Opinión

El avión va a despegar

Enrique Arnaldo | Jueves 03 de mayo de 2012
Al avanzar a trompicones por el pasillo –de una anchura sólo adecuada para modelos de la talla 34- arrastrando la consabida maleta articulada, tan ruidosa como la Armada invencible, me topo con mi asiento, ocupado por un descendiente de Gengis Khan pero con ciento veinte kilos más, cuya única forma de comunicación son exabruptos en una lengua que me sonaba literalmente a chino (aunque él decía que era inglés, pero tan derretido como un soufflé). Llamé a la azafata –que, con estudiada sonrisa, iba dando las buenas tardes a medida que avanzaban los pasajeros por el minipasillo- y le pedí ayuda para transmitir al energúmeno (cuya vestimenta omito describir para no herir la sensibilidad del lector) que había secuestrado mi asiento. Invoqué a todos los miembros conocidos del santoral –prometiendo serenísimas penitencias y óbolos de entidad- para que al animal no le correspondiera el sitio de al lado sino, al menos, ocho filas más atrás. Y mis oraciones fueron escuchadas. La bestia parda agarró sus pertenencias con sus manazas y gruñendo se marchó a la cola (del avión) no sin antes lanzarme una mirada más propia de Al Capone que de un compañero de viaje. Agradecí a la azafata su valentía pero no conseguí que desinfectara el asiento, a pesar de mi insistencia (eso sí, cambié el reposacabezas en cuanto se dio la espalda la “tripulante de cabina de pasajeros”, que así parece se llaman).

Mi gozo en un pozo. Al lado me correspondió en suerte una joven mamá con dos retoños –parece ser que mellizos- a la que dejé pasar amablemente a sus asientos central y de ventanilla. Por dentro me corroía pensando en que esos bebés me iban a amargar el viaje. Nada más sentarse dieron prueba de su capacidad pulmonar rompiendo a llorar con una estudiada cadencia de dúo experimentado. La madre tenía más manos de lo normal, como las diosas del budismo. Con una de ellas sostenía un bolsa tamaño tanque repleta de biberones, termos, toallitas, cremas hidratantes, pañales, potitos, papillas… Con otras dos (manos) a cada uno de sus rorros. De pronto sacó una cuarta mano con la que preparó dos biberones de leche materna que empezó a aplicar –con la ayuda de una quinta mano, plegada hasta ese momento- sobre la boquita de los bebés. Abandonaron inmediatamente el llanto y vi llegado el momento de abrir el informe que tenía que repasar.

Pero era tal la fauna que iba aposentándose en el avión que mis ojos no podían fijarse en el informe: el grupo del IMSERSO a grito pelado con una tal Gertrudis que decía que había perdido el pastillero en la discoteca de Torrevieja, los jóvenes del paso del ecuador que empezaron a hacer botellón para ir calentando motores (¡y eran las 10 y media de la mañana!); los imprescindibles japoneses, cámara en mano y sonrisa en ristre, tan escuchimizados ellos, con cara de agradecimiento por no ser empujados como en el metro de su país; los inevitables chancleros con pantalón pirata; y ese pedazo de mujer que empezó a maquillarse hace seis horas, habilitada con falda de tubo, medias de cristal y tacones de 16 centímetros, que iba ideal de la muerte para viajar en avión; los multiculturalistas, el gigante de 2,26 encorvado y que se tiene que meter en el mismo espacio que tú después de pasarse las piernas por el cuello; los niñatos que siguen utilizando los aparatos electrónicos a pesar de que repetidamente han pedido por megafonía que deben ser apagados…

Terminaron de acomodarse personas y bultos tras un proceso de unos cuarenta y cinco minutos (¡ventajas de la aviación, siempre todo tan rápido!) y se sucedieron los chasquidos de los cinturones de seguridad al cerrarse.

Las azafatas cogieron sus bolsitas amarillas y se prepararon para hacer la demostración como si fueran agentes de movilidad (¿se han dado cuenta de que es imposible adivinar dónde están las salidas de emergencia si se fijan en sus indicaciones?). Todo estaba preparado para el despegue. Los motores empezaron a rugir y los niños monísimos abandonaron la deglución y comenzaron también a rugir. Y animaron a otros dos que estaban en la fila 34 y a otro que me había pasado desapercibido de la fila 9. En concierto de lloros apuntaba maneras. ¡Y Herodes sin aparecer!