CRÍTICA
Domingo 29 de abril de 2012
Carlos Granés:El puño invisible. Arte, revolución y un siglo de cambios culturales. Premio Internacional de Ensayo Isabel Polanco. Taurus. Madrid, 2012. 469 páginas. 22 €
Si es usted de los que al ver un warhol colgado en un museo de prestigio o enterarse de lo que cotizan sus pinturas hechas en serie en el mercado del arte se escandaliza debe leer este libro. Se enterará de las muy complejas razones sociológicas, psicológicas, en fin, culturales por las que eso ha ocurrido. Pero naturalmente hay mucho más. Estamos ante un exhaustivo, inquietante -por pesimista- e ilustrado paseo por los movimientos artísticos del siglo XX y las consecuencias que muchas de las ideas, valores y proyectos que sus protagonistas tuvieron no solo para la historia de las corrientes estéticas sino para la Historia en general. Su autor, un joven ensayista colombiano, editor de textos de Vargas Llosa y colaborador habitual de revistas tan prestigiosas como Letras libres, la heredera de la mítica Vuelta de Octavio Paz, elabora un recorrido por los últimos cien años de la historia cultural de Occidente, de 1909, fecha de la publicación del Manifiesto Futurista de Marinetti, a 2011, pues el 15-M, el movimiento “Indignados” que surgió en Madrid, extendiéndose a otras ciudades y países, es, en opinión de Granés, la última manifestación de la triunfante revolución cultural que ha cambiado los hábitos de vida de los hombres y mujeres de Occidente.
Esta es la tesis que prueba con argumentos convincentes y ejemplos oportunos, a veces algo prolijos, a lo largo de su libro: no fue la revolución social que el comunismo, a partir del éxito del golpe de Estado bolchevique de 1917, proyectó sobre Europa la llamada a triunfar sino otra revolución, tan radical en cuanto a su pretensión de terminar con lo que inevitablemente llamamos “orden burgués”. Pero esa revolución fue oblicua e incruenta, relativamente, y su símbolo, el puño invisible del gusto estético y las valoraciones éticas. En vez de cambiar las estructuras de producción y de poder, se cambiaron las formas y estilos de vida. Se transformaron las conciencias. No fue Mussolini sino Marinetti, no Lenin sino Tzara y Breton, no Marx y Engels sino el despreciado, oscuro y olvidado Max Stirner, el autor de El único y su propiedad y Nietzsche, los artistas, filósofos, ideólogos que resultaron decisivos para el destino espiritual de Occidente en la segunda mitad del siglo XX, cuando ya las democracias populares caminaban hacia su desprestigio y auto-disolución.
A primera vista puede parecer caprichosa o infundada la tesis general del estudio pero una vez analizados los datos y hechos que ofrece resulta convincente, atractiva e iluminadora de nuestra actualidad. Imaginemos un bastidor en el que el tiempo ha dibujado el tapiz de nuestros gustos, modas, valores, motivos culturales más relevantes. Pues bien, los lados del rectángulo en cuyo interior se ha decidido ese destino, la figura de nuestro presente y lo que podrá llegar a ser (y no ser) nuestro futuro, son las vanguardias históricas: futurismo, dadaísmo, surrealismo, con ciertas gotas de anarquismo (y en general otras formas de radicalismo de izquierdas, como el trotskismo), más las repercusiones que estos movimientos a la vez estéticos, políticos y vitales tuvieron sobre la cultura de los EE.UU. a raíz de la emigración de algunas figuras de los mentados movimientos, especialmente los dadaístas de primera generación Marcel Duchamp o Francis Picabia. Más tarde viajarían Breton o Dalí.
La primera parte, la más extensa del libro, está dedicada a presentar la historia de las vanguardias, su recepción en los EE.UU. y las metamorfosis y transfiguraciones de muchas de sus ideas y actitudes a lo largo de las décadas de los 50 y 60. Lo hace de forma eficaz trazando semblanzas biográficas de los principales actores del drama histórico. Se trata de la parte más conocida, dada la extraordinaria atención que han merecido las vanguardias históricas. Más interés tiene la narración sobre las consecuencias que tuvieron las ideas puestas en juego por las vanguardias en suelo americano. Por ejemplo, la influencia que ejerció la actitud rebelde e individualista de Duchamp y sus ready-mades sobre un grupo de artista cuyo representante más visible fue el músico John Cage. De Cage y sus conciertos de silencio a Warhol solo hay un cierto desplazamiento de sentido (moral): que el primero quería cambiar las conciencias de los hombres, liberarlas o algo así y el segundo creyó que en efecto el arte solo servía para divertirse no para cambiar las cosas: del idealismo al cinismo. Pero las dos ideas convivían en el confuso elenco ideológico de las vanguardias europeas, a partir de que el arte no tenía que ser arte sino vida, servir a la vida, no con obras bien hechas sino interviniendo sobre la vida misma. De Duchamp a través de Cage proceden todas las tendencias que dominaron la escena artística en la segunda mitad del XX: happening, video-art, body-art, etc.
