Lunes 23 de abril de 2012
Todo parece indicar que la victoria obtenida ayer en la primera vuelta de las presidenciales francesas por François Hollande se repetirá en la segunda. En efecto, la ventaja que el candidato socialista cobra sobre el actual presidente Nicolas Sarkozy es ajustada pero considerable, si se tiene en cuenta el más que posible reparto de los votos “prestados” por las otras candidaturas: centro, comunistas y extrema derecha. Y es que, mientras que, probablemente, Sarkozy recibiría una pequeña porción del Frente Nacional de Marine Le Pen y otro tanto de los centristas de François Bayrou, el resto de votantes de estas formaciones y la inmensa mayoría de los que se decantaron por el líder del Frente de Izquierda, Jean-Luc Mélenchon, lo harán ahora por Hollande.
En estos momentos, se antoja complicado que Sarkozy pueda revertir una situación que se le antoja muy complicada. Incluso si, pese a todos los pronósticos, el actual presidente obtuviera la victoria, debería de replantearse muchas cosas. Para empezar, ese estilo suyo tan excesivamente personalista y que es, a la postre, es aspecto que más ha podido erosionarle de cara a las urnas. Dicho personalismo tiene la particularidad de hacer destacar tanto los momentos buenos como los menos buenos, y es un hecho que en la actual tesitura de crisis económica generalizada, el desgaste de los gobernantes es mayor. Tampoco le ha reportado especiales réditos al actual inquilino del Elíseo postularse en la bicefalia europea junto a Angela Merkel, del mismo modo que ha fracasado a la hora de agitar determinados frentes como el del genocidio armenio o el de amenazar con que a Francia le iría como a España si ganaba Hollande. En todo caso, algo menos de vedettismo quizá le habría ayudado a que el resultado electoral fuese más digerible.
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