Juan José Laborda | Domingo 29 de abril de 2012
El resultado de la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas me ha confirmado algunas de mis convicciones intelectuales sobre la política del gran país vecino. Las definiciones políticas que Francia ha acuñado para el mundo, en especial “la soberanía nacional”, “la revolución” y “el jacobinismo”, para mí, como para muchos españoles y millones de contemporáneos, nos atrajeron sentimentalmente tanto como nos produjeron rechazo racional.
Si quiero fechar el momento del alejamiento crítico del “paradigma francés” lo encuentro en 1989: el 200 aniversario de la Revolución Francesa (como modelo político) vino a coincidir con la Caída del Muro de Berlín y el hundimiento de la “otra” Revolución: la Soviética.
La crisis “sistémica” que sufrimos los países cuya historia se comprende en esos 200 años (y sus dos revoluciones mundiales), se nota también en su dimensión político-cultural: Francia ya no señala el futuro del mundo. Los franceses sienten desde 1989 su particular crisis existencial. Pero los demás países, las democracias atlánticas que dominaron el mundo durante dos siglos, están afectados por la misma causa.
Ahora bien, Francia se recuperó de su triste papel durante la II Guerra Mundial por obra y gracia del general Charles De Gaulle, el fundador de la actual República. Su ideología política fue muy francesa (incluso gala: el apellido del general lo evocaba): nacionalismo, soberanía entendida como “grandeur” (grandeza) y unas medidas dosis de republicanismo jacobino, moderado con el habitual bonapartismo.
Con todas las salvedades y las distancias, el gaullismo es a Francia, lo que el peronismo es a Argentina (¡pero atención!: el general De Gaulle salvó el honor democrático de Francia contra los nazis (1940-1946); mientras el general Perón debió su poder a un golpe militar (1943-1946) y sus simpatías políticas estaban con Mussolini y con Hitler).
Tengo el pálpito que Nicolás Sarkozy pondrá fin a la herencia del general De Gaulle. Como Valery Giscard, Sarkozy prometió reformar el Estado gaullista, desde dentro del gaullismo. Giscard perdió las elecciones después de su primer mandato; ganó la primera vuelta; pero en la segunda, fue derrotado por François Mitterrand. Sarkozy puede perder en su reelección; además, es el único presidente que ha perdido la primera vuelta. El sistema gaullista pudo con Giscard, un reformista auténtico; muy probablemente acabará con Sarkozy, que no es más que un saltimbanqui electoralista.
De manera que mi deducción no es demasiado ilusionante: ganará las elecciones el que represente mejor el gaullismo. Sucedió en 1981: Mitterrand venció a Giscard porque encarnó (durante la campaña, y después, catorce años más de “grandeur”) el gaullismo. El 6 de mayo, François Holande puede ser el presidente de Francia porque es el que mejor puede recordar un pasado…que no volverá.
¿Cómo me explico que Sarkozy pueda a la vez destruir el gaullismo y sucumbir ante él? La respuesta es una paradoja: se trata de Marina Le Pen, que, con su 18 por ciento de los votos, se dispone a suplantar al gaullismo histórico en las elecciones legislativas posteriores a las presidenciales; su Frente Nacional aspira a representar a la derecha política. El ministro de Exteriores de Luxemburgo, Jean Asselborn, ha dicho que Sarkozy está condenado a seguir usando en esta vuelta los temas y la retórica del Frente Nacional de Le Pen; ha engordado el monstruo al hablar mal de la Unión Europea, del Banco Europeo, del Acuerdo de Schengen, de España, de los árabes, los emigrantes, etcétera, y ya no podrá regresar a un discurso propio de un presidente de Francia. Muchos antiguos gaullistas han manifestado que votarán a Holande en defensa de los valores de la V República.
Un comentario sobre los otros candidatos que corroboran mi punto de vista. El centrista François Bayrou, con solo un 9,13 por ciento de los votos, cae ante el nacionalismo tradicional francés y ante la (¿inesperada?) alta participación en las elecciones. En cuanto al candidato de la también tradicional izquierda nacionalista, el jacobino Jean-Luc Mélenchon, con solo un 11,1 por ciento de la votación, ha visto cómo sus votos clásicos (los obreros, los pobres y los pequeños campesinos) se han ido hacia Marina Le Pen, a la extrema derecha; los desahuciados del sistema creen que Le Pen es más radical (¿revolucionaria?) que la izquierda anticapitalista y antiliberal.
Si François Holande es elegido presidente de la República Francesa el 6 de mayo, ¿qué podrá hacer contra la crisis? Le Pen, y en cierta medida, Sarkozy, hacen creer que Francia puede todavía condicionar a la Unión Europea de manera absoluta; Marina Le Pen prometió salirse del euro (¡y le aplaudieron a rabiar!).
François Holande sabe que Francia tiene una deuda cuya calidad está más cerca de la española que de la alemana. Aspira a discutir con los alemanes el futuro de la Unión Europea. ¡Y ya es mucho! España saldría ganando con Holande. Pero sólo si el Gobierno de Rajoy saca las conclusiones de un hecho tozudo: el problema de España no está fundamentalmente en sus deudas públicas; las tres cuartas partes de la deuda (¡tóxica!) española es deuda privada, de las familias, empresas y bancos que cayeron en la burbuja inmobiliaria. ¡Los recortes presupuestarios son por eso inútiles, e incluso contraproducentes!
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