Al mismo tiempo, la generación beat se hacía eco de ciertos elementos de la vanguardia: rebeldía, burla, ironía, rechazo del orden burgués: diversión en lugar de moralidad y trabajo. El elogio de lo marginal comenzó con ellos y llegaría a inundar los campus universitarios de California a Manhattan. Las formas de marginación revistieron dos direcciones: lo que llama Granés la vía psicológica, la búsqueda de la pureza individual orientada hacia una religiosidad inspirada en Oriente (el movimiento hippie), consumo de drogas como exploración de la conciencia, rechazo de la sociedad de consumo; o la vía de la “autenticidad” y la identidad (vía sociológica) que llevó al enfrentamiento revolucionario cuyo caldo de cultivo fue la guerra del Vietnam, símbolo del imperialismo; Cuba, la guerrilla latinoamericana, el tercermundismo, las variantes que ayudaban a mantener en tensión a buena parte de la juventud universitaria europea y norteamericana. El sujeto revolucionario no fue nunca la clase obrera después de terminada la Segunda Guerra Mundial. Granés concede mucha importancia al dato de que las movilizaciones políticas en torno a los hechos mencionados en EE.UU., menos en Europa, aunque también, no tuvieron un carácter social sino intelectual y estético. Finalmente lo teorizarían Marcuse y más tarde Foucault. Cambiaba el sujeto revolucionario
En Europa las cosas habían transcurrido de manera muy parecida. Granés dedica bastante espacio a investigar las conexiones entre los movimientos de la vanguardia, visibles e influyentes en la Europa de entreguerras, con el Mayo del 68 y la eclosión de rebelión juvenil que ocurre en las grandes naciones europeas en la segunda mitad de los 60, proyectándose en forma de vida marginal, comunas, consumo de drogas, liberación sexual, bandas juveniles y en algunos casos de células terroristas ya en los 70. Con esta eclosión de protesta inspirada y movida políticamente antes por los ideales anarquistas, de pura rebeldía individualista, trasmitidos por dada y el surrealismo a través del movimiento situacionista cuyo líder más visible fue Guy Debord, y no por la tradición revolucionaria “científica” del marxismo, termina lo que Granés llama el primer tiempo de la revolución cultural.
El segundo tiempo, que es el que transcurre a partir de los 80, 90 y la primera década del nuevo siglo se caracteriza por una desmotivación política que permite ver con mayor claridad si cabe el triunfo de la revolución estética. “El germen anarquista y libertario que llegó con el futurismo y el dadaísmo (…) sobrevivió a la muerte de estos movimientos y se fue transmitiendo, por un lado, de los surrealistas, a los letristas, de los letristas a los situacionistas, de los situacionistas a los sesentayochistas, y por otro lado de los dadaístas a los músicos, de los músicos a los poetas beat y de los poetas beat a los yippies, hasta salir de los socavones y convertirse en el lenguaje de los medios de comunicación y en la nueva sensibilidad de los jóvenes de las últimas décadas”.
Lo que se acentúa a partir de los ochenta es el triunfo del hedonismo egoísta, de la protesta y la transgresión transformadas en mera provocación, del individualismo desconectado de cualquier tipo de conciencia de comunidad. El arte se ha vuelto caprichoso, amanerado y solipsista y la juventud solo se ocupa de ella misma, de acuerdo con las valoraciones narcisistas que encuentra confirmadas en los medios de comunicación de masas, que, inspirados en la estética de vanguardia y en el gusto indiscriminado de lo nuevo por lo nuevo y el rechazo de lo burgués (= “lo antiguo”), han descubierto uno de los filones más productivos: vender la propia rebeldía, el egoísmo que ya publicitara Stirner. El análisis que dedica al surgimiento del movimientopunk en torno al grupo Sex Pistols para vender pantalones pitillo y una cierta forma de arreglarse el pelo o maquillarse es ejemplar.
Granés cree que el resultado de la revolución cultural ha sido la destrucción de los patrones de cultura sobre los que descansaba nuestra civilización; se han esfumado las convenciones (y las convicciones) sobre las que descansaba Occidente, al menos desde la Ilustración. Aludí al comienzo al pesimismo que destila el libro. En efecto, el balance del éxito de la revolución guiada por las vanguardias no es tanto que haya cambiado la vida de las gentes como que ha creado un artificio tan fascinante como frágil: fines de semana de cocaína, discoteca, reality shows y botellón. Pero hay que financiarlo. El 15-M sería el primer movimiento masivo de protesta que reclama el modo de vida burgués: empleo estable, vivienda en propiedad, prestaciones sociales, etc. Hedonismo al fondo pero bajo formas ciertamente conservadoras. Ante la crisis del Estado de bienestar, la gente sale a la calle para que nada cambie. Granés no se decide a interpretar el sentido del 15-M como el último acto del drama que comenzó en 1909 o como el comienzo de algo que está por llegar. Es lógico.
Por José Lasaga