Opinión

El tren de la historia

David Ortega Gutiérrez | Martes 08 de mayo de 2012
La Constitución de Cádiz de 1812, cuyo bicentenario celebramos, acercó nuevamente España a Europa y a la modernidad, fortaleció nuestro concepto de Nación y fue un intento clave para no perder el tren de la historia, del Estado de Derecho, de la naciente democracia representativa fruto de las revoluciones liberales del dieciocho. Lo mismo o parecido se podría decir de nuestra actual Constitución de 1978, las dos comparten ese esfuerzo por aproximarnos a Europa, al progreso y a la altura de los nuevos tiempos.

Sin embargo, en la vida las relajaciones no son buenas, uno no puede dormirse pensando que los esfuerzos y trabajos pasados garantizan el desarrollo presente y futuro. Parece evidente que nuestra querida España vuelve a estar en una situación o coyuntura histórica, donde está nuevamente en juego coger…, o perder el tren de la historia. Yo apuntaría las siguientes dos cuestiones que estimo decisivas para poder avanzar… o estancarnos.

En primer lugar, sin ninguna duda, la organización territorial del Estado. La propia concepción de España está en juego. Es una pregunta casi recurrente en nuestra historia. La España diversa, la España plural precisa de un acuerdo de Estado para fijar con mucha claridad quién queremos ser y cómo nos queremos organizar y convivir. ¿Sabemos a dónde vamos, qué objetivos comunes tenemos como Nación? Es evidente que en tiempos de crisis severas, y ésta lo es, las desorganizaciones, desmanes, irracionalidades, despilfarros, veleidades, ligerezas y frivolidades se pagan, y muy caras. El nacionalismo y su falta de lealtad al interés general y bien común de casi 50 millones de personas, me parece inaceptable. El particularismo está destrozando nuestra vida común, nuestra fuerza proyectiva como Nación. Sólo desde la perspectiva del “todos” saldremos de esta grave crisis, si escogemos el “sálvese quien pueda”, todos fracasaremos. Es tiempo de no mirarse el ombligo y mirar con grandeza y generosidad al frente. Un Estado débil y desunido es muy vulnerable, se dispersan las fuerzas y energías, pues no sólo hay que afrontar los problemas externos, que a todos afectan, sino que está la sobrecarga de los internos y propios. Estamos en una situación de emergencia nacional, que precisa de una gran responsabilidad. En este caso, como en casi todos, la unión hace la fuerza. ¿Estamos unidos como Nación? ¿Compartimos un proyecto común? ¿Tenemos una responsabilidad política compartida que afecta a una Nación de casi 50 millones de personas? ¿Es el interés general, el bien común, la igualdad, la solidaridad y la libertad de esos 50 millones de ciudadanos el que nos guía?

En segundo lugar destacaría la regeneración de nuestra cultura democrática, de nuestro sentido de Estado, de nuestra ética como país. La democracia es un régimen enormemente exigente, requiere de una preparación y sensibilidad hacia el bien común, el interés general. La fortaleza de la sociedad civil es importante, pues de ella se nutre el Estado y sus Instituciones. Los gobernantes son reflejo de los gobernados, y tengo muy claro que un pueblo tiene los políticos que se merecen: buenos, malos o regulares. Hoy España necesita de un gobierno de concentración, similar al que configuró Ángela Merkel cuando llegó a la Cancillería alemana en el año 2005, cuando el país estaba en una delicada situación. La democracia cristiana estuvo a la altura, como la socialdemocracia. Los dos grandes partidos de Alemania hicieron lo que debían, y a Alemania como nación le fue bien.

España necesita apartar sus problemas nacionalistas y partidistas. Hay que priorizar, ver qué es lo importante y liderar la situación. Tengo la desagradable sensación de que el tren de la historia vuelve a pasar por delante, y quedan ya pocos vagones para subir.