. Y militares que no habían tenido lo que había que tener para atreverse a cambiar de bando durante la Dictadura de Primo de Rivera, de pronto juraron bandera republicana. Mejor me reservo el nombre de uno muy leído e igual de muy rastrero, que se apropió de aquella famosa frase acuñada por un bizarro general del partido liberal aspirante a ministro de la Guerra: «Me queda de monárquico el canto de un duro».
Y es que fueron los más los hombres de principios inconsecuentes. Abundaron los arribistas y logreros, en la medida que los hubo de los que ayer todavía exaltaban y elogiaban al soberano (como Unamuno) y hoy, a punto de auto-expatriarse el rey caído, le escarnecían e injuriaban. Como también los hubo viejos políticos ayer monárquicos, y nobles que se tenían por Grandes de España, que resucitaron de pronto a la nueva vida y se mostraron más desafectos a la Monarquía que el General Luque, hasta la impúdica pose de hacer suyo el brindis de los mártires de Jaca de “Rey ladrón, perjuro y asesino”. Y no sólo eso. Una vez hubieron brindado, abominaron de sus principios y se echaron a la calle con los republicano-socialistas-ugetistas, tremolando banderas tricolores y gritando vivas a Pablo Iglesias y Largo Caballero.
Abundaron los liberales monárquicos resentidos, dispuestos a vengarse del Rey por haberse entregado a la dictadura primoriverista, dejándoles a ellos marginados y apartados de la política, de la notoriedad y de las influencias de los últimos años. Y otros que, imbuidos de un singular fervor patriótico, habían hecho suyo el lema carlista de “Dios, Patria y Rey”, declaráronse, en las postrimerías de unas convicciones que creían inamovibles, ateos, apátridas y antimonárquicos.
Hubo servilones que, según la hora del día y la dirección del viento, lo mismo se manifestaban ardientes liberales que fieles seguidores no ya de Alfonso sino de Fernando, el rey absoluto, conscientes de lo mucho que encierra de cierto el adagio de que “el hombre que se casa con el espíritu de la época no tarda en encontrarse viudo”.
No faltaron tampoco quienes alardearon de su neutralidad, que consistía en limitarse a acatar los hechos consumados sin entrar en consideraciones de ningún tipo, a fin de no ser sorprendidos después en una contradicción que les echara por tierra su preconcebido plan de no alinearse con el vencedor hasta conocer su identidad.
Y los hubo que, en una pirueta de eclecticismo, se declararon -¡qué frescura!- “monárquicos sin rey”, como un tal Ángel Osorio Gallardo, lo cual equivalía a pedir muy finamente, sirviéndose de la adivinanza, la abdicación de don Alfonso.
El secreto, en todo caso, de la supervivencia de renegados y conversos estaba en cambiar, según conveniencia, de filiación política, acomodando el pabellón a las necesidades de cada momento, aun a costa de dejarse la dignidad por el camino, al abjurar de las convicciones sin tener sensación alguna de indecencia, con lo que ¡allá cada cual con su conciencia!
Los más se mostraban temerosos de ser removidos en cualquier momento de un cargo que creían vitalicio. La siempresente oligarquía dominante, como quiera que tuviera intereses que conservar, no es que recelara de la forma de gobierno, que a fin de cuentas le era indiferente, sino de la posibilidad de que cualquier cambio diera al traste con sus privilegios de antaño. Más que mejor describió brillantemente el fenómeno años después el príncipe de Lampedusa al afirmar: «Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie».
Es por ello que, adoptando una posición ambigua, indefinida, pulularon quienes emularon a los buenos diplomáticos del momento, pues respondieron a todos los requerimientos (de la derecha, la izquierda y el centro), pero cuidando de no comprometerse a nada hasta llegado el momento, esquivando de esta manera roces indeseables. Y fueron muchos quienes en evitación de problemas innecesarios optaron por seguir los consejos de Cambó que, cuando el golpe de Estado de Miguel Primo de Rivera recomendó a sus compañeros de partido que guardaran reserva y atención y se guiaran por la prudencia, cuidando no decantarse.
Los hubo en resumidas cuentas, que no quisieron ser ni monárquicos ni republicanos sino todo lo contrario, o ambas cosas a la vez. Del fervor regio nada pareció quedar ni los restos.
En medio de la tragedia política, tiene su guasa que, antes de que se consumara el cambio de régimen, los republicanos más irrespetuosos e impacientes rebautizaran la murciana calle de San Joaquín con el rojo nombre de calle del Camarada Joaquín, argumentando que sonaba más coloquial.
Nada volvería nunca a ser igual. Pero paradójicamente nada cambió. Cada barrio permaneció fiel a su ideología tradicional (los carlistas continuaron siendo mayoría en San Andrés, los facciosos en San Antón, y los liberales en San Antolín), e indistintamente hubo gente buena y mala gente, con independencia del barrio en que cada cual nació y vivió, y de que fuese buena o mala la madre que a cada cual parió.
«Lo siento mucho», pero 81 años después, si te pasa lo que te está pasando, España, es porque has abdicado de ti misma, y ni quieres darte cuenta ni tienes el valor de prometernos que «no volverá a ocurrir».