Opinión

Egipto, Iraq, Siria: Diario de una incógnita

Víctor Morales Lezcano | Lunes 23 de abril de 2012
La proximidad de las elecciones presidenciales en Egipto ha desatado potentes manifestaciones de alarma social ante la sospecha de que la Junta militar en El Cairo mediatice el proceso electoral en ciernes. De nuevo, la Plaza de la Liberación ha vuelto a ser el rompeolas de todo Egipto. En este terreno de intervención, la Junta no sería ajena a la descalificación de varios de los candidatos que se han presentado a concurrir al maratón de los comicios, con la “complicidad” del Comité judicial encargado de sentar jurisprudencia sobre la idoneidad o invalidez de las candidaturas. El juez Farouk Sultan que encabeza el Comité de marras, parece ser el más intervencionista de los magistrados.

Si tornamos la mirada hacia Iraq, la inestabilidad del orden de posguerra resalta a todas luces, comenten lo que les apetezca comentar a los portavoces civiles y militares de Estados Unidos sobre el ¿saneamiento político? de este país árabe, luego de evacuado el contingente militar americano al término de la guerra, poco fasta que se desató en marzo de 2003. Una evidencia más de que todavía pervive en Iraq una red de insurgentes activa, ha saltado a la vista el jueves 19 de abril, cuando han tenido lugar sendos atentados en Bagdad y Kirkuk; ambos, a lo que parece, encaminados hacia un blanco certero: la comunidad chií de esas dos ciudades. Hubo un par de docenas de víctimas y casi cien heridos, cifras que son relativamente bajas en el escenario post-bellum de Iraq.

El tercer escenario conflictivo al este del río Nilo, lleva instalada su carpa en Siria desde hace algo más de un año, cuando la Primavera Árabe sorprendió a medio mundo -el árabe inclusive-. No hemos entrado a fondo en la casuística siria en ninguna de las columnas que venimos enviando a EL IMPARCIAL. La reproducción “viciosa” del conflicto interno que mina a Siria, desde mediados de 2011, ha terminado por adquirir status onusino a partir del 12 de abril último. Hasta ese momento, la espiral de la violencia ha reinado en esta república árabe, sin que los miembros del Consejo de Seguridad hayan podido sortear el veto ruso a las propuestas condenatorias expresadas por la mayoría. Fue justo entonces cuando Koffi Annan inició -por delegación del Consejo de Seguridad de la ONU- una mediación amistosa entre el régimen del presidente Assad y los varios núcleos de oposición civil al gobierno sirio, contienda que ha producido miles de víctimas y cientos de miles de habitantes desplazados.

Siria, como es sabido, encarna, dentro de un mundo árabe que se orienta gradualmente hacia fórmulas gubernamentales afectas al Islam moderado, una suerte de reducto panarabista. El panarabismo, a propósito, fue una inclinación ideológica que data de los años 60 del siglo XX y que no fue incompatible con ciertas opciones socialistas que emergieron en más de una ocasión durante la etapa larga y accidentada del presidente Hafez al-Assad (1971-2000). Nadie ignora, tampoco, que desde su emancipación de la tutela colonial francesa, en 1946, Siria no ha dejado de aspirar a la consecución de una hegemonía tanto política como militar en ese Oriente Próximo musulmán, vecino de Turquía al norte, y de Israel y Líbano al sur. De aquí arranca la fluidez de relaciones existente entre Damasco y Moscú desde el estallido (con silenciador) de la Guerra Fría. Y probablemente por ello, Putin y su entorno gubernamental se hayan opuesto, desde el Consejo de Seguridad, a que un veterano aliado árabe y nación militante contra Israel, donde la haya, sea intervenido por la Alianza occidental, como ocurrió, sin embargo, en Libia entre mayo y octubre de 2011.

Si a lo que anteriormente se ha recordado, se suma el factor de composición mixta (ideológico y estratégico) que representa la integración sirio-libanesa de Hezbollah, o Partido de Dios, tan afecto a la corriente chií que monopoliza la República clerical de Irán, estaremos en posesión, casi del todo, de los datos esenciales para entender: a) por qué se viene prolongando el círculo de desafío al Régimen sirio y la despiadada represión de los movimientos que se le oponen en Homs, Hama, y Alepo, incluso; b) por qué se prolonga una represión que es condenada ad nauseam, sin embargo, desde foros y portavoces tan significados como son Washington, París y Londres; c) por qué se evita en Occidente que se encienda la “chispa” en Siria, de puro conocer que las redes solidarias interconectan la corriente islámica chií existente entre Teherán, Karbala, Beirut y Damasco; d) finalmente, se ha elegido para Siria la fórmula de un plan de paz interno desde Naciones Unidas, fórmula que habita desde un principio bajo un tejado de vidrio a causa del triunfo del rencor histórico que se ha ido acumulando en Siria, y del polvorín fronterizo que circunvala este país. A la luz de estas viñetas, la Primavera Árabe continúa dando que hacer a tirios y troyanos. Veremos si a la altura del verano, la situación se ha esclarecido un tanto en los tres países estratégicos del Oriente árabe-musulmán a los que se ha pasado revista.