José Antonio Ruiz | Viernes 11 de mayo de 2012
Ahora resulta, grosso modo, que la culpa del cambio climático que alteró el termómetro del Mesozoico la tuvieron los dinosaurios pedorros a cuenta de sus ventosidades, auténticas bombas de racimo de gas metano, producto de la fermentación de la comida de los rumiantes.
Hoy, un huevo de dinosaurio de años después, la culpa del alud de inmundicia que se nos ha venido encima, a pique de sepultarnos, la tienen las “vacas sagradas del poder”, pongamos por caso los oligarcas políticos y sindicales que se lo llevan crudo de los consejos de administración de los montepíos, auténticas “comemierdas” del statu quo, dicho sea con todo respeto pero sin ningún aprecio, sino con la más absoluta de las displicencias que cabe en la palabra desprecio.
Once upon a time, cuando las democracias orgánicas cojitrancas devienen en “dictablandas” con falsa apariencia de legalidad. La socialización de las pérdidas elevada a la enésima potencia, o sea, la extorsión al contribuyente inerme, miembro en potencia de la Asociación Nacional del Rifle. Estoy con Xavier Vidal-Folch cuando le pide a los susodichos: «ya que nos atracan, háganlo en condiciones». Y es que hasta para ejercer de ladrón debiera ser conditio sine qua nom la tenencia de cierta clase.
Espagne, c’est fini, víctima del “efecto pelícano”. Lo que va del “sangre, sudor y lágrimas” al “to er mundo es güeno”. Cuando Mariano dice, con una seguridad aplastantemente sospechosa, «en principio, no», hay que temerse lo peor, porque al final siempre es que “sí”. Definitivamente, el Premier le ha cogido el gustirrinín a la costumbre adictiva de actuar a la contra de lo prometido y hasta de sus propias convicciones, apelando a razones de fuerza mayor, o sea, al vicio de incumplir promesas tan inseparablemente ligado a cualquier candidato electo al segundo siguiente de haber tomado posesión del cargo.
Si, según San Benito, todos los hombres somos iguales porque somos incapaces de pensar en otra cosa que no sea la cosa…, ni te cuento de los políticos. Zapatero cultivó por deméritos propios su fama de calamidad impulsiva imprevisible, reflejo de su clamorosa insolvencia como estadista; Rajoy, en cambio, se ha jactado siempre de su personalidad previsible. Pero lo cierto es que igual da lo uno que lo otro si a la postre o en los postres ambos traicionan la palabra dada y actúan a golpe de improvisación, desbordados por las urgencias. Mi querido profesor Landrove ya me estaría recordando el paralelismo existente con la figura jurídica del estado de necesidad como causa eximente de la responsabilidad civil y penal.
Este cronista iluso, más ingenuo que Bambi, pensaba que eran los bancos los que prestaban dinero a los particulares, y resulta que es al revés. Le llaman “recapitalización”, aunque se trate de una nacionalización encubierta que también rima con intervención. ¡Menos mal que teníamos el sistema financiero más morrocotudo de Occidente! Rajoy al rescate, con dinero público. ¡Hay que joderse! Encima de cornudos, apaleados por los nuevos usureros con chaqué.
A la coña se presta también el ofuscamiento de las huestes peperas con MAFO, reina del photocall, modelo contrahecho por un día del chándal olímpico, por muy culpable que sea, que lo es, por la comisión del pecado de omisión. ¿Y el tal Blesa, íntimo de JoseMari, desaparecido en combate? ¿Y los prebostes de la Comisión Nacional del Mercado de Valores, que ni han estado ni se les espera?
Me parto de la risa con los catedráticos de la estructura económica mundial y sus secuaces. Incapaces de predecir el tiempo que hará esta tarde y de diagnosticar la dolencia del enfermo, se limitan a hacer las veces de forenses casposos de una secuela chusquera de CSI cuando el muerto ya está bien muerto y no hay lugar más que para la autopsia del fiambre. La culpa ha sido de chá, chá, chá y de los activos inmobiliarios tóxicos, o sea, del ladrillo. ¡Manda cojones! Para un viaje así, los hay que aún siendo de Letras no necesitaríamos esas alforjas para llegar a la misma conclusión ramplona.
Lo malo, que también, no es que los culpables de los desaguisados que nos comemos un día sí y el otro también sean cuatreros -Ojalá fuera ese el problema que nos ocupa-. Lo grave es que los hechos demuestren que además de saqueadores y trileros son incompetentes con pase pernocta.
“Banco malo”. ¿Acaso hay un banco o un banquero que sea bueno? – “Político bienintencionado” pero desbordado por las circunstancias. ¿Acaso hay un político de fiar indispuesto a traicionar, no sólo a los votantes sino a sí mismo?
Entre tanto sinsabor, me alegro por Rato, sucedáneo del mito del ángel caído, que por fin se va a poder dedicar profesionalmente al yoga. Por mí, como si le conceden el Premio Paquiro por su pericia a la hora de salir corriendo cuando la cosa se pone muy malita.
¿Rebelión de las masas? (…) Razones hay, de sobra, para la indignación, pero ninguna para hacer el canelo en Sol. Sigo pensando que la única rebelión posible es la del individuo a título particular como sujeto pensante.
No entiendo nada. No somos nadie. Hasta Iggy Pop, el ídolo que acostumbraba a untarse de aceite y lanzarse en plancha desde el escenario hasta el coso donde aullaban sus fans, se ha vuelto un soseras; no parece ser el caso de la prostituta que protagonizó el escándalo de los escoltas de Obama, que a pesar de lo mal que está el mercado de trabajo en esta España perrofláutica nuestra ha decidido mudarse aquí a Madrid. ¡Qué putada!