Opinión

Continúa la ignominia

José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 20 de abril de 2012
Va para un siglo que un reputado miembro de la Real Academia de la Historia demostró, con la acribia por delante, que las letras españolas distaban de encontrarse huérfanas de biografías y recuerdos, pese a la opinión opuesta que ya comenzaba a tener creciente presencia. Para reforzar la tesis del ilustre académico, poco después, en la, culturalmente, esplendorosa década de los veinte –no menos refulgente en dicho plano que la mítica de los sesenta-, el género biográfico gozaba, en la edición y la crítica, de audiencia universal merced a obras culminadas en 1929 con la aparición de un libro cumbre: La España del Cid, de D. Ramón Menéndez Pidal. El decenio siguiente no supuso –hasta la guerra civil, claro- ruptura alguna –y ahí están los estudios iniciales, con sus leves gotas de freudismo, del Dr. Marañón para atestiguarlo o los numerosos libros de la benemérita colección- en esa corriente, que vería espectacularmente aumentado su caudal en los llamados tiempos del primer franquismo. Por entonces, las editoriales barcelonesas y madrileñas no daban, literalmente, abasto a la publicación de volúmenes biográficos debidos a plumas españolas, prestigiosas o en camino de serlo muy pronto, a causa, justamente, de tales textos. Plumas abastadas de saberes y, de ordinario, de dones expresivos o, al menos, de conocimientos gramaticales, a la manera de las del duque de Maura o de Melchor Fernández Almagro, redoraron los blasones nunca desteñidos del género y los acreditaron definitivamente ante la academia. Sin tardanza, historiadores profesionales como Em Jaume Vicens Vives o D. Jesús Pabón dieron a la luz en el despegue de la España actual –inicios de los 50- sendos trabajos que admitían –favorablemente- el cotejo con las biografías más celebradas en los ambientes universitarios de Gran Bretaña –reina indisputada de la biografía, sobre todo, de la política- y Francia, siempre fértil en su desarrollo. Fernando II de Aragón y el primer tomo de Cambó -aparecido en 1953- se estimaron piedras miliares de una senda literaria e historiográfica recorrida sin pausa y particular brillantez en el territorio de la cultura española.

Pues, en efecto, la más ligera mirada al panorama de las letras nacionales en dicho periodo evidencia irrefragablemente el cultivo del género biográfico por multitud de autores, eclesiásticos y laicos, de información y estilo, por lo común, dignos. La enumeración de los más destacados llenaría copiosas páginas. Por mor de la sufriente actualidad del país, al cronista le gustaría recordar tan sólo –incurriendo, a sabiendas y muy conscientemente, en delito o pecado de lesa avilantez para la memoria de incontables escritores- el ejemplo de D. José Arteche (1906-71). Como más de uno de los lectores recordará, fue este gran prosista guipuzcoano el autor en los años cuarenta de tan numerosas como importantes biografías sobre gentes ilustres de su tierra allá por el quinientos, cuando España alcanzó, por indubitables y múltiples títulos, el rango de nación imperial, merced en ancha medida al esfuerzo –a menudo, heroico- de hombres –y alguna que otra mujer…- nacidos en sus pagos. Peneuvista en su área más moderada, combatiente en los tercios de requetés en la contienda civil tras una mudanza a la par forzada y espontánea, como sucediera en muchas otras conductas por aquellos días, y funcionario medio de la Diputación donostiarra –archivero y bibliotecario- durante el franquismo, escribiría tal vez el testimonio más vívido y escalofriante de los desgarros de la lucha: El abrazo de los muertos (edición definitiva, Madrid, 2008), de lectura auténticamente indispensable a toda persona que desee, en verdad, penetrar en el hondón más profundo de la tragedia del 36. Concluida ésta en su manifestación más externa y aparatosa, consagró sus ocios de alto burócrata y sus vigilias vocacionales con el alumbramiento de una extensa y variada producción literaria, en la que, conforme ya se dijo, las de San Ignacio de Loyola, Legazpi, Urdaneta, Lope de Aguirre… ocupan un lugar sobresaliente. Todas conocieron una segunda y hasta triple versión, pese a ser publicadas algunas en editoriales provinciales. Pese a la intensa deturpación de que es objeto su figura por las fuerzas políticas prevalentes hodierno en Euskadi, su obra es la demostración concluyente tanto de la vitalidad de la biografía en todo el siglo XX hispano, como, tema no menos importante, de que la idea e identidad de la España moderna y contemporánea encuentran en lo vasco y en los vascos una de sus forjas esenciales.

Sin duda, la referencia de tan singular e importante autor ha provocado una detención en el camino que pretendía llegar por la vía más recta al corazón de la obscena e ignara manipulación sufrida en fecha muy reciente a manos del oscuro consorcio de intereses muy alejados del fomento de las letras y la expansión de sus goces. Así, pues, continuará… obligadamente.