Alicia Huerta | Miércoles 09 de mayo de 2012
Poco queda ya en John Travolta de aquel chico que vivía en una burbuja de plástico de la que si salía, se arriesgaba a morir. Por aquel entonces, el actor de Nueva Jersey era tan joven que sus carnosos labios y sus ojos azules servían para subrayar la candidez del inusual protagonista que le lanzó a la fama; también su carácter romántico porque, por si alguien no lo recuerda, su personaje al final osaba asomar la nariz fuera de la seguridad bactericida de su pequeño hábitat movido por el amor. Pero los años pasan para todos, - labios carnosos y brillantes ojos incluidos - y aunque algunos lo lleven mejor que otros, es injusto que a uno le siga apeteciendo hacer las mismas cosas cuando el cuerpo ya no le acompaña. Si hay que envejecer, debería de hacerlo en igual medida el interés por ciertas aficiones. Por eso, los excesos que demasiado a menudo se permiten quienes moran en lo más alto de la pirámide acaban por pasar factura cuando empieza a acercarse el eclipse. En todo caso, antes o después.
El momento de Travolta parece haber llegado ahora, tras muchos años de habladurías que iban apareciendo en su horizonte, igual que esos truenos que avisan de la llegada de una tormenta. Los rumores de que el extravagante y genial actor mantenía numerosos encuentros homosexuales eran tan habituales, que ya no parecían importarle ni a su guapa esposa, la también actriz Kelly Preston. De cara a la galería, el matrimonio, practicante de la iglesia de la Cienciología, llevaba una vida familiar de perfil tirando a discreto junto a sus tres retoños, hasta el trágico fallecimiento del hijo mayor, a los 16 años. Jett apareció ahogado en la bañera de la casa que la familia tiene en Bahamas después de sufrir un ataque epiléptico. Al menos, eso fue lo que se dijo entonces de manera oficial, a pesar de las voces que afirmaban que el joven había tenido problemas porque no seguía el tratamiento correspondiente para su enfermedad, el síndrome de Kawasaki, ya que las creencias religiosas de sus padres no lo permitían.
La lógica expresión de dolor de una familia abrumada por la peor de las pérdidas calmó un poco las aguas turbulentas que amenazaban con romper el dique de la promiscuidad sexual del protagonista de Grease pero, en realidad, sólo sirvió para que continuaran acumulándose, dispuestas a irrumpir, aún con más fuerza, en cualquier momento. Porque todo tiene un límite, igual que el cántaro que no cesa de ir a la fuente. Una cosa es que Kelly Preston luciese, lo más dignamente posible, unos cuernos de quince centímetros, tallados a cinceladas de musculosos cuerpos masculinos que revolcaban en el lecho de su marido, y otra muy distinta desayunarse una mañana con el anuncio de una demanda judicial presentada contra su peculiar pareja por un masajista reclamando 2 millones de dólares por intento de abuso sexual. Eso, ya no hay dignidad que lo meta debajo de una alfombra.
Y para colmo, no es el primer masajista que habla de las prácticas sexuales de su famoso cliente. El anterior, Robert Randolph, ya dio todo lujo de detalles en un libro que narraba las aventuras de los socios de un exclusivo spa de Los Ángeles, entre los que se encontraba Travolta, advirtiendo que cuando salieran a la luz todos los detalles de la vida sexual del actor, Tiger Woods iba a parecer un boyscout a su lado. El problema es que en esta ocasión, el masajista no se limita a contar una aventura más o menos escabrosa, sino que acusa en los tribunales a Travolta de una conducta delictiva. El demandante asegura que, cuando no accedió a tener relaciones sexuales con Travolta, este se lo tomó bastante mal y siguió intentando tocarle los genitales, a la vez que le acusaba de ser un “perdedor”.
Y eso no es gratis, no debe de serlo en ningún caso. Se trata de un acto censurable por el que Travolta, si se demuestra que es culpable, tendrá que indemnizar a la víctima y cumplir la sentencia que le imponga el tribunal. Igual que cualquier otro. Pero igual, igual. Porque cuando el presunto agresor es un personaje famoso, también debería de vigilarse para que la presunta víctima busque únicamente justicia. En este caso, el agraviado, que protege su verdadera identidad bajo el nombre de John Doe, argumenta en su demanda que esos tocamientos a los que le intentó someter Travolta le han causado un estrés emocional que cuesta 2 millones de dólares, pero ¿se han tasado los perjuicios con el mismo baremo que se hubiera utilizado si a quien se acusa no fuera una súper estrella de Hollywood? ¿No se está valiendo de esa cuantiosa petición para forzar un acuerdo económico que evite el paseíllo de Travolta entrando en un tribunal?