José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 04 de mayo de 2012
A lo largo de la contemporaneidad, Catalunya ha sido el territorio español más culto y contrastado. Todas las modalidades políticas y sociales tuvieron en ella presencia y, por lo común, más peraltada que en el resto de la nación, al menos y sobre todo en la expresión cultural.. La exportación de modelos y cánones fue, pues, su tarea y función más exclusiva, sin desdeñar, claro, la de los productos de su acreditada producción textil. Ideas, modos y hábitos mentales se expandieron desde ella de manera incesable durante más de ciento cincuenta años.
Con la llegada de la Transición, el modelo cambió por las grandes mudanzas estructurales experimentadas en el tejido del país en los decenios centrales de la centuria pasada. Catalunya hubo de encontrar otro espacio en la imagen y realidad nacionales. Con la excepción de círculos bunkerizados en su patrimonialización del concepto de España, la mayor parte de aquél esperó que la nueva era que se abría, contase con un protagonismo del Principado igual de señalado que en las épocas más dinámicas de nuestra historia y aumentaran sus lazos con las demás regiones.
Afortunadamente, el liderazgo del “viejo león” Tarradellas colmó todas las expectativas. Estas se renovaron casi in totum con Jordi Pujol, el dirigente catalán acaso inicialmente mejor recibido y aceptado por la clase política española de mayor refrendo democrático. Modesta y parcialmente, el articulista es testigo de ello en Valencia, Madrid, Córdoba, Sevilla y Cádiz, lugares todos en que, en vísperas de su universalmente augurado acceso a la Generalitat, no cosechó más que aplausos y simpatías en las giras y tournées organizadas meticulosamente por su staff en su bautizo en la política nacional. En veinte años, las ilusiones puestas en su mandato no defraudaron a la opinión pública. Con inevitables inconsecuencias, con algún que otro rasgo de demagogia “elitista”, su conducta marcó el norte del entendimiento con “Espanya”. Y, en ciertos momentos, la recuperación del Cambó más estadista revoloteó por las estancias principales del palacio de la Generalitat… Por desgracia, desde las del madrileño monclovita no se generaron con asiduidad y verdadero impulso líneas y actitudes favorables al reconocimiento del Principado como porción más desarrollada y activa del conjunto nacional. Cuando en la capital del país los seguidores de Aznar corearon el desdichado slogan “Pujol, enano, habla castellano”, parte de los siempre escasos puentes entre una y otra orilla del Ebro se resquebrajaron gravemente, pese a que, en la superficie, pronto se apuntalaran. En el hondón de Cataluña, sin embargo, y también quizás en el resto de la nación, se volvió al clima y tiempos de la “conllevancia” orteguiana, poco propicios para una dinámica y robusta sinergia.
Pese, no obstante, a la impericia y, a las veces, hipercrítica madrileñas en sus relaciones con Catalunya, la voluntad de diálogo y cooperación con sus gentes del lado de las del conjunto nacional no experimentaron, por fortuna, cambios de entidad en el ayer más próximo. De ahí, que la deriva abiertamente secesionista, adoptada y estimulada por J. Pujol y su entourage familiar y clánico en los últimos meses, suscite simultáneamente alarma y dolor. Por encima de contenciosos estatutarios y pleitos hacendísticos, el depósito de los siglos, el inmenso patrimonio moral e histórico acumulado por la Historia no pueden malbaratarse a manos de coyunturas y episodios que caben enderezar y, acaso, eludir parcial o totalmente, en beneficio de la gran causa de una “Catalunya grand, en una Espanya grand”.
Ojalá que las próximas generaciones puedan protagonizar tan ilusionante aventura.