paso cambiado
Viernes 27 de abril de 2012
La soledad es un concepto más poético que político, porque en la política se suele hablar de mayorías y minorías, de poder y oposición, y no de ese sentimiento tan personal y tan humano. Pero, de vez en cuando, a nuestros políticos les da la vena poética, como le ha pasado al PSOE. El PP se ha quedado solo en la defensa de los Presupuestos (si no se cuenta a UPN o Foro Asturias) frente al conjunto de los demás partidos, que han presentado diez enmiendas a la totalidad, todas rechazadas.
En realidad, cada una de las enmiendas, presentada por otros tantos grupos, han quedado en bastante soledad, porque cada uno ha defendido la suya, y todos se han quedado con lo puesto, es decir con la inmensa compañía de unos cuantos parlamentarios en la mayoría de los casos, a excepción del PSOE, con la multitud de 109 escaños que le propició su último desastre electoral.
Ciento ochenta y tres diputados se han quedado solos, frente a ciento cincuenta y seis que están muy acompañados. Terrible sensación la de los primeros, entristecidos y marginados, ante la pujanza emocional de los segundos, cargados de razón como los enanos de Gulliver.
El recurso a la imagen de la soledad puede ser la definitiva muestra de la vaciedad argumental en el debate parlamentario. Si lo mejor que se le ocurre a los socialistas para criticar al PP es esto, que cambien urgentemente de estrategas. Porque el recurso parece de chiste, como si los galos se hubieran reído de los romanos cuando les atacaba una sola Legión, frente a ellos mismos, que eran muchas tribus.
Pues sí, la mayoría absoluta del PP se ha quedado sola, frente a la muy dispersa minoría opositora. ¿Y a quién le importa esto? Pues la soledad del Gobierno es consustancial a su función ejecutiva, y sólo es relevante su acierto o fracaso.
La oposición parlamentaria es una suma de soledades. Sólo por recordarlo, y por molestar, diré que en esa enorme compañía están los proetarras de Amaiur, los nostálgicos del Muro de Berlín de Cayo Lara, algún independentista de variado pelaje regional y, por supuesto, ese partido que parece de Estado cuando gobierna, pero que se cambie el traje por la pana cuando no lo hace, que es el socialista.
Otros que han dejado solo al Gobierno son los nacionalistas, lo que parece bastante lógico, pues quieren estar solos respecto a España. Y de quienes se sabe, especialmente de los catalanes, que no les hubiera importado arropar al Gobierno, siempre que se les pague la tarifa de señorita de compañía, que en este caso ascendía a la módica cifra de 200 millones de euros, que es lo que han decidido que el Estado les debe como primera cuota tras la magistral gestión de Zapatero sobre el Estatuto de Cataluña. Y, por cierto, que sobre el papel se les debe, pero otra cosa es que se les pueda pagar, y menos ahora. Bastante se hará con avalar el Estado la deuda catalana y apoyarles con los proveedores, como para ir soltando billetes que ni siquiera servirían para que en CiU se callaran sobre los tanques para invadir Cataluña, que esas metáforas las carga el diablo.
O sea que el PP se ha quedado solo porque no ha querido pagarse la compañía, y en este tiempo de crisis, nadie iba a ligar libremente con unos señores que no sólo no te invitan a un helado, sino que te sisan las monedas a poco que te descuides.
La oposición (las oposiciones) tienen una pega: que no importa un ardite lo que opinen. Y tienen una ventaja: que no tienen por qué quemarse apoyando las medidas impopulares en tiempos de crisis. ¿Y quién es el guapo que se acercaría hoy a alguien que no para de hablar de recortes, sacrificios y dificultades?
Estos Presupuestos son un desastre, y eso lo saben las oposiciones y el Gobierno. Probablemente, hasta Rajoy hubiera votado en contra. Porque no dan una alegría y, por el contrario, aprietan la cartera a ricos y pobres, a jóvenes y a viejos, a catalanes y extremeños. Son los Presupuestos que nadie hubiera querido hacer. Y si el PP no ha presentado una enmienda de totalidad para su propio Presupuesto, que es probablemente lo que le hubiera tentado, es porque sabe, el Gobierno sabe, en Bruselas se sabe, que no hay más narices, que estamos en la ruina y que ya no valen paños calientes.
Claro que cada medida es discutible, que es duro y quizá injusto el ajuste farmacéutico, que es molesta la subida en las tasas universitarias, que a todos nos gustaría dar sanidad gratis a todo el mundo, incluso acabar con el hambre en el Planeta. Pero, detalles al margen, España se ha colocado en una situación en la que no hace falta una tijera, sino una motosierra.
Porque sólo en intereses de la deuda vamos a pagar más que todos los recortes que se hagan. Porque nos tenemos que endeudar en otros 120.000 millones de euros más, y casi llegaremos al billón. Porque las Comunidades Autónomas deben tanto que no tendrían siglo para pagarlo, salvo que se pare esta sangría de déficit, que es el arma de la izquierda contra la crisis (¡ay, Hollande, en dónde te estás metiendo!).
Pues bien, o solo o mal acompañado, éste o cualquier Gobierno tendrá que intervenir a las Comunidades Autónomas que no cumplan, porque no hay más remedio. Éste o cualquiera (y, de hecho, ya empezó Zapatero bajando el sueldo a los funcionarios y congelando las pensiones) tendrá que controlar las partidas por las que se nos va el dinero de entre las manos, por construir un Estado del Bienestar a crédito, en la confianza de que alguien, alguna vez, lo pagaría. Pero, por lo visto, nadie quiere hacerlo, lo que es una muestra de insolidaridad de estos egoístas de los mercados.
Los Presupuestos son una porquería, en efecto. Mucho mejor los anteriores de Zapatero, que decidieron por decreto que España crecería más del dos por ciento, cuando decreció casi el dos; o que el déficit quedaría en el seis por ciento, cuando subió al ocho y medio. Mucho mejores, porque prometían felicidad, y no nos sumergían en la cruda realidad de este Gobierno impresentable y solitario que no nos quiere regalar juguetes por los Reyes Magos. Bueno, pero de Reyes no hablaremos, que sólo faltaba.
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