Los Lunes de El Imparcial

Vicente Gallego: Mundo dentro del claro

RESEÑA

Domingo 06 de mayo de 2012
Vicente Gallego: Mundo dentro del claro. Tusquets. Barcelona, 2012. 109 páginas. 12 €

El lenguaje, piel cromada, líquida y, no obstante, con relieve. La experiencia de la palabra fluye en su dinamismo sin salir del cauce. Complaciente en la apertura del tránsito anunciado por la preposición ex y la constancia de su permanencia al renovarse en otros instantes. La sucesión de sensaciones cubre todo asomo de quiebra en la desnuclearización del presente. La dilución de uno en otro no deja más huecos que los de los poros apenas visibles y los orificios que nos unen con el aire, la tierra, el agua, los elementos, uno más, con ellos, nosotros mismos en una especie de empiria concreta, no obstante tan universal cuanto duren los colores.

Así también los cuerpos y la distancia de yo a yo fundidos en acto de sentimiento cuya vivencia, lo sentido, transpira un halo común, fundente: “y entre ellos [dos amigos] no cabe ni la carne”. Las figuras coinciden a veces con las místicas, pero no son esto. Más bien hipostasian un presente ilíaco, por la parte de Homero: “Un instante han cantado, combativos, / los gallos en la aurora, y su rosa los duerme”.

El orden de los objetos es el de la mente respirada y la plenitud del instante su valor moral, donde se busca una especie de verdad colmada. El acá de las cosas inmediatas, no allá, su concretud ajena a toda disociación o distinción esquizoide. Lo singular irrepetible, desnudo: presencia cutánea del detalle consistente. Poesía fenomenológica al anotarlo: “Inscripción”, “Tumbado boca abajo”, “El evangelio del olivo”. Un aura cubre cuanto toca y lo fija. El aguijón punzante de la avispa, ¿así la imagen cuyo fulgor raudo la imprime de belleza? Hasta el epíteto tópico, bien situado en función rítmica, suena nuevo. Detallismo de imagen: “mejillones miniados/ por las barbas rubiáceas de la mar”, “Me bebo en la alta mar de negra luz”, Algunos poemas, plenos.

Neoconceptual en ocasiones, como al titular este libro, lúcido otras, hilado en versos bien construidos, fluyentes como la piel que objetivan, he aquí un poeta de palabra precisa, creciente de la tierra en el poema, y fulgores cromados. El color mineraliza la experiencia. Poesía, no obstante, que revierte sobre sí misma con un diálogo latente de preferencias bien escogidas, larvarias, entre, tal vez, un Juan Ramón Jiménez exquisito, Antonio Machado en pinceladas, ¿Blas de Otero velado, la palabra “hueso del poema”?, pero Claudio Rodríguez, interrogación y aseveración lírica (“Corazón de la vida, qué extravío”, “torpe ciencia”), y Francisco Brines, más directos. También otros poetas actuales que se cifran mensajes ocultos de cariño y gratitud vivenciada en los versos.

Confieso que, cuando coordiné y redacté la parte castellana de nuestra poesía en El Otro Medio Siglo, el XX (2009), Vicente Gallego figuraba en principio con algunos poemas. Si embargo, la nómina final, veintidós entre ciento once poetas iberoamericanos, se redujo por exigencias de edición y el número elevado de otros nombres, sobre todo portugueses. Los últimos libros de Vicente Gallego (Si temierais morir, El Espíritu Vacío -no lo está, aunque fluya delicuescente-), como el ahora comentado -“Mi alma se enredaba en sus afueras”, acento que induce hiato-, casi libre ya de deudas espurias y dejes ocasionales, broza para fuego, encendajas, anuncian a uno de los poetas más firmes del entresijo milenario.


Por Antonio Domínguez Rey