José María Herrera | Sábado 21 de abril de 2012
De las innumerables profecías que a lo largo de la Historia se han hecho sobre el final de los tiempos la más difundida probablemente haya sido la que en nuestra tradición se invoca con los nombres bíblicos de Gog y Magog. Se alude con ellos a una creencia compartida por la mayoría de las civilizaciones del Oriente Próximo en que el mundo acabaría con la irrupción de dos pueblos remotos que arrasarían a su paso cualquier viso de civilización. Aunque todavía se disputa sobre la identidad de dichos pueblos –escitas, tártaros, turcomanos, chinos, mogoles-, los profetas estaban convencidos de que su salvaje desencadenamiento traería consecuencias catastróficas para la humanidad. En las postrimerías del siglo XII, cuando las hordas mogolas de Gengis Khan recorrían el continente asiático de una punta a otra, muchos creyeron que había llegado el momento anunciado.
Cien años después aquella oleada de violencia brutal parecía haber remitido. Marco Polo, sin embargo, contó cómo al llegar al lugar donde los ejércitos de Alejandro derrotaron a los del rey Darío, una vasta planicie en la que se erguía el árbol solitario e inmenso que, según vieja leyenda, marcaba el límite del mundo conocido, fue informado de que el mortífero desierto que allí arrancaba conducía precisamente a las tierras tenebrosas de Gog y Magog, tan llenas de gente despiadada que su simple mención provocaba el mayor de los pánicos.
No era ninguna fantasía. Aquellos pueblos existían de verdad. Dos tribus del extremo oriente, Ongut y Mungul, parecían encarnar en efecto los espeluznantes augurios que escuchó Marco Polo de niño en las iglesias de su Venecia natal. El profeta Ezequiel y Juan el evangelista, autor del Apocalipsis, sabían de qué hablaban. Y no se trataba sólo de una coincidencia gutural porque al menos uno de esos pueblos había hecho ya sentir su poder extendiéndose desde el Pacífico hasta el mar Negro con una violencia diabólica. Por suerte, los mogoles iban a arder en su propio fuego antes de alcanzar las costas del Mediterráneo. Crisis dinásticas fragmentaron el imperio de Gengis y cuando Marco Polo llegó allí existían cuatro reinos: el de los Ilkan, el de Ciagatai, la Orda de Oro y el imperio del Gran Khan, cada uno del tamaño de Europa, pero tan enemistados entre sí que nunca volverían a reunirse bajo una misma mano.
La leyenda de Magog se desvaneció con los mogoles, pero: ¿y los pueblos de Gog, que se asentaban en Manchuria y Corea? Hasta el siglo XX parecen haber permanecido aletargados en una confortable insignificancia. Incluso su nombre ha ido cambiando con el tiempo. Corea, a la que Marco Polo llamaba Cauli (me pregunto si la “coliflor” vendrá de allí), fue bautizada así por los ingleses. Es una palabra que significa “tierra de la calma matutina” y que describía bien lo que estos hallaron hace siglos. Hoy difícilmente nadie la denominaría de ese modo. En Corea del Sur, la febril actividad industrial impide conciliar el sueño, y en la del Norte, un reglamento del partido obliga a todos a despertarse a la misma hora con la misma música. Sé que es difícil creer que algo así pueda ser, pero también resulta difícil admitir la existencia de una dinastía comunista y ya estamos en la tercera generación.
El tercer representante de esta exótica monarquía, hoy habitual en los telediarios, se llama Kim Jong-un y es un joven con aire de gordito de barrio, de esos que sólo juegan al futbol si traen la pelota. Lo poco que sabemos de él produce, sin embargo, cierta inquietud. Amén de presidir desfiles militares y rodearse de generales que en vez de gorra de plato parecen llevar un portahelicópteros en la cabeza, su estreno como líder carismático no ha podido ser menos halagüeño. “La superioridad en tecnología militar –ha dicho en su discurso de investidura- ya no es monopolio de los imperialistas. La época en que los enemigos usaban la bomba atómica para amenazarnos y chantajearnos se ha acabado para siempre.” Los periodistas locales están felices. “Envidiadnos, mundo, porque tenemos la excepcional bendición concedida a nuestro pueblo y nuestro ejército.”
Todos en las tierras de Gog creen que su nuevo líder les conducirá a la victoria final, y aunque su mandato haya arrancado con el fiasco del cohete –no es lo mismo la apariencia del poder que su sustancia-, da la impresión de que allí apenas se piensa en otra cosa.
Pero: ¿a qué victoria se refieren los norcoreanos?, ¿a la sumisión de Corea del Sur o al triunfo del comunismo?, ¿acaso este, en sus exóticas versiones orientales, no está poniendo al mundo capitalista contra las cuerdas? Las profecías pueden cumplirse incluso aunque ya nadie las recuerde. Les ocurre como a las creencias, que sobreviven incluso después de muertas. El propio Marco Polo ofrece un bonito ejemplo de esto cuando refiere su encuentro con ciertos chinos que practicaban el cristianismo sin saberlo, gente que cumplía estrictamente el culto heredado de sus antepasados y veneraba también sus libros sagrados sin comprender ya una sola palabra de ellos.