Enrique Arnaldo | Jueves 10 de mayo de 2012
Tras los consabidos agradecimientos por elegir la línea aérea (¡en qué hora se me ocurrió!), el comandante tomó el micrófono y lamentó el retraso debido a “llegada tarde del avión procedente de…” ¿Por qué siempre llega tarde? ¿No podrían alguna vez salir a tiempo? Bueno, la verdad es que otras veces aluden a “causas operativas” o a la “situación meteorológica” o a “revisión técnica” o al “cambio de tripulación” o al pasajero que no se presenta y hay que bajar todo el equipaje hasta encontrar su p… maleta. El diccionario de las causas de retraso de los aviones podría ser un best-seller.
El avión empezó a deslizarse por la pista lentamente. Y de pronto se paró. El comandante volvió a dirigirnos la palabra y nos anunció que hacíamos el número 16 para el despegue porque habíamos perdido nuestro “slot”. Gertrudis (la del IMSERSO que había pasado diez días en Torrevieja) pegó un grito desde el fondo pidiendo que volviéramos para atrás, pero la azafata le aclaró que no se había caído el ala, que el “slot” no tenía nada que ver, y la señora parece que se calmó.
Otros veinte minutos de espera y los dosificadores de oxígeno aún cerrados. La gente transpiraba (es decir, sudaba) y por supuesto los niños seguían llorando “a corazón partío”. Me acordé de que en mis tiempos había un adminículo denominado chupete, pero se ve que la nueva pedagogía lo considera un instrumento contrario al libre desarrollo de la personalidad infantil (a los demás… ¡que les den!).
“¡Tripulación de cabina, preparados para el despegue!” Esta vez era la voz del segundo, el que lleva un entorchado menos que el comandante. Y aquel pájaro de acero aceleró. Algunos, como yo, se presignaron. Otros cerraron los ojos. Y otros, en fin, se agarraron con fuerza a los reposabrazos, a punto de romperlos. Y los niños… pues seguían llorando (si la azafata hubiera ofrecido tapones aunque fuera a 200 euros, se hubiera forrado).
El avión se despegó de la tierra y empezó a inclinarse de modo antinatural. No se oía una mosca. Bueno, era imposible que nadie intentara comentar nada con el concierto infantil que llevábamos (¡Herodes continuaba sin aparecer!). Y, por fin, el aparato recuperó la horizontalidad. Se apagó el luminoso de “cinturones de seguridad abrochados” (siguió encendido el de “prohibido fumar”, absurdo pues ya no se puede fumar en ninguna parte).
Al apagarse, como acto reflejo, se levantaron treinta y seis pasajeros camino del baño, ese receptáculo para flacos en el que aún me pregunto cómo Enmanuelle podía hacer de las suyas. Cuando entró el pasajero treinta y cuatro aquello estaba como una pocilga pero ¡qué remedio!
El aire empezó a funcionar a toda pastilla y la gente se cubrió con mantas. Y repartieron auriculares para escuchar música en los canales 2 y 3 o ver una película de las guerras púnicas en los canales 4 y 5. ¡Qué agradable todo! Y eso que no habían comenzado a repartir el almuerzo, acontecimiento esperado por los pasajeros como si en su vida hubieran comido.
Con toda probabilidad darán a elegir entre pollo y pasta. ¡Qué duda existencial! Pero si al final saben exactamente igual…