Martes 01 de mayo de 2012
A una semana escasa de que se celebre la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas, Nicolas Sarkozy se enfrenta a quienes le acusan de haber recibido dinero de Gadafi -50 millones de euros- en la campaña electoral de 2007. Con independencia de que dicha acusación sea o no verdadera, a nadie escapa que tanto Sarkozy como otros tantos líderes europeos tuvieron tratos con Gadafi, Ben Alí y demás “estadistas” que la Primavera Arabe se llevó por delante. Berlusconi fue más allá, manteniendo incluso una relación de amistad personal con el tirano libio, e Inglaterra cerró acuerdos comerciales con el país que financió el atentado de Lockerbie.
Ahora, Sarkozy debe pagar la factura de haber frecuentado a quien no debía. A buen seguro que, si pudiera dar marcha atrás, su decisión sería otra, pero eso ya no vale. Sí puede servirle de ejemplo, en cambio, al resto de líderes occidentales a la hora de elegir mejor a sus socios, porque las decisiones erróneas de hoy pueden volverse en su contra antes de lo que piensan. Sarkozy podrá tener sus virtudes políticas, eso nadie lo duda, pero si aceptó dinero de alguien como Gadafi, debe dar cuenta de ello a su electorado. Tanto en Francia como en el resto de países, el electorado tiene derecho a saber este tipo de cuestiones.