Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 07 de mayo de 2012
Como habían previsto los sondeos, Hollande ha ganado las elecciones presidenciales francesas y, como anticipaban los últimos conocidos, la victoria ha sido muy estrecha, una de las más estrechas de toda la historia de la V República. Pero hay precedentes: Giscard d’Estaing le ganó a Mitterrand en 1974 con solo el 50’81por ciento de los votos emitidos y este último le ganó al primero en 1981 con el 51’76 por ciento. Sarkozy ha sido, en primer lugar, víctima de sí mismo y de su peculiar manera de hacer política, nutrida de gestos y palabras pero escasa de hechos y de resultados constatables. Ha irritado profundamente a una buena parte de los franceses y ha batido records de impopularidad que, al final, han tenido su reflejo en las urnas. La derrota de Sarkozy obliga a revisar uno de esos axiomas que ahora se repiten continuamente, en concreto la insistencia en que la comunicación es el factor decisivo para el triunfo político. Una afirmación que olvida que no hay buena comunicación sin contenido. Sarkozy es un buen comunicador, pero eso no ha sido suficiente para darle el triunfo en esta coyuntura.
Recuerdo a un importante político español, ya fallecido, que contemplaba en la televisión, con algunos miembros de su equipo, las indudables habilidades retóricas de su sucesor. Uno de sus acompañantes exclamó: “¡Qué bien comunica este hombre!”, a lo que el político contestó: “Sí, pero ¿qué comunica?”. Y este podría ser el caso de Sarkozy que comunica bien, conecta fácilmente con los auditorios y es imbatible en el arte de la retórica. En mi opinión, ha hecho una brillante campaña y en el debate con Hollande me parece que fue mucho más convincente. Pero a un político en ejercicio se le piden resultados y el balance de los cinco años de Sarkozy como presidente ha sido más bien pobre.
En segundo lugar, Sarkozy ha sido víctima de la ruptura del bloque de centro-derecha que se había mantenido en Francia durante tantos años. Mientras Hollande ha contado con el voto de toda la izquierda, desde la más extrema a la más centrada, Sarkozy ha quedado emparedado por su derecha por el Frente Nacional de M. Le Pen y por su izquierda por el centro de Bayrou, que ha dividido el voto de ese sector del electorado. Ganar en esas condiciones era casi una misión imposible y a Sarkozy no le han bastado sus gestos de última hora a la búsqueda de votos lepenistas; gestos que, por el contrario, le han restado, con bastante seguridad, posibles votos centristas.
Como en tantas otras ocasiones y como se deduce de lo que llevamos escrito, el pasado domingo ganó Hollande y nadie puede quitarle el mérito, pero, sobre todo, perdió Sarkozy. Hollande se ha beneficiado de un presidente desproporcionadamente gastado, pues daba la impresión estos últimos tiempos de que llevaba al menos un década en el poder. Pero, antes de todo eso, Hollande se encontró con el premio de la designación como candidato de su propio partido, gracias a la obligada retirada del depravado Strauss-Khan que –cosas de la política- parecía el seguro ganador. Pero, una vez convertido Hollande en candidato, es evidente que a esa mitad y un poco más que le ha votado le movía, sobre todo, el deseo de perder de vista a Sarkozy, que se ha prodigado demasiado y, en algunos momentos, casi más como protagonista de la vida mundana que como responsable político. Los votantes de Hollande han apostado por “el cambio”, que era su lema electoral. Aunque nadie sepa muy bien en qué va a consistir ese cambio pues algunas de sus promesas –como esa de renegociar el pacto fiscal europeo- se van a mostrar de imposible cumplimiento.
Hollande ha hablado mucho de cambio pero poco o nada de las reformas que Francia necesita urgentemente. No se compromete a reducir el gasto público (en Francia el Estado absorbe nada menos que el 56 por ciento del PIB) pero sí a subir los impuestos. Sobre todo a los ricos a los que dice querer aplicar un tipo marginal del 75 por ciento, con lo que, muy probablemente, a estas horas una buena parte del capital francés habrá emigrado a otras playas, paradisíacas o no. Nada de los “recortes” de que se habla tanto en España, por el contrario, Hollande ha prometido contratar a 60.000 maestros más, lo que supondrá 20.000 millones de euros en los cinco años de su presidencia. ¿Quién da más?
Ante estas perspectivas el semanario The Economist le dedicaba la portada y el primer editorial de su penúltimo número al ya presidente de la República Francesa con este halagador titular: “El más bien peligroso Monsieur Hollande”. Para el semanario británico el nuevo presidente “podría ser malo para su país y para Europa” y se temía que la respuesta de los mercados pidiera ser “brutal”, con daño no solo para Francia sino para sus vecinos y para la propia supervivencia del euro. Esperemos que cuando Hollande se siente en su despacho del Elíseo y empiece a ver papeles se le pasen esos furores.
El próximo mes de junio, los franceses volverán a las urnas –en una especie de tercera vuelta- para elegir a los 577 diputados de la Asamblea Nacional. Sarkozy ha anunciado prudentemente que no participará en esta campaña. Y quizás esa podría ser la ocasión para recomponer el centro-derecha democrático dejando a un lado, por supuesto al FN, pero reuniendo a lo que existe entre esta extremista formación y el Partido Socialista. Pero unas elecciones de este tipo, con tantos distritos y tantos intereses en juego podría servir para todo lo contrario: para dividir aún más al centro-derecha: No deja de ser un tanto sospechoso que tanto Sarkozy como otros dirigentes de su partido, la UMP, se hayan apresurado, apenas conocidos los resultados del domingo, a insistir en la necesidad de mantener la unidad. La tradición es que gane el partido del presidente recién elegido, pero en una situación tan fluida como la francesa son difíciles las previsiones. Una hipotética cohabitación complicaría mucho la política francesa, pero, en estas circunstancias, podría ser un deseable contrapeso a las ensoñaciones izquierdistas del nuevo presidente.
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