Opinión

Una correspondencia aleccionadora

José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 27 de abril de 2012
Para los amantes de la buena literatura y también de la buena historia –de sólito, los mismos-, acaso no haya lectura más fruitiva que la de los epistolarios. Si éstos son de primera calidad por la escritura y la temática, su gozo y provecho se elevan a alturas insuperables.

Ello es lo que sucede con la correspondencia mantenida por el que fuere uno de los críticos literarios más instruidos de la centuria pasada y uno de los eruditos más acribiosos de nuestra cultura en el surco abierto un siglo atrás por su coterráneo, el inimitable y genialoide don Bartolomé José Gallardo (1776-1852). Tras esta afirmación apenas sí habrá necesidad de puntualizar que la persona antes aludida es el pacense don Antonio Rodríguez Moñino (1910-1970). Protagonista en primera persona de todos los avatares de la vida literaria y cultural de su época, participó con intensidad de sus ilusiones y dramas –días radiantes de la República, trágicos de la guerra civil, y esperanzadores, pese a todo, de la posguerra y el autoritarismo franquistas-.

Observadas y analizadas por una pluma singularizada por la limpieza y fluidez de los clásicos –sin secretos para él-, gran parte de dichas vicisitudes cobran de nuevo cuerpo en un epistolario quizás indispensable para la reconstrucción de la andadura intelectual española de los decenios centrales del siglo XX (J. Rodríguez-Moñino Soriano;J. Iglesias Benítez y R. Hernández Megías: Breve epistolario de D. Antonio Rodríguez-Moñino. Badajoz, 2011, 347 pp).

De las noticias, enseñanzas y curiosidades que pueden extraerse –y a manos llenas múltiples veces-, de las misivas intercambiadas entre el autor de Historia de una infamia bibliográfica. La de San Antonio de 1823 y varios de sus corresponsales, una de las más interesantes desde la perspectiva del tiempo actual -¿qué historia no es contemporánea?- es cómo la amistad y la corrección permanecieron intactas en tiempos tan inclementes como los del llamado primer franquismo entre gentes incluso con frecuencia no bien avenidas política e ideológicamente. Qué maravilla, al respecto, las extensas cartas cruzadas entre el Patriarca de Madrid-Alcalá, Leopoldo Eijo y Garay (1876-1963), y Rodríguez Moñino, a propósito de los obstáculos para el ingreso de éste en la Real Academia Española, atribuidos por voces maledicientes –(tan abundantes en dichas esferas)- al obispo de Madrid-Alcalá, valiéndose de su pretendido ascendiente sobre el “Caudillo”. Maravilla del lenguaje; maravilla de sentimientos; maravilla de caballerosidad. - “En el terreno privado lo he hecho también con las personas con quienes he hablado de este asunto. Es lo menos que podía hacer para corresponder de algún modo a las atenciones y bondades que ha tenido conmigo el Sr. Patriarca durante los ocho años de convivencia académica y lo menos que exigían también la verdad y la justicia” (p.69). A la luz de la verdad, las calumnias se disiparon y don Antonio –(él, tan democrático en ideas como aristocrático en sensibilidad, fue un fanático del uso de la prelación)- logró ver materializado su deseo más anhelado: la entrada en el viejo caserón de Felipe IV, el rey mecenas por excelencia en la copiosa lista de los monarcas hispanos de la misma estirpe –hélas-, terminada con el bueno y demente en sus postreros años, Fernando VI, el entenado, como solían adjetivarlo las viejas y entrañables historia de España, escritas casi todas por catedráticos republicanos y aun, muchos de ellos, masones…

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