Pedro González-Trevijano | Viernes 04 de mayo de 2012
Coleccionar es una pasión irrefrenable y maravillosa, aunque el mismísimo don Benito Pérez Galdós la descalificara agriamente (Fortunata y Jacinta), al calificarla de perversa expresión de la avaricia. Aunque nuestro panorama nacional se caracteriza, desgraciadamente, por el muy minoritario interés en coleccionar arte. Hay que pegarse, como si fuéramos el detectivesco personaje de Sherlock Holmes, la lupa a los ojos, tirarse literalmente al suelo y husmear parsimoniosamente el último rincón, para encontrar coleccionistas por estos lares. Los March, Koplowic, Abelló, Cirlot, Arango… son una rara avis. Por más que no se puede aprehender la extensión del arte, el de entonces y el de hoy, sin el coleccionismo. Artistas, marchantes y coleccionistas son las tres patas sobre las que se explica el devenir artístico, tanto el antiguo como moderno. Ahora bien, de vez en cuando saltan a las páginas de los medios de comunicación algunas buenas nuevas reconfortantes. Y, si en el origen de las colecciones aparece el nombre de un cultivado coleccionista universitario o de una universidad con una sensibilidad artística especial, entonces la noticia es doblemente gratificante.
Este es el caso del ingeniero y coleccionista Félix Cañada que, en un gesto sin precedentes, ha donado una formidable colección de más de quinientas piezas, “amasada” durante sesenta años, a la Escuela de Minas de la Universidad Politécnica de Madrid. Una Universidad en la que el generoso benefactor estudió e impartió clases de geoquímica. Pinturas, esculturas, dibujos, grabados, cerámicas, bronces, cristales, piezas de art nouveau… Todas las técnicas pictóricas y motivos se muestran ante nuestros curiosos ojos: óleos, temples, dibujos, acuarelas y pasteles recrean toda una gama de paisajes, retratos, marinas, naturalezas muertas, bodegones y obras sacras. En la colección hay tallas de Luis Salvador Carmona y Félix de Zayas, discípulo del gran Pedro de Mena; bodegones de Van der Hamen, Arellano y Juan de Zurbarán; piezas barrocas de Alonso Cano, Valdés Leal, Giovanni Batista Castello, llamado El Bergamasco; autores de la mejor pintura romántica, como Thomas Lawrence -con el Retrato del Duque de Devonshire-y David Roberts; y una extensa pléyade de artistas españoles de variada factura: Carlos de Haes, Antonio Gisbert, Ramón Casas, Ignacio Pinazo, Martínez Cubells, Joaquín Mir, Iturrino, Joaquín Sorolla…
La sede escogida para la exposición de las piezas es asimismo digna de mención. Obra del arquitecto Ricardo Velázquez Bosco, el madrileño edificio decimonónico situado en la calle de Ríos Rosas, acoge también dos frisos del ceramista Daniel Zuloaga. Una colección que se hermana así con la ya existente, en el mismo edificio, del Museo Geominero. ¡Ya no podrán seguir argumentándose pues insalvables diferencias, como hacía el radical Dilthey, entre las Ciencias Tecnológicas y Experimentales y las Artes Plásticas! Ciencia y Arte! Como en las obras perdidas del mejor Gustave Klimt realizadas para el techo del Aula Magna de la Universidad de Viena (Filosofía, Medicina y Jurisprudencia), las más diversas manifestaciones del hacer humano se hermanan. Lo dicho. Un ejemplo de ciudadanía comprometida y de generosa dación. Félix Cañada se incorpora así, si seguimos el título del libro de María Dolores Jiménez-Blanco y Cindy Mack, en un inequívoco buscador de belleza.
Pero tampoco piensen, pues se equivocarían, que las demás universidades son ajenas al coleccionismo, si bien más modesto. Al contrario, y aunque aquí las diferencias con las poderosas universidades americanas son enormes, las Yale, Harvard, Houston, las universidades nacionales también atesoran algunas piezas sobresalientes más allá de los tradicionales retratos de sus rectores y decanos. Este es el caso, por ejemplo, de la Universidad Complutense, antes Universidad Central, que posee, entre otros, el Retrato del cardenal Cisneros de Felipe Bigarny. De la Universidad de Alcalá de Henares que ha conformado, además de poseer un legado arquitectónico inigualable, una digna colección de obra moderna española e iberoamericana. Y, si me permiten, de mi Universidad, la Universidad Rey Juan Carlos, que ha logrado en poco tiempo una equilibrada colección de autores consagrados, como Manuel Ángeles Ortiz, Luis Gordillo, Hernández Pijuan, Lucio Muñoz, Gustavo Torner, Jordi Teixidor, Miquel Navarro, Pérez Villalta…, y otros más jóvenes, como Javier de Juan, Cesepe, Ouka-Lele, Hugo Fontela, Emilio Gañán, Paco Pérez Valencia, Ángel Haro, Jorge Jovino…
Hasta ahora, lo más que se veía en nuestras instituciones universitarias eran, por tanto, los legados de bibliotecas de profesores jubilados o fallecidos. En la Universidad Rey Juan Carlos se hallan, por ejemplo, las de insignes juristas, como los profesores Alfonso García Gallo o Sebastián Martín Retortillo. Pero las universidades vamos dando pasos por la buena senda, ampliando nuestro espectro cultural. Un espectro que lleva el arte, con vocación de estabilidad, a las aulas universitarias. Bienvenido sea.