Extraordinaria interpretación de Eusebio Poncela
Sábado 05 de mayo de 2012
Una luna para los desdichados, de Eugene O’Neill
Director de escena: John Strasberg
Versión: Ana Antón Pacheco
Escenografía: Elisa Sanz
Iluminación: José Manuel Guerra
Intérpretes: Mercè Pons, Gorka Lasaosa, José Pedro Carrión, Eusebio Poncela y Ricardo Moya
Lugar de representación: Matadero/Naves del Español. Madrid
Por RAFAEL FUENTES
En Una luna para los desdichados, el Premio Nobel Eugene O`Neill realiza un singular e íntimo homenaje a su hermano muerto James O’Neill, al que ya le había concedido un notable protagonismo en su estremecedor Largo viaje hacia la noche bajo el nombre, apenas encubierto, de James Tyrone. Ahora, muertos el padre actor y la madre heroinómana, Jim Tyrone resurge, solitario y con aire espectral, como propietario de una desolada granja en Pensilvania, subarrendada al intrigante granjero Phil y a su manipuladora hija Josey. En ese ambiente abrasado por el sol o iluminado por una inmensa luna, desgarradoramente elegíaco y profundamente poético en su degradación, un embriagado Jim avanza en un inexorable proceso de devastadora destrucción de sí mismo.
Los hechos reales habían sucedido de un modo mucho menos lírico. El hermano de Eugene O’Neill, James, hundido bajo la sombra férrea del artista de éxito que fue su padre, y él mismo actor fracasado, íntimamente atormentado, se había entregado a un alcoholismo autodestructivo. Al morir la madre de ambos, James había acentuado aún más ese descenso a sus infiernos personales y Eugene O’Neill no encontró otro modo de desembarazarse de él que internándolo en una clínica donde, al año, moriría, al mismo tiempo que O’Neill obtenía el gran reconocimiento del Premio Pulitzer por su obra Anna Christie. O’Neill, sin duda, tenía una deuda que saldar con su hermano, y en esa deuda está el origen de Una luna para el bastardo, ahora traducida aquí, con mejor criterio, dadas las connotaciones de la palabra en español, como Una luna para los desdichados.
Quizá por ello el drama arranca errante y deslavazado, aparentemente dubitativo, sin desvelar un propósito claro, en cuanto inicialmente se centra en las tramas manipuladoras y oportunistas del granjero Phil y su hija Josey. En realidad, bajo el aspecto de diálogos de un humor sarcástico y cínica ironía, la obra va acumulando solapadamente factores de un intenso lirismo que solo alcanzan su plenitud en el tramo final, cuando, en la noche, Jim Tyrone acapare íntegramente la escena. Durante el día, Jim aparece y desaparece, mientras la conversación de los granjeros nos informa sobre él, su degradación, su humor amargo, su costumbre de ir dilapidando su escasa fortuna en burdeles, entre prostitutas y alcohol. La entrada en escena de Jim Tyrone trasfigura radicalmente el tono cáustico y deshilvanado del día, para dar paso a una representación ferozmente elegíaca y auténtica de la autodestrucción de Jim.
El director de la obra, John Strasberg, ha desatendido con gran acierto buena parte de las acotaciones de O’Neill. La casa de la joven Josey hacia la que se dirige Jim Tyrone no es más que un minúsculo vagón de un tren de mercancías, polvoriento y desvencijado, sin ruedas, anclado en la arena de un páramo estéril. Su silueta solitaria en la noche, más que una promesa de hogar, evoca un ofrecimiento de inmovilidad, de estatismo en alguien creado para el dinamismo, de profunda soledad en su impotencia para tomar ninguna dirección: como Jim Tyrone. O como Josey. O su padre Phil, junto a todos los demás personajes que aparecen o se mencionan en la pieza. Ese vagón extraviado golpea hasta la demencia en la memoria de Jim, ya que fue en otro vagón de tren donde consumó la última traición a su adorada madre, pues si en un furgón había alojado el ataúd con los restos de su madre, en otro furgón del mismo tren él se había entregado a unas sacrílegas relaciones sexuales con una prostituta. La confesión de Jim extrae a la luz la terrible idea de predestinación que preside la vida trágica de los personajes de O’Neill. No porque haya poderes superiores que les marquen un destino, ni porque un Dios implacable haya previsto el curso de nuestra existencia, sino porque la personalidad de sus protagonistas les hace recaer hasta la locura en los mismos errores sin que la fuerza de voluntad logre vencerlos. El carácter es el destino despiadado de estos personajes, y el carácter de Jim está indudablemente marcado por la debilidad.
Eugene O’Neill, quien debía parte de su formación al estudioso de la tragedia griega Jig Cram Cook, dentro del grupo teatral The Provincetown Players, sabía perfectamente que la dramaturgia clásica y los mitos más ancestrales habían atribuido siempre a la Luna las cualidades de una diosa cazadora nocturna que reclamaba sacrificios humanos. En la tierra estéril donde Jim realiza su confesión a través de un profundo conflicto interno, O’Neill concede a la figura fantasmal de su hermano la gran presencia de una enorme luna llena, donde el sacrificio y la muerte quedan enmascarados bajo la apariencia de la belleza y la paz. Se trata de una segunda muerte, ahora escénica, que O’Neill otorga a su hermano, una muerte alternativa y compensatoria a la espantosa que tuvo en la vida real.
En esta puesta en escena algo nos evoca el estreno neoyorquino de Todos eran mis hijos – All my sons-, de Arthur Miller. En sus memorias A vueltas con el tiempo, Miller recordaba que el montaje de Elia Kazan incluía una protuberancia en el suelo del escenario contra la cual todos los actores tropezaban. Ante las protestas de estos, Miller procuró averiguar la razón de esa molesta protuberancia y la respuesta que obtuvo acalló a todos: se trataba de la tumba simbólica de Larry Keller, presuntamente muerto en combate pero omnipresente en la vida de la familia Keller. La misma protuberancia siniestra vemos frente al furgón varado en Una luna para los desdichados, quizá aquí como la tumba simbólica de la madre de Jim, quizá también la de su inclemente padre. Asimismo, sin duda, el sepulcro hacia donde se dirige el propio Jim Tyrone. En ese contexto nocturno, la salvaje autenticidad de la poesía de O’Neill atrapa y estremece al auditorio.
La inercia nos hace recordar que el director de escena John Strasberg es hijo del mítico Lee Strasberg, creador del legendario Actor’s Studio y de un método interpretativo que alcanzó celebridad mundial a través, entre otros, de grandes actores de Hollywood. Pero sería absolutamente desorientador soslayar que John Strasberg trabaja con una doctrina sobre la veracidad en la interpretación que se aleja del “Método”, ya sea el de su padre, o los de Stella Adler o Sandy Meisner porque, en las técnicas aprendidas, introduce precisamente la ruptura del “Método”, es decir, desarticulando cualquier mecánica interpretativa que no incluya lo imprevisto, la intuición, la inspiración de lo no preparado. El actor Eusebio Poncela aprovecha ese proceso creativo para construir un soberbio Jim Tyrone, imborrable, trasmitiendo a la sección nocturna de la obra, bajo la Luna, una fuerza emotiva auténticamente conmovedora.
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