Hidehito Higashitani | Lunes 30 de abril de 2012
El pasado día 26 de abril en el transcurso de una rueda de prensa mantenida en el Palacio Imperial de Tokio, el Sr. Shingo Haketa, Secretario General y Portavoz de la Casa Imperial, hizo saber a los periodistas el explícito deseo del propio Emperador Akihito, de 78 años de edad y recién restablecido de su operación de baipás vascular realizada en el pasado mes de marzo, de ser incinerado en caso de su fallecimiento con la esperanza de evitar la excesiva muestra de fastuosidad ceremonial y para simplificar en la manera de lo posible el complicado proceso funerario que se ha hecho tradicional en la Casa Imperial.
La verdad es que los casos de cremación del cadáver de los Emperadores no son muy raros en la larga historia de la Casa Imperial japonesa. De hecho se pueden contar por lo menos unos 41 casos de incineración entre los 124 Emperadores registrados en la Historia de Japón según lo que atestiguan las crónicas conservadas a lo largo de su milenaria historia imperial. Sin embargo, en la época más reciente, han venido siendo inhumados todos los emperadores de los últimos 350 años desde la primera mitad del siglo XVII hasta ahora, lo que convierte actualmente este uso en una de las costumbres establecidas como fijas.
Ahora bien, entre los motivos que han impulsado al Emperador Akihito para manifestar esta intención –de momento muy ‘personal’ y no refrendada oficialmente todavía por la ley protocolaria de la Casa Imperial- se puede contar el hecho de que ya en Japón casi cien por cien de los casos, a los fallecidos se practica la cremación, por lo que esta nueva medida puede ser un paso más para la Casa Imperial para identificarse con las costumbres practicadas por el pueblo en general y de esta manera mostrar su solidaridad con ellos. Además cabe pensar que quizás el Emperador Akihito por su habitual discreción e inteligencia mostradas a lo largo de sus 24 años de reinado piense que no es conveniente cargar a la economía nacional de unos gravosos gastos por una serie de actos ceremoniosos y además es muy posible que tenga el temor a que la tradicional fastuosidad en los actos de las honras funerales pueda llegar a desentonar con el difícil momento que vive el país, en el que, estando todavía a un año del desastre nacional, mucha gente sigue obligada a vivir sin casas ni muchos recursos económicos. En el caso del sepelio del último Emperador Hirohito en 1989, los actos continuaron unos 50 días largos según establecen los protocolos tradicionales vigentes y los gastos superaron nada menos que unos diez mil millones de yenes, que equivale a unos cien millones de euros.
El actual Emperador Akihito, desde cuando era el Príncipe Heredero, se ha mostrado ser hombre de mucho sentido común y de actuar siempre como muy amigo del pueblo, casándose por ejemplo con una chica de sangre no real –la actual Emperatriz Michiko-, y en múltiples ocasiones desde su toma de jefatura del Estado ha dado muestras constantes de su contacto directo y solidaridad con el pueblo japonés y de su cariño hacia ellos. Todavía nos acordamos de su imagen tan entrañable conversando con el pueblo y dando ánimo a través de las visitas a los refugios de los damnificados en el reciente desastre de terremoto y de tsunami del año pasado y de las cariñosas palabras que pudieron levantar la moral a los que han tenido que sufrir las consecuencias del desastre natural. En una palabra, la discreción, la humildad y la modestia en sus actos públicos junto con el cariño especial al pueblo mostrado en esas ocasiones siguen atrayendo al pueblo, produciendo en nosotros el sentimiento de intimidad y de cariño hacia este personaje.
Si se realizara este deseo de Akihito de simplificar el proceso funerario, sería sin duda un cambio casi ‘revolucionario’ en las reglas protocolarias de los actos mortuorios de la Casa Imperial, que ha venido manteniendo la costumbre de inhumación desde el reinado del Emperador Gokomyo (1643-54) en los primeros años de la época de Edo.
El director general Haketa dice que se empezará a estudiar la cuestión por unos especialistas de la Casa Imperial y espera tener su conclusión en un período de un año. Pues, estupendo. Que bienvenida sea esa ‘revolución’, que todos los nipones estamos estrechamente unidos para apoyar este sabio y firme propósito de nuestro querido Akihito.
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