Manuel Ramírez Jiménez | Lunes 07 de mayo de 2012
Un buen amigo me confiesa con profunda desazón que “ya no puede hablar con nadie de política”. Y así parece que sea. Desde los meses finales del desaparecido gobierno socialista, durante la campaña electoral y en los últimos cien días, emitir juicios o pareceres durante simples conversaciones acaba originando algún tipo de enfrentamiento. Se alabe o desprecie lo pasado, se admita o rechace el catálogo de reformas que actualmente vivimos. Casi siempre desde residuos ideológicos o confesiones de daños personales de cuanto se está haciendo. Lejos de mi propósito el apostar en estos párrafos por una u otra postura.
Sea como fuere, lo que me resulta penoso es que, por obra de unos y otros, hayamos entrado en el dibujo de una sociedad irritada. Quizá sería mejor añadir que hemos pasado de una sociedad irritable, tan frecuente en nuestra sociedad histórica (no se olvide lo de que “una de las dos Españas” venía a amargar el nacimiento del españolito), hemos pasado, digo, al “delenda”, a la sociedad ya irritada. Por supuesto, los argumentos se enfrentan unos contra otros, pero el tema va un poco más allá. Y es que se olvidan dos afirmaciones.
En primer lugar, y en todo tipo de régimen, la política no es nunca una ciencia exacta. Está incluida en el mundo de lo que los griegos llamaban “doxa”, lo opinable. Y lo que se opina guarda una estrecha relación con los intereses de quien o quienes hablan. La verdad política no se nos ha dado nunca. De aquí que todos los pareceres resulten legitimados en su expresión. Quizá lo único condenable sea la forma: la condena de la violencia a la hora de opinar. Y, en ciertos regímenes, ni eso. Ralf Dahrendorf, en su excelente obra “Sociedad y Libertad”, lo expone con singular maestría: hay que estar dispuesto a aceptar tanto al diferente, como a lo diferente. La conclusión es la inutilidad de la irritación en el mero coloquio, salvados la violencia y el insulto. Nos queda bastante que aprender en este punto.
Y, después, el contraste de opiniones debe tener unas bases previas. Entre ellas, el respeto al hemiciclo, lugar en que debiera buscarse alguna suerte de verdad, según los resultados electorales. Bien entendido que no será la verdad para todos. Lo será de la mayoría, que es algo cambiable. Pero con eso hay que contar. “¿Tu verdad? No, la Verdad, y vamos juntos a buscarla”, dejó dicho el gran Machado. Eso es ya la democracia: el ir juntos. El no partir de una verdad impuesta por una persona o por un grupo de personas. Esto es lo propio de la democracia. Con la aceptación de posteriores cambios incluso en quienes poseen la mayoría. Si no es así, la sociedad democrática que se anuncia no será tal. Será el eco maléfico de quien más grita en plena irritación.
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