Opinión

Repasemos el Estado

José Eugenio Soriano García | Miércoles 25 de abril de 2012
Dedico este artículo a
Una excelente representante
De la clase Política, la Concejala
Paloma García Romero


La actual situación de crisis está poniendo de manifiesto algunas contradicciones, soterradas hasta la misma, en que hemos vivido hasta hace muy poco. Una de tales contradicciones consistía en que el Estado era algo así como un nuevo Dios: omnipresente, omnipotente, omnisciente. Y cuando digo Estado me refiero más exactamente al conjunto de las Administraciones Públicas, singularmente las Comunidades Autónomas, que al parecer todo lo pueden, incluso llegar a la más completa bancarrota en homenaje al despilfarro político en que juguetes de la clase política, convertidos en sumideros de inmensos caudales públicos, se han venido manteniendo sin otro sentido que el que venía de utilizar siempre la “pólvora del Rey” que en nuestro caso, era nuestra propia pólvora, la que aportamos con nuestros tributos, tan caros, tan altos.

Un ejemplo de libro es el de las televisiones autonómicas y, también, la televisión pública general. No se sostiene que sea necesario tener una terrible maquinaria de perder ingentes cantidades de dinero, solamente porque satisface el apetito político de turno regional. Porque basta mirar en esta o aquella Autonomía para comprender de inmediato a qué se dedica de verdad una televisión pública: a ser infernal maquinaria de propaganda del correspondiente gobierno regional. A eso principalmente, y a programas banales en no pocas ocasiones, tantas que avergüenza que el dinero público vaya a sandeces como las que podrían señalarse en cualquier parrilla televisiva.

Y mientras los políticos de turno no acepten que hay que suprimir, insisto, suprimir las televisiones públicas, todo el inmenso rechazo que existe a la subida de impuestos y al recorte de pensiones, estará completamente justificado. Porque si los tributos sirven para hacer escuelas y autovías, hospitales y pensiones, habrá una ecuación si se quiere sentimental, pero en todo caso ecuación impositiva, por la cual, tendrán pocos argumentos los contribuyentes para resistirse al cambio. Pero si vemos como se suprimen trenes y carreteras, hospitales y maestros, pero siguen los juguetitos televisivos, pues por mucho que digan los políticos que son honrados, contestaremos que ni roban ni matan, pero despilfarran sin cuento y sin límite, algo así como si el Evangelio de San Lucas, 15, 1-3.11-32 se confundiera con el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces, haciendo así un nuevo escenario bíblico apto solo para políticos, porque se trataría de que no habría un hijo pródigo, sino miles de ellos, tantos como políticos ansiosos de salir por la televisión.

Y así otros y otros ejemplos, por recordar alguno, no puede ser que los funcionarios continúen con los “moscosos”, esto es, días libres a sumar estratégicamente a las vacaciones regladas, y que según se permanece en la Administración se multiplican también; o no puede ser que continúen los errores de mantener cuatro secretarias, que los viernes se turnan para no ir de dos en dos, para atender a un Secretario de Estado o a un Consejero; o no puede ser que el acceso a la función pública no sea propiamente un proceso transparente y competitivo, sino, convertido en el puerto de arrebatacapas, sigan existiendo accesos que se consiguen solamente gracias a haber estado ya en la propia Administración por vía de interinos con fuerte sabor sindical en su designación. Y no puede ser que realmente la función pública haya caído hasta ser un puro empleo público en el que se deprimen hasta niveles irreconocibles las exigencias de ingreso (que dejan de ser exigencias para convertirse en pura endogamia). Y así sucesivamente.

Luego la clase política protestará, diciendo que son honrados, que ganarían más en el sector privado. Y probablemente, en casi todos los casos sean honrados y también en algunos de ellos estarían más valorados económicamente que en su papel actual. Pero no por ello dejan de confundir la vocación de servicio con el puro poder, sin límites reales, por lo cual, en no pocas ocasiones, se dedican a ejercitarlo como parte de su prepotencia, abandonando así los límites normales en el ejercicio de los derechos y dando pábulo a la idea de que con un buen político cerca, tienes resuelta tu vida. Porque hoy, en la sociedad espectáculo que vivimos, esa importancia creciente del político se traduce en una omnipresencia que hace, pongamos por caso, que si entra un Premio Nobel en un restaurante, nadie sepa quién es ni caso que se le hace, pero si entra un político cualquiera, todo el mundo anda pendiente de él.

Las Administraciones públicas han desbordado sus objetivos en muchos casos, aun cuando, paradójicamente, no atienden bien los bienes públicos y los objetivos públicos que deberían servir; así, por ejemplo, no tiene el menor sentido que tengamos tan pocos Jueces. Más Jueces y menos secretarias, podría ser una fórmula, quizás banal pero muy descriptiva, de lo que hay que hacer. Las nóminas de las Administraciones Públicas alcanzan ya los cien mil millones de euros, correspondiendo ya el sesenta por ciento a las Autonomías. Y el servicio de la deuda sigue creciendo, lastrando nuestro crecimiento y aún nuestras posibilidades de organización como país.

El Derecho no es otra cosa que dar y pedir razones, con exhaustividad, dentro de un orden cerrado de argumentos que llamamos reglas. Las reglas en el sector público exigen sin vacilar programación de objetivos para atender a los bienes públicos. Este es el gran desafío de nuestra clase política. Por ello mismo hay que hacer un cambio sustancial para mejorar la calidad de nuestra democracia. Y eso, está en manos curiosamente del mismo que perdería con ese cambio, a saber, la propia clase política a la cual se le demandaría racionalidad, explicación, motivación. Y ello es necesario si queremos, definitivamente, asentar una democracia de calidad que sea aceptada como un bien mayor y no como ahora, que seguimos simplemente en la frase de Churchill aumentada en varios dígitos por la crisis.