TRIBUNA
Martes 08 de mayo de 2012
El gobierno boliviano decidió el 1º de mayo nacionalizar la empresa Red Eléctrica Española en Bolivia. La senda argentina se convierte en un viaje tentador para los gobiernos populistas, especialmente cuando tienen dificultades electorales, como los presididos por Evo Morales y por Cristina Fernández de Kirchner.
El vicepresidente de la CEOE, el muy partidario de Esperanza Aguirre, Arturo Fernández, ha calificado “de tomadura de pelo” la decisión de Evo Morales, y ha pedido al Gobierno español que adopte “medidas contundentes”. Esas declaraciones las realizó en TVE, al día siguiente de la expropiación, y cuando el Gobierno de Rajoy trataba de quitarle hierro, disimulando el alcance de esa medida. Arturo Fernández subrayó la relación entre los gobiernos de Morales y Kirchner, la similitud de lo ocurrido en YPF y REE, y en una escasamente caritativa explicación, pidió al Gobierno de Rajoy que hiciese lo mismo que cuando sufrió la primera nacionalización empresarial. En aquella ocasión, el ministro de Exteriores, García Margallo, mantuvo que las acciones contrarias a YPF serían entendidas como contrarias a España. Ahora el ejecutivo español quiere evitar otra nueva desilusión. La única represalia ha sido con la importación de biodiesel argentino, y parece que los que más la padecerán serán sus consumidores españoles, que pagarán más, por un biodiesel adquirido en otros países…y probablemente comprado ¡en Argentina! Además, ocurre que REE no es una empresa privada como REPSOL-YPF: pertenece al Estado español en un 20% de su capital. ¡Esa sí tendría algún sentido que se asimilase al socorrido patrón nacional!
No soy el único que piensa que la reacción patriótica de nuestro Gobierno encubría una carencia de análisis políticos; y su consecuencia: la falta de un plan para hacer frente a las decisiones gubernamentales de Argentina, y ahora, de Bolivia. Pasado el momento de máxima contundencia televisiva (algo que sólo siguen los entusiastas de Andy Warhol para lograr efímera fama), a los ministros García Margallo (Exteriores) y a Soria (Industria) no les quedó sino entonar un conocido “soneto con estrambote”: “requirió la espada, miró al soslayo, fuese, y no hubo nada” (Aquí es más conveniente Cervantes que Warhol cuando se va a quedar regular o mal).
Como estamos en una época que a los gobiernos se les mide como a cualquier empresa, en la Bolsa (previa valoración de las agencias que vigilan su deuda soberana), en eso España no está en su mejor momento de cotización. Económicamente, ni somos atractivos, ni damos miedo a nadie. Lo natural (según David Hume y no según la escolástica) sería que compensásemos nuestro desfallecimiento económico con una mejor voluntad política. El determinismo económico (marxista de don Carlos o de don Groucho) nos dice que la política es imposible que ahora se encuentre muy bien. Es un fatalismo que escucho reiteradamente. No cuadra con mi propia experiencia. Hace treinta años, sufríamos una crisis económica (que fue europea también), y sin embargo, Europa y España fueron capaces de encontrar respuestas políticas nacionales, internacionales…y democráticas.
Con la dinámica que entramos en el caso de Argentina, varios analistas -en España y en América- se temen que la Cumbre Iberoamericana (prevista en Cádiz para conmemorar los 200 años de la primera Constitución), no se celebrará, o se celebrará devaluada y moribunda. ¡Sería una mala noticia! ¡Y todavía no se notan los esperables movimientos del nacionalismo disgregador dentro de nuestro país!
¿Por qué el parlamento español, las dos Cámaras, no entran en este previsible nefasto escenario? Sería muy útil que los dos grandes partidos llegasen a unos acuerdos comunes referidos a nuestra relación con Iberoamérica. Las nacionalizaciones o expropiaciones se insertarían ahí, pero no serían el único asunto acordado. El Gobierno español, con ese acuerdo parlamentario, tendría una posición distinta y mejor que la que tiene ahora con esos países americanos.
Hace 30 años, dos senadores, Justino de Azcárate y José Prat, inventaron la propuesta de las Cumbres Iberoamericanas. Ambos presidieron sucesivamente la Comisión de Asuntos Iberoamericanos del Senado, y los dos vivieron exiliados en América después de la Guerra Civil. Azcárate, un liberal republicano, de una familia de destacados miembros de la Institución Libre de Enseñanza, fue nombrado Senador Real en 1977; y en 1979 fue elegido senador de UCD por León. Prat, el respetado don José, fue un socialista, encargado por Azaña de revisar la legislación militar con la II República, y que asumió la difícil tarea de ser secretario de la Presidencia del Gobierno con Juan Negrín, durante la guerra. En 1979, Azcárate apoyaba al Gobierno de Adolfo Suárez, y Prat era el presidente del Grupo socialista en la oposición (entonces fue senador por Madrid). Los dos conocían muy bien las Repúblicas de aquel Continente. Llegaron a propuestas comunes. Los distintos gobiernos asumieron y desarrollaron sus ideas. Así surgieron las Cumbres Iberoamericanas. ¿Teníamos dificultades en aquellos tiempos? Sí; y no sólo con la economía. Pero las individualidades fueron respetadas; no se estilaban las idiotas técnicas políticas de los “argumentarios” (para meterse con éxito contra el rival partidario); y en América nos respetaron por eso.
